En 1976 se publicó el excelentísimo libro El gen egoísta. Escrito por un zoólogo británico, quien además es biólogo evolutivo y un destacado divulgador científico a quien admiro, sostiene una tesis con la que, sin embargo, no estoy de acuerdo. Mi desacuerdo no es con una parte tangencial del libro: mi disensión arranca desde la prosopopeya en el título. Pienso que, como refirió el primatólogo Frans de Waal, en realidad “los genes no pueden ser más ‘egoístas’ de lo que un río puede ser ‘furioso’, o los rayos del sol ‘cariñosos’”; no obstante, además de admiración, siento un especial agradecimiento por ese libro, ya que me dio precisamente una posibilidad de discrepar.
Está previsto que esta semana el Senado vote una reforma penal y de propiedad industrial que incluye un artículo que establece de uno a cinco años de prisión por usar a escala comercial la identidad gráfica del gobierno para engañar y cometer un ilícito. A ésa, junto con otra reforma a la Ley Federal del Derecho de Autor sobre proveedores de internet, que sigue pendiente en una comisión de Diputados, se les ha llamado ley antimemes, aunque en realidad el texto apunta a fraudes y suplantación, no a los memes. Según algunos legisladores, el riesgo está en que la primera no hace una excepción expresa para la sátira política y que la segunda podría facilitar que las plataformas tuvieran que retirar contenido sin procedimientos de defensa claros. A la espera de conocer cómo seguirá evolucionando este tema, una cosa sí es segura: estamos ante una nueva edición del clásico debate sobre los límites de la libertad de expresión.
Una de las defensas más influyentes de la libertad de expresión fue escrita por el político, economista y filósofo John Stuart Mill, en su libro Sobre la libertad, publicado en 1859. En él habla de la libertad de pensamiento y de discusión, llegando a la conclusión de que no debe intentarse controlar la expresión de opiniones. Lo anterior lo sustenta en cuatro ideas básicas. Primero, que es posible que la opinión censurada sea verdadera, por lo que callarla supondría mantenernos por más tiempo en el error (como nos pasó con el geocentrismo); segundo, que, aunque no sea totalmente verdadera, puede tener parte de verdad, así que el choque de ideas ayuda a completarla (ahora sabemos que la mecánica newtoniana es un caso límite de la relatividad); tercero, que aun cuando fuera falsa, es útil (aunque puedo estar equivocado, considero que es el caso de El gen egoísta); y cuarto, que sin debate toda creencia va perdiendo fuerza.
Hay una idea esclarecedora en el mismo libro de Mill: “Los actos de un individuo pueden ser perjudiciales para otros, o carecer de la debida consideración por su bienestar, sin llegar al extremo de violar ninguno de sus derechos establecidos. En tal caso, el infractor puede ser castigado con justicia por la opinión, aunque no por la ley”. En otras palabras, hay opiniones que incomodan, como las de la sátira política; ésas, opina Mill, pueden ser sancionadas con el reproche, la crítica o el rechazo, pero no deben ser castigadas por la ley mientras no violen derechos de otros. El fraude y la suplantación sí los violan. La discusión, entonces, es si la reforma es lo bastante precisa para no incluir a la sátira.
NEOLOGISMO
Dawkins acuñó la palabra “meme” para designar una unidad mínima de transmisión cultural parecida al gen, justamente en el último capítulo de El gen egoísta, un admirable libro con el que se puede discrepar sanamente. Actualmente, esa palabra nombra una de las formas más populares de disentir; ojalá la ley sepa distinguirla del fraude.
