Aquí en la Tierra
Se creyó durante mucho tiempo que el Paraíso se hallaba en el Polo Norte.
Durante toda la Edad Media, y desde antes, en los tiempos del auge de las culturas del Asia Menor, los elamitas, los selyúcidas, los israelíes, los cristianos y los mahometanos, ya se planteó la posibilidad de que para llegar al Paraíso no era necesario morirse. De que en algún lugar de la Tierra (fuera ésta concebida como fuera) existía el Paraíso terrenal. Un espacio mágico y recóndito, donde reinaba la felicidad y la abundancia sin fin. En el que todos los bienes de este mundo y de todos los mundos imaginables, abundaban y aseguraban la dicha y el bienestar perpetuo de los afortunados que llegaban a él.
La sospecha derivaba de que en los textos sagrados se hablaba de los parajes en los que habitaron personas de carne y hueso. Adán y Eva, con toda su tropa, entre otros, según el Antiguo Testamento. Por lo tanto ese Edén se encontraba en este mundo, no en el otro. Y aunque, según las Escrituras, los humanos que ahí moraban habían sido expulsados por haber violado las normas, esa tierra de promisión debía seguir ahí. En algún sitio. Todo el problema era dar con ella.
Se creyó durante mucho tiempo que el anhelado Paraíso terrenal se hallaba donde hoy está (por poco tiempo más, parece ser) el Polo Norte. El origen de esta creencia delirante debemos buscarlo en el hecho de que para los navegantes de los siglos XIV y XV era imposible llegar hasta ahí. Las tierras que presuntamente existían en tales latitudes eran del todo inaccesibles y las aguas que las rodeaban, resultaban innavegables. En muchos de los primeros mapas del Renacimiento en ese punto aparece señalado el mentado Paraíso. Pero además las versiones de los marinos nórdicos, los vikingos en primer lugar, de que habían podido atracar en tierras fértiles y pródigas, en medio de los hielos eternos, fortalecían esa convicción. Se referían sin duda a Groenlandia, que en noruego antiguo significa “Tierra Verde”.
El propio Cristóbal Colón, al llegar a las costas de lo que poco después sería conocido como la América tropical, y al darse cuenta de que no se trataba del Asia Oriental y en particular de la India, tal como ya las conocían los europeos, al viajar, como Marco Polo entre otros, por tierra y por el otro lado del planeta, creyó, postuló y anunció que había descubierto por fin el mítico Paraíso terrenal. Era tal la exuberancia, la abundancia de frutos y animales, humanos incluidos, las temperaturas cálidas y confortables, ya en pleno otoño, y que permitían prescindir de ropa y de lugares para guarecerse de las inclemencias conocidas en Europa y en el África y Asia exploradas.
Su entusiasmo no conoció límites. Las “Indias Occidentales” como las llamó, para distinguirlas de las “orientales” a las que había pretendido llegar, albergaban el Edén sobre la Tierra. Los teólogos lo contradijeron amargamente, y nuestro Cristóbal prefirió callarse antes de acabar en la hoguera. Además, los americanos de entonces, cuando entendieron en qué plan llegaban los intrusos europeos, no resultaron del todo amigables. Y la idea del presunto Paraíso terrenal, cayó por tierra.
Y sin embargo ese ideal aparentemente descabellado existe. No es fácil dar con él, de acuerdo. Es escaso y escurridizo. Y a menudo se disfraza y disimula. Y no a todo el mundo le es dado llegar a él, pero ahí, aquí, está.
No es preciso darle más vueltas. Ese Paraíso habita en cada uno de nosotros. O, con más propiedad, nosotros habitamos en él. Todo el chiste, toda la gracia reside en saberlo aprehender, cultivar, usufructuar y gozar. En la oración anterior debí escribir Gracia, con mayúscula, pues acceder, hacerse de él, constituye la Salvación, también con mayúscula, en el sentido tanto existencial como mitológico. Y si hemos de hacer caso a las sagradas escrituras, no sólo cristianas, se trata en realidad de un regreso, de una recuperación. Así lo planteó hace ya 400 años John Milton, el más visionario de todos los ciegos, en su Paraíso Perdido.
Y el camino real que reconduce a él es el deseo, el amor, el encuentro del otro, con el otro, en el otro. En la pasión, no por gentil y generosa menos erótica y voluptuosa. A través del ser amado, el horizonte paradisiaco abarca al mundo entero. La clave de acceso al Nirvana es el amor por el otro, es mirar y percibir al mundo a través de su mirada, de su percepción y sus criterios y valores. Pero al mismo tiempo, esa mirada es la metáfora, la representación, la alegoría perfecta del mundo. El universo entero se condensa tras esa mirada. La mágica contradicción del éxtasis desenfrenado.
Poner en rescoldo semejantes impulsos germinales obliga a mantenerlos intactos bajo esa llana languidez aparente. Vuelven impetuosos concitando ardientes y apasionadas emociones sofocadas mientras inhiben aprensiones, pues ese retorno ofrece nuevas ópticas concitando exultantes sensaciones opuestas, impone necesidades compulsivas al nutrir sentimientos arrebatados bloqueando los escrúpulos, desdeña el inmovilismo razonable transitando rutas audaces sin esquivar los lances amorosos.
El maravilloso Antoine de Saint-Exupéry, autor del no menos maravilloso Pequeño Príncipe, dice en una de sus inquietantes postulados, algo así como “Amar no es mirarse el uno al otro, sino mirar juntos en la misma dirección”. El gran Antoine me perdonará, pero debo corregir tantito su sentencia. El amante nunca estará dispuesto a dejar de mirar al objeto de su deseo, de contemplarlo y poseerlo. De ninguna manera. Coincido sí en que el amor no debe quedarse ahí, reducirse a esa práctica de “autismo a dos”, como yo lo llamaría, y que en efecto, hay que abrirse al mundo a través del otro. Una cosa no niega la otra.
Es definitivo, sin embargo, que a través del amor genuino se ama al mundo. Al nuevo mundo que se descubre, se obsequia y se retribuye. El sujeto, sus juicios, conductas y vivencias, se impregnan de la corola del deseo. Y por ella surgen mil nuevos amores y ha lugar una nueva plenitud. Por ella se reencuentra el fruto prohibido y se da la imprescindible reconciliación con la víbora perversa, pervertida y pervertidora. En ese deseo y en el goce sin culpa está la Salvación. No en el Cielo sino en la Tierra.
