El régimen del terror
Quien logra ser el más temido se convierte, de facto, en quien dicta las condiciones de la normalidad.

Marcela Vázquez Garza
Abro hilo
El domingo por la tarde México se partió en dos: lugares que ardían y los que miraban arder. Bloqueos, fuego y ciudades paralizadas. Los videos de todo ello viajaron a donde las llamas no llegaron, instalándose un régimen del terror en cada rincón del país. Fue llamado nueva guerra contra el narco, o mero combate efectivo. Pienso que se trató, por sobre todo, de un ejercicio de poder en disputa que, entre sus fuegos cruzados, el terror coronó.
Hannah Arendt escribió que el terror no es simplemente el producto del miedo colectivo, sino su principio organizador. Es decir, el mecanismo mediante el cual el poder elimina la distancia entre el Estado y el individuo, tomando control de la acción y en última instancia, incluso destruyendo la capacidad misma de actuar.
Corey Robin agrega que el miedo político no sólo paraliza, sino que reorganiza jerarquías de autoridad. Quien logra ser el más temido se convierte, de facto, en quien dicta las condiciones de la normalidad; no necesita estar presente en cada esquina, basta con que la población reorganice su vida entera alrededor de su posible presencia. Ahí está la perversidad: ¿quién gobierna el tempo emocional del país?
Hay, a su vez, un ciclo nauseabundo. El miedo que comienza como instrumento de control termina convirtiéndose en una necesidad del propio sistema que lo genera. Un cártel que ya no aterra, ya no gobierna. El terror es entonces, además de un exceso de violencia, su gramática, la condición sine qua non de toda la estructura de poder que lo sostiene; y su principal mercancía, monetizándolo por medio de extorsiones, cuotas y obediencias compradas. El miedo, como modelo de negocio, no se clausura con un operativo. Lo que siguió al domingo —la incertidumbre sobre quién hereda, sobre qué guerra de sucesión se avecina, sobre qué forma tomará la represalia que falta— es también terror, uno que no termina con la muerte de un capo, sino que muta del miedo a lo que ocurrió al miedo a lo que está por ocurrir.
Sin embargo, el miedo no deja de ser condición epistémica, una señal imprescindible que nos informa sobre amenazas reales. Quien vivió el domingo en cualquiera de los 20 estados donde ardieron las carreteras tenía razones fundadas para sentir lo que sintió. El miedo encarnado en su sentido natural, ya sea como consecuencia inherente a lo vivido o bien, como consecuencia de la exposición a la información.
Por ello, resulta doblemente perverso que algunas publicaciones falsas generadas con inteligencia artificial hayan inflado lo que ya de por sí era enorme, sembrando pavor sobre tierra fértil para hacerlo crecer más allá de sus proporciones. Pero tan perverso como inflar el terror es el movimiento contrario, el de quienes concluyeron que la gran mayoría fue exagerada o irreal.
Para hablar de un combate sostenido al crimen se requeriría una suma de señales que acrediten una estrategia de largo aliento. Lo ocurrido el domingo fue, antes que eso, como escribía al inicio, un ejercicio de poder imperativo para reafirmar la necesidad y naturaleza del Estado. Frente a un actor de las dimensiones de Nemesio Oseguera, El Mencho, el Estado demuestra que su fuerza no es sólo nominal. Pero si partimos de la premisa de que quien dicta el miedo dicta las condiciones de la normalidad, entonces queda una segunda dimensión del combate. Desarticular el régimen del terror implica tanto tomar control de la narrativa, como construir condiciones reales de normalidad que le arrebaten al crimen organizado su herramienta más eficaz. La batalla no es sólo de balas. Es de a quién le pertenece controlar la percepción de lo cotidiano.
La población quedó atrapada entre dos fuegos cruzados: el de quienes inflaron el terror para paralizar y el de quienes lo negaron para normalizar. Decirle a quien vivió ese domingo que lo que sintió no era para tanto es tan violento, a su manera, como el terror mismo. Negar el miedo como estrategia de resistencia es casi tan peligroso como capitular ante él.
Es ineludible recuperar el referente, y disputar la normalidad no en los comunicados, sino en las calles, en la vida concreta de quienes reorganizaron su existencia entera alrededor de una amenaza que no se ha abatido.