¡Burra!
Los burros en la provincia generalmente son torturadosdesde siempre, si hay un sonido que me despierta sin remedio, porque es el pedido de auxilio de una criatura sufriente, es el rebuzno de un pobrecito mechudo, sucio, con la pelambre erizada de terror y dolor…
Los arrieros los apalean sin cesar año tras año hasta que caen muertos, sin que nadie los toque amorosamente como yo. Me parten el corazón porque sus ojos expresivos me dicen todo lo atravesado en sus escalofriantes vidas. He actuado en el escándalo con mi inocencia infantil cuando miraba desde mi ventana el horror de los varazos y salía en camisón y descalza para detener el brazo prieto e iracundo del hombre que los azotaba para más aprisa su caminar. El animal generalmente venía bajando el cerro cargado de costales, de losas pesadísimas, o lo increíble: las vigas más largas y gordas amarradas al lomo y arrastrando unos metros detrás del cuerpo, así que el burrito iba jalando materialmente el instrumento de castigo que brincaba y volvía a brincar en él con las piedras del camino. Mi gente me cargaba a su vez metiéndome a la casa mientras yo deliraba de pena a gritos y miraba, aún lo recuerdo descarnadamente, los ojos del animal viéndome a su vez de lado, como lo hacen también los pescados o las ballenas. Y ustedes saben muy bien la forma de tatuaje en la que los ojos de los seres mudos se posan ya no pidiendo auxilio, sino quejándose quedito de lo que llevan encima, en sus lomos sangrando, sus huellas eternas. Saben –como yo—que no tienen remedio, que así es su sino, que lo doliente es como la respiración. Y aún así, los jóvenes desalmados los patean carcajeándose, y ellos, los burros del mundo, me dejan en el corazón la atribulada idea de lo que es fatalidad, para lo que se está hecho. Sí, ya sé que hay niños muertos a la orilla del mar europeo, o aquí en los barrios pobres, en el campo ese nuestro amarillo seco, donde no crece ni una yerba para masticar… Sí, estoy consciente de cómo pasan sus días en el quicio de una puerta, sin zapatos ni hogaza en la panza, apenas el cuerpo calientito de misericordia de un perrito de la calle, o mi horror de las golpizas de los machos a las mujeres y ellas bajando la mirada por miedo y hambre de sus hijos… pero eso no obsta de mi congoja ante el dolor de los animales y la condena de los asnos, los por siempre cargadores y que están en vías de extinción, y a los cuales los rancheros, dizque para festejarlos, los humillan vistiéndolos de fantasía en festividades ignominiosas cada año, un solo día de aplausos ajuareándolos entre injurias y sopetones. Son mis Plateros…
Un asno sagrado llevó a nuestro Señor Jesucristo cargando un Domingo de Ramos, y por eso traen todos los niños asnares (del género asnar) una cruz en el lomo. También un jumento fue el “rápido del desierto” llevando a cuestas a Sancho Panza y éste lo amó, ahora sí que hasta las lágrimas cuando supuestamente lo había perdido. Yo sueño con cargar a un jumentito por pesado que sea, y llevarlo y traerlo de cuarto en cuarto como un niño grande, un perro de raza, un pony suavecito, y cantarle “a la rorro niño” para borrar un instante su inacabable sufrimiento. De veras, se están acabando para nunca los pollinos con eso de la “humanidad… hasta dónde nos vas a llevar…”. A mi hermano Manuel le regaló su padrino Puga un caballo, nuestro gran amor de niños, las peleas por montarlo pian pianito con un caballerango jalándolo, un corcel maravilloso, recuerdo su pecho lleno de venas y su cuello subiéndose en el relincho feliz. Era un caballito feliz, ni hablar; dormía en el cuartel porque en nuestra casita no había donde, pues la única gran cama, es un decir, era un sofá desvencijado que fungía como tal para que en él roncara materialmente nuestro perrote gran danés de nombre Dick. Vivíamos en el callejón del Calvario y subíamos y subíamos hasta una curva y una puerta y entrábamos a lo nunca visto, ¡a la mera vista a la calle principal desde nuestros dos balcones! Es decir, que nunca la realidad del Gólgota correspondía con la dicha sin igual de contemplar a la ciudad si querías acostadota en aquella cama de barrotes de latón que yo tenía. Me acuerdo que mi padre se asomaba a la calle inclinándose en el barandal y Dick se recargaba en él también, grandote y señorial como un real guerrero del Danubio. Era blanco y negro y tenía un ojo azul y otro verde… infinitamente amoroso, tan dulce y brusco tal mi perra chauchau que me hace el honor de vivir a mi lado en nombre de Chéjov y la dama del perrito.
Pero yo quería escribir de veras de los burros y se me fue la burra como se me va la lengua.
