Entre el tanque y la mesa de negociación

Estados Unidos actúa en función de sus intereses.

En las últimas semanas, Donald Trump ha intensificado su narrativa sobre una posible intervención en México. La especulación no se detiene y es natural. La reciente invasión de Venezuela dejó claro que las consideraciones jurídicas y diplomáticas no siempre frenan los intereses estratégicos. A ese clima se suma la estrategia de seguridad publicada por la Casa Blanca a finales de 2025 en la que se refuerza una lógica de excepcionalidad permanente y se construye una narrativa de amenaza transfronteriza que ayuda a materializar el miedo.

La filósofa y politóloga Hannah Arendt advirtió que la amenaza de violencia revela, paradójicamente, la ausencia de poder real. Quien tiene poder no necesita exhibir fuerza; quien exhibe fuerza delata que carece de los medios para imponer su voluntad por otras vías. Trump amenaza con intervención militar, precisamente, porque no tiene poder estructural suficiente para rediseñar unilateralmente la relación con México. Ahí la retórica se vuelve herramienta.

En ese contexto, no es casual que el pasado miércoles, desde una planta de Ford, Trump declaró que Estados Unidos puede producir internamente lo que hoy importa, sugiriendo que la renegociación del T-MEC no es relevante. La retórica del intervencionismo requiere despreciar discursivamente el tratado para solidificarse, y cumple, principalmente, tres funciones simultáneas: refuerza su base proteccionista de cara a las elecciones intermedias, hace congruente la amenaza (de aceptar públicamente que hay intereses económicos de por medio, la posibilidad de intervención perdería credibilidad) y opera como presión negociadora.

Pero es falso que el T-MEC no represente ventaja real para Estados Unidos. México y Canadá constituyen 27% de las importaciones estadunidenses. Estas importaciones dependen de cadenas productivas transfronterizas: componentes que se ensamblan, reensamblan y refinan en circuitos integrados. Romper el tratado encarecería bienes y servicios, afectaría al consumidor y generaría descontento social justo cuando Trump necesita mantener su coalición electoral. No es de extrañarse que sectores empresariales y sindicales estadunidenses hayan defendido el T-MEC incluso frente a las declaraciones del mandatario.

Estados Unidos actúa en función de sus intereses. Si una intervención le conviniera, lo haría. El punto es que no le conviene. Volvamos a Arendt, quien argumentaba que la violencia es instrumental, mientras el poder es relacional. La interdependencia económica es poder estructural compartido, y no puede destruirse sin destruir también la posición de quien ataca. La amenaza militar, en cambio, es sólo un instrumento retórico cuando la arquitectura económica hace inviable su ejecución. Por otra parte, Estados Unidos ya mantiene presencia de inteligencia en territorio mexicano, por lo que una intervención abierta sería tan innecesaria como contraproducente.

Pero que México reaccione como si estuviera indefenso revela una desconexión con nuestra posición real, porque estamos mejor parados de lo que creemos. Somos eslabón clave del entramado norteamericano, el T-MEC sostiene millones de empleos binacionales, y la región integrada le permite a nuestro vecino del norte mantenerse competitivo frente a la economía de China. Tenemos cartas por jugar.

La pregunta relevante no es si Estados Unidos invadirá México mañana, sino qué ocurrirá tras la renegociación del tratado. Si Trump logra imponer condiciones más favorables, la narrativa del conflicto se disipará. De lo contrario, podría escalar nuevamente. El verdadero campo de batalla es la mesa de negociación.

El énfasis en el despliegue de fuerza parece responder más a una lógica reactiva —un intento por reafirmar su hegemonía—, así como a la función de cerrar el relato. La urgencia es aprovechar esa interdependencia económica, no como una concesión humillante, sino como arquitectura de poder compartido. Porque al final, la lógica de Washington no se basa en principios, sino en cálculo de costos y beneficios. Y hoy invadir México no es buen negocio.

Pero esa ecuación no es permanente, depende de que sepamos negociar desde la fortaleza que ya tenemos, no desde el pánico de quien cree no tener nada.