El hombre del paliacate
Fue él quien armó una verdadera revolución en la revolución. La independencia de la otra independencia.
Cuando recorra usted estas líneas, inflamado lector, ya habrá oído usted gritar a nuestro Primer Mandatario, en ese espléndido, sorprendente y nocturno ritual anual que conserva su fuerza al margen de las circunstancias que lo rodean y de la personalidad estricta del gritón. Aunque, reconozcámoslo, como todas las festividades, unos resultan más logrados que otros.
Y de paso, ya sabrá si hubo alguna sorpresa y, al lado de los próceres, algo o alguien inesperado tuvo el privilegio de escuchar su nombre lanzado a los cuatro vientos desde el balcón central de Palacio (se había usted fijado en esa extraña, y no por ello menos hermosa, costumbre de suprimir el artículo cuando mencionamos al majestuoso y emblemático inmueble, como una manera de dignificarlo aún más, decimos “en Palacio” y no “en el Palacio”, a menos que le añadamos “Nacional” y entonces el artículo se cuela de aguilita. No conozco otro caso semejante. Muy bello y elegante recurso, en todo caso).
¿Habrá aparecido este año el polémico Vicente Guerrero? Alguna vieja, sin duda, encontrará lugar. Desde hace algunos años es obligatorio, pues está de moda ser mujer. ¿Pero esta vez habrá sido Josefa o Leona? Sólo tenemos dos, pues nadie se acuerda de la abnegada Güera Rodríguez, que no escatimó esfuerzos al servicio de la causa.
¿Sabía usted que el gobernante de nuestro país que instituyó la ceremonia no fue sino el mismísimo Maximiliano I de Habsburgo? ¿Curioso, no? Pero no sólo curioso, sino altamente significativo. ¿A quién iría dirigida, me pregunto, la afirmación independentista? O mucho me equivoco o el destinatario no era tanto el gobierno de Washington, su enemigo declarado, sino el propio Napoleón III, el mismo que lo había investido. Qué fuerte.
Todo parece indicar que el buen Max se la creyó y se negó a jugar el papel de títere del imperio francés. Se asumió como mexicano y mexicanista, frente a gringos y franceses. Sólo así se explica que los galos le retiraran su apoyo pecuniario y militar. Y también que las tropas de Lincoln no atravesaran el Bravo en defensa de su aliado Benito Juárez.
No vaya usted a creer, sin embargo, que ese fue el único gesto simbólico del monarca a favor de la mexicanidad. Su régimen se caracterizó también por ser el único periodo de nuestra íntegra historia en la que el náhuatl fue instituido como segunda lengua oficial. No el francés ni el alemán: el náhuatl, la lengua de los indios de esta tierra, entonces muchísimo más numerosos y con mucha mayor presencia que ahora. Lo que no hizo el indio Juárez, occidentalista y “modernizador” convencido, y tal vez un poco acomplejado, lo vino a hacer el güerejo austriaco. A lo mejor afectado por su propio complejo de usurpador y cierto sentimiento de culpa.
Hay quien dice, sin embargo, que la auténtica patriota mexicana fue ella, Carlota Amalia, y que La Paloma que tantas veces llegó a su ventana no era más que un signo de su amor a esta tierra. No eran los valses de Strauss. O no sólo.
En todo caso, todo ello nos invita a reflexionar acerca del verdadero sentido de la independencia nacional. No sólo de la nuestra, sino de todas, en general. Hasta qué punto, en qué grado y de qué manera existen. Qué tanto podemos hoy enorgullecernos de ser un país independiente.
Incluso el primer Grito, el original, aquel de Dolores, que no de dolor, no está claro qué, por más que la historia oficial lo vele y mistifique, haya sido una arenga propiamente independentista. No sé si en la proclama misma, pero en declaraciones posteriores los insurgentes hidalguistas predicaron su apoyo explícito a Fernando VII de Borbón que acababa de ser destronado por los franceses, allá en la península, y que habían ocupado todo el territorio. Así pues, ¿de qué independencia estamos hablando? ¿De la de aquí o de la de allá?
De hecho, la simultaneidad de los movimientos insurgentes en, prácticamente, toda la América hispana indica que la bronca, el auténtico conflicto, estaba más allá que acá.
Quien fue el primer paladín propiamente independentista, quien concibió a México como nación diferenciada y merecedora de los atributos que le correspondían, fue otro de nuestros tres curas, de nuestros tres padres, nunca mejor dicho: José María Morelos. Qué otro.
Fue él quien armó una verdadera revolución en la revolución. La independencia de la otra independencia. Al principio pretendió conjugar sus tareas eclesiásticas con las guerreras, pero su doble combate y su concepción estratégica que lo llevó a cortar las vías de avituallamiento del centro virreinal, acabaron haciéndolo imposible. Su movilidad física y teórica fue frenética.
Propuso utilizar el sentimiento subversivo independentista, soliviantó oficiales y bautizó indios generando así mayor obediencia. Aquella misión orilló a descuidar obligaciones sacerdotales, la actividad sediciosa debiendo orientarse sobre Veracruz impedía continuar administrando sacramentos.
Entre dirigir sus impensables campañas militares, acuñar moneda, organizar el Congreso y concebir, estructurar y dar a luz los Sentimientos de la Nación, no se dejó resquicio ni para dormir. El sueño lo ocupó todo.
Después de Morelos ya no hubo posible marcha atrás. En él reside la verdadera fragua de la verdadera independencia. Anoche, patriótico lector, deberá haber vibrado un poco más cuando escuchó su nombre. Evoque con la emoción que merece la genuina, imposible libertad nacional. La del hombre del paliacate.
