Los hombres de Estado y el estado de los hombres

Fue Rubén Figueroa padre, el “singular” —por llamarlo de alguna manera- gobernador de Guerrero, el que, refiriéndose al panorama previo a las elecciones presidenciales de 1976, en las que resultó finalmente electo José López Portillo, pronunció aquella frase que haría fortuna: “La caballada está flaca”, permitiéndose así el alarde de descalificar por parejo a todos los pretendientes al trono.

Hoy, más de cuarenta años después, bien podemos volver a recurrir al bronco ranchero y afirmar que también en la caballeriza parece haber poca alfalfa.

Con todos aquellos que ya han anunciado sus candidaturas o precandidaturas no se hace uno.

López Obrador, al que las buenas malas lenguas ya han bautizado como el “Cruz Azul”, por razones obvias que no honran a los cementeros, lleva en campaña, no todo el sexenio, sino tres. De hecho su carrera hacia la Presidencia la inició desde 1988, cuando dejó el PRI a raíz de que dos años antes le había sido negada por Salvador Neme Castillo la candidatura a la presidencia municipal de su natal Macuspana.

Es falso, como él se complace en afirmar, que haya formado parte de la Corriente Democratizadora del PRI en 1986, primero, ni de la Corriente Democrática en 1987 después. Tampoco fue fundador del FDN en 1988. Se adhirió a él después del formidable éxito electoral de julio. A finales de ese mes ingresa al Frente y consigue ser nombrado candidato a gobernador por Tabasco, plaza que los cardenistas tenían vacante. Aunque pierde las elecciones frente nada menos que a su béte noire, Neme Castillo.

De hecho, con esa derrota inicia su descabellada carrera hacia Los Pinos. Primero se abre paso a codazos en el recién fundado PRD desplazando a Cuauhtémoc Cárdenas y a los otros líderes fundadores, y desde ese trampolín le pasa la mano por la cara al mismísimo Fox que en su torpeza de desafuero sí, desafuero no, está a punto de hacerlo Presidente. Como las víboras, se deshace de la engorrosa piel del fragmentado PRD y se lanza a una nueva, la sexta etapa bajo los auspicios de la Virgen del Tepeyac en la que él no cree. No creía.

Por otro lado, ni de Mancera, ni de Zavala se me ocurre qué decir. Me temo que no hay nada qué decir. De Ricardo Anaya sí. No estaría mal que tuviéramos un Presidente que mudara Los Pinos a Atlanta y nos gobernara desde el otro lado del muro. Total, ya tenemos cierta experiencia.

El PRI, por su parte, profesional y mustio, calla, en buena medida descabezado y preso de sus propias y graves contradicciones internas. A menos que a última hora se saquen un conejo de la chistera, tampoco cabe esperar que aparezca ya no digamos un alazán, sino ni siquiera un jamelgo mínimamente prometedor.

El panorama es triste, pos sí. O no. Yo ya no sé qué prefiero, si un gobierno fuerte y competente, o uno débil y permisivo. Se me cruzan los cables.

El intríngulis es tanto más grave cuanto el extravío político e ideológico no se reduce a nuestro país, sino que es, ese si, global. Global del todo. La figura del Hombre de Estado ha desaparecido. El último murió hace un año. La especie se ha extinguido.

Para ilustrarlo deberé establecer, ni que sea de manera muy escueta, qué entiendo por “Hombre de Estado”. Mi definición es simple: Es un gobernante (condición sine qua non) cuyas preocupaciones y acciones van más allá de su tiempo y de su espacio. Tan simple como eso. Que no se encuentra preso por las fronteras de su país ni los términos de su mandato. Que ve más lejos, en el espacio y en el tiempo. En una palabra: que trasciende.

Grandes hombres de Estado han sido, desde el gran emperador chino Kangxi del siglo XVII, hasta Napoleón Bonaparte, pasando por el gran Ata Turk o Jawáharlál Nehru. Y por supuesto, Lenin, Mao, el mariscal Tito o Salvador Allende. Y del otro lado Churchill, Roosevelt, y si me apura, el mismísimo Hitler. En México, la figura de Morelos es indiscutible. Y un poco menos indiscutibles, Obregón, Cárdenas y el propio Salinas.

Y no quiero olvidar a los poetas-gobernantes, que aunque escasos, dieron otro matiz al mundo: Alfonso X, el Sabio, de Castilla-León, el rey Joan I de Cataluña, o incluso el efímero Rómulo Gallegos de Venezuela, caricias de la historia.

Pocos intelectuales encabezan la orden nobilísima entre faros resplandecientes iluminando tales insignes señeras. Valiosas iniciativas concitaron adhesiones externas surcando larguísimas acequias promisorias irrigando expectativas lejanas. Los argonautas nunca encontraron fácil recorrer interminables trayectos inexplicablemente serenos, sustentados en principios acendrados.

Hoy por hoy nos enfrentamos a un coro deplorable de personajes mezquinos que no ven más allá de un palmo de sus narices, y ese palmo sólo contiene intereses inmediatos y pecuniarios. Contemplar a los Trump, Macron, Putin, May, Rajoy, Tener. Escuchar sus sandeces y caérsele a uno el alma al suelo es automático.

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