El juego sucio

Ayer mismo, en el espacio hermano primo más bien de éste, di un consejo de buena fe a los pejistas sin ser yo mismo pejista, sino todo lo contrario. Hoy quiero repetir el insólito ejercicio y daré un consejo a los que se reclaman defensores de la democracia, sin que yo ...

Ayer mismo, en el espacio hermano —primo más bien— de éste, di un consejo de buena fe a los pejistas sin ser yo mismo pejista, sino todo lo contrario. Hoy quiero repetir el insólito ejercicio y daré un consejo a los que se reclaman defensores de la democracia, sin que yo lo sea.

En el concepto y en la palabra misma “democracia” hay problemas de base, irresolubles. En la etimología del término deberemos remitirnos al griego, en el que demos significa “pueblo” y kratos es “poder”. Así pues, estamos hablando del “poder del pueblo”. Pero, por definición, el “pueblo” es aquel que carece de poder, sobre el que se ejerce el poder. En el momento en que el pueblo accediera al poder dejaría de ser pueblo. Es ésta una reflexión que va más allá del ámbito etimológico y que se inscribe en el político. El hecho de depositar en una urna el nombre de la opción deseada por el ciudadano no le otorga poder alguno, incluso si su elección coincide con la de la mayoría de la grey. Es decir, aunque nuestro hombre “gane”.

Ya me he referido aquí al pensador canadiense McLuhan. Hoy lo vuelvo a hacer. Es otro pensador, esta vez francés, Lacan, el que sentenció que repetir es bueno, después de un ágape y una parrafada. Eso ya lo dije, y siguiendo la consigna lacaniana, lo repito.

Marx reescribió la historia del hombre sobre la Tierra en términos de los sistemas de producción y de las relaciones de producción, de las clases y de la lucha de clases: comunismo primitivo, esclavismo, feudalismo, capitalismo. Y preconizó la llegada del socialismo y la del comunismo industrial. No tengo la intención de discutir aquí las tesis marxistas. Dejémoslo así, es muy complejo.

Por su parte, McLuhan, en su Galaxia Gutenberg, lleva a cabo una operación semejante, en la que sustituye las relaciones de producción por las comunicativas, por la historia de los medios de comunicación que, después de su muerte, fueron llamados simplemente “medios” o media: el intercambio comunicativo antes de la aparición del lenguaje, ya después entre las tribus y clanes, en la época de los pequeños asentamientos, en la de las pequeñas ciudades y en la de las grandes.

La aparición de la imprenta y de la palabra duradera supuso una conmoción, y las relaciones sociales se vieron brutalmente transformadas. Qué decir de la lengua acústicamente grabada y reproducible y, sobre todo, la de la radio y la del cine. Medio siglo más tarde irrumpirá la televisión. Ahí se quedó McLuhan. No conoció la computación ni internet, con su publicidad, su correo electrónico, su pornografía y sus “redes sociales”. Daría un ojo de la cara por resucitarlo y que escribiera su Galaxia Gutenberg II. El semiótico italiano Giovanni Sartori en su sugerente Homo videns aborda la cuestión, pero se queda descorazonadamente corto.

El asunto es, pues, que cada paso adelante en la tecnología comunicativa representa un paso atrás en la ilusión democrática. Más allá de la imposibilidad de fondo del ejercicio llamado democrático y que esbozo en las primeras líneas de esta columna, lo que McLuhan y Sartori anuncian y denuncian es que la demagogia, el engaño, la manipulación y el condicionamiento cada vez tienen más espacios para operar.

Otro pensador, Eulalio Ferrer, publicista insigne, quien publicó más de 30 libros, en los cuales rebasa los límites estrictos de su oficio de publicista, pone de relieve los mecanismos falaces de la democracia actual. Entre los últimos se cuentan: El lenguaje de la publicidad, De la lucha de clases a la lucha de frases, Información y comunicación.

Tuve el honor de platicar con él y, en nuestras charlas, abundaba en el tema en el que ya había insistido a lo largo de su obra: la política democrática, hoy, no es más que un buen manejo publicitario. Propaganda y publicidad van de la mano. Don Eulalio ha de haber sabido de los últimos desarrollos de la computación, el diseño electrónico de Paint y de Photoshop. Incluso, tal vez, supo de las “redes sociales”, pero, ¡ay!, ya no pudo escribir sobre ellas. Murió en 2009 a los 88 años.

Supongo que ahí, en el cielo, deben estar los tres en amena plática, mientras que Sartori participa también. Hace muy poco se unió a esa excelsa tertulia. Hablan de cómo en Italia se chingaron a Berlusconi, de cómo en Francia la mosquita muerta de Macron se hace de la Presidencia, aprovechando —¿montando?— el cuatro con el que Hollande sacó de la jugada al gran favorito, su “correligionario” Strauss-Kahn. Y quizá aún les queda tiempo para hablar de los estudiantes mexicanos del Cine Cosmos, hace 56 años, y los mucho más recientes de Iguala. Y se han de preguntar por qué el hecho de que el PRI haya ganado las recientes elecciones y amenace con ganar las siguientes es considerado, por los perdedores, un fenómeno antidemocrático.

Por qué claman contra el fraude a priori, antes de que éste se haya constatado, y antes de que hayan podido exhibir su imposibilidad de evitarlo. Por qué denuncian que el candidato de ese PRI es apoyado por la generalidad de los medios televisivos y en buena medida periodísticos y radiofónicos. Los 132 parecen olvidar que a través de ellos también controlan los medios de masas, cuyo peso e influencia no es negligible. Pero para ellos es impensable que en las redes sociales haya “mano negra”. Por lo visto, ellos están por encima de cualquier sospecha.

El fondo de la cuestión, y nuestros tres espíritus, más Sartori, ya han de haber dado con ella, es que al considerar que una supuesta victoria del PRI no es democrática, per se, están despreciando a las decenas de millones de ciudadanos que votarán por él. Desprecio que algo tiene de racista. A lo que hay que añadir el derecho que se arrogan de que irrumpirán, “en nombre de la libertad de expresión”, en los actos y mítines priistas. Luego podrán gemir que fueron golpeados.

Los cuatro consideran qué pasaría si un grupo de americanistas con camisetas intentara instalarse en medio de la porra de las Chivas. Eso, sentencia Eulalio, se llama provocación. Marshall asiente. Sartori también.

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