El código del corazón

Juana Ramírez

Juana Ramírez

El Arco de Juana

Hoy 29 de septiembre, se conmemora el Día Mundial del Corazón. Este año la invitación global es sencilla: Don’t Miss a Beat, No pierdas ni un latido. Y quizá sea un buen momento para preguntarnos cuánto conocemos del motor que nos mantiene vivos.

Sabemos que para cuidarlo hay que movernos, comer bien, no fumar, vigilar presión arterial, glucosa y colesterol. Sabemos que sobrepeso, diabetes y sedentarismo aumentan nuestro riesgo cardiovascular. Pero ¿qué pasa si hacemos todo razonablemente bien y aun así tenemos un riesgo que no estamos viendo?

Las enfermedades cardiovasculares siguen siendo la principal causa de muerte en el mundo y cobran alrededor de 20 millones de vidas cada año. Una enorme proporción está relacionada con factores que podemos prevenir o controlar. Pero no todo el riesgo está en lo que hacemos. Una parte está en lo que heredamos.

Durante muchos años, cuando hablábamos de genética pensábamos en encontrar “el gen” responsable de una enfermedad. Hoy sabemos que, en problemas tan complejos como la enfermedad coronaria, la historia puede ser distinta: cientos, miles e incluso millones de variantes genéticas pueden sumar pequeños efectos que, combinados, modifican nuestra predisposición. Eso es el riesgo poligénico. Dicho de manera sencilla: imagine que cada una de esas variantes aporta unos cuantos puntos. Por separado significan poco; juntas pueden colocar a una persona en una zona de riesgo cardiovascular diferente a la que sugerirían únicamente su edad, colesterol, presión arterial o estilo de vida.

Eso abre una pregunta fascinante: ¿Dos personas con aparentemente los mismos factores de riesgo deberían recibir exactamente la misma estrategia de prevención o de tratamiento? Probablemente no.

Existen herramientas que intentan incorporar esta nueva capa de información, como Cardio inCode, una prueba genética ya disponible en México, que calcula un puntaje de riesgo poligénico para enfermedad coronaria y lo integra con factores clínicos tradicionales. No diagnostica un infarto futuro ni adivina el destino. Busca algo mucho más interesante: afinar la estimación del riesgo.

Una persona que parece no tener un riesgo con las herramientas tradicionales podría descubrir que su predisposición genética es mayor. Esa información, interpretada por un médico junto con el resto de su historia clínica, podría modificar la conversación sobre qué tan intensamente controlar el colesterol, cuándo intervenir o qué tan estrecha debe ser la vigilancia. La genética comienza así a introducir una idea poderosa en cardiología: el mismo indicador no necesariamente significa lo mismo para todos.

La American Heart Association lleva varios años estudiando el potencial de los puntajes poligénicos en enfermedad cardiovascular y las guías estadunidenses de 2026 ya reconocen que estos puntajes pueden aportar información adicional sobre el riesgo de enfermedad coronaria. La ciencia continúa evolucionando: no todos los puntajes son iguales, su desempeño puede variar entre poblaciones y todavía es necesario seguir acumulando evidencia sobre cómo utilizarlos de manera óptima en la práctica clínica.

Por eso conviene evitar dos extremos. Ni pensar que nuestro ADN dicta inexorablemente nuestro futuro, ni ignorar una información que puede ayudarnos a prevenir mejor. Los genes no son destino. Son información.

Durante décadas los médicos clasificaron a los pacientes dentro de grandes grupos: hipertensos, diabéticos, personas con colesterol alto. La genética agrega capas que permiten reconocer las diferencias que existen dentro de esos grupos, guiando los tratamientos con mayor precisión y personalización.

En este Día Mundial del Corazón recuerde lo básico: muévase, no fume, duerma bien, cuide su peso, conozca su presión arterial, glucosa, colesterol y si puede, su riesgo poligénico. El corazón late unas 100 mil veces cada día sin pedirnos nada a cambio. Tal vez conocerlo mejor sea una hermosa manera de corresponderle.

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