La realidad no cede

Me resultó especialmente difícil escribir esta semana. Comencé buscando analizar el día de la inauguración del Mundial; la cantidad de sucesos tan diversos, casi antitéticos, y terminé por cuestionar qué sentido tenía hacerlo. 

Esa noche, mientras miles de personas celebraban el triunfo de México frente a Sudáfrica bajo la lluvia en el Ángel de la Independencia, alguien tomó del piso una manta con los rostros de personas desaparecidas para cubrirse. Cuando un reportero y madres buscadoras la reclamaron, intentando recuperarla, hubo golpes, mientras la fiesta seguía a unos metros, ajena a lo que ocurría.

Fue mezquino, completamente desafortunado; desafortunado como el contraste que el contexto de la fiesta mundialista ha revelado. En redes me encontré con muchos posts que decían que ambas cosas pueden ser ciertas, que tenemos derecho a divertirnos sin importar que también haya grupos manifestándose y molestos en este país, y me pareció que ese argumento, partiendo de algo cierto, terminaba cerrando la conversación justo donde debía empezar, porque decir que ambas cosas pueden ser ciertas no dice nada sobre los términos de esa convivencia, sobre quién cede el espacio y quién no, que es justo lo que habría que preguntarse, y el argumento lo daba por resuelto de antemano.

Lo digo porque, en esos mismos días, circulan publicaciones sobre cómo el Mundial nos une, sobre la hermandad que se siente cuando todo el país parece estar viendo lo mismo y, al mismo tiempo, Yolett Cervantes, la joven ganadora del boleto presidencial para la inauguración, apareció señalada en comentarios nada piadosos, la acribillaron desde el racismo y el clasismo, como si esa hermandad tuviera fronteras que sólo se hacen visibles cuando alguien parece no encajar en ellas.

Frente a esa incomodidad, intenté otro camino, pensar en el comportamiento humano que, en un contexto determinado, termina por constituir lo que llamamos sistema, y ahí me topé con algo que sentí casi como un análisis imposible, porque otra persona, dentro del estadio, subió una foto denunciando la desaparición forzada en México, y los comentarios la acusaron de instrumentalizar ese dolor, de subirse a una causa que no era suya. Y la razón fue la falta de agencia: ¿eué cambias?, ¿haces algún donativo? Antes quizá se hubiera aplaudido que alguien con seguidores o con poder denunciara, se sumara a causas, y ahora todo está tan particularizado a partir de la pérdida de agencia que, si nada cambia, cualquiera que lo intente parece estar instrumentalizando. Pensé en el lugar desde el que yo misma estaba analizando todo esto y me dispuse a escribir sobre otro tema; me encontré con decenas y con una conclusión repetitiva: que la realidad no cede y que el análisis se vuelve imposible cuando hay un millón de cosas ocurriendo al mismo tiempo y ninguna se resuelve; que cuando la impotencia corroe, para muchos queda sólo salir a defender el derecho a divertirse. 

Me visualicé como aquella influencer cuestionando qué sentido tiene aferrarse fantasiosamente a la idea de sacudir el mundo de las ideas con tal fuerza que remueva la realidad, pero, en todo caso, que no rendirse por completo terminaría por contribuir a un individualismo rapaz, el que nos convence de que ningún análisis tiene sentido y que sumarse a otras causas, tampoco.

Creo que ahí se mezclan dos cosas distintas, una es cuánto podemos cambiar algo tan grande como la desaparición de personas en este país, y posiblemente la respuesta honesta sea que muy poco. Pero otra muy distinta es la responsabilidad sobre lo que sí está en nuestras manos, no agredir, no apropiarnos de los símbolos del dolor ajeno, elevar el debate en torno al nivel de acompañamiento de las denuncias; y buena parte de lo que llamamos individualismo consiste en usar la primera para abandonar también la segunda. Sé que hay muchas cosas que ya se están haciendo, y sé que nada de esto va a cambiar de la noche a la mañana. Creo, de todas formas, que ya es momento de decir que la realidad tiene que ceder porque, si no cede, lo que se vuelve imposible no es sólo el análisis, es la comunidad misma, la posibilidad de que dos cosas contrarias sean verdad al mismo tiempo sin que una termine imponiéndose sobre la otra y anulándola, el sentido de pensar y hacer el bien, aunque se trate de uno pequeño.