Querer haber pensado
Por comentocracia no me refiero a todo el que opina, sino al grupo que sustituye el análisis por la reacción y la reflexión por la visibilidad.
Últimamente descubro que no sé de todo, en un sentido que contrasta con la norma en internet. Descubro, también, que me falta claridad sobre qué opinión me merece, de manera inmediata, todo acontecimiento. Quizá parezca que planteo un absurdo. Pero entro a redes sociales para encontrar que todo usuario parece tener maestría en opinología de temas cuya única referencia es, muy probablemente, un resumen generado por modelos de inteligencia artificial. Así como encuentro cientos de videos con un (si no el mismo) análisis exhaustivo apenas a las pocas horas del conocimiento de los hechos.
Comentó el escritor argentino Alejandro Dolina, “la gente no quiere leer, quiere haber leído”. La sociedad ansiosa prefiere el atajo, o está obligada a él. Necesita compartir un video que muestre su vasto itinerario de lecturas del mes, o subir a redes un comentario para cumplir con la cuota de contenido y no quedar relegada al olvido que impone el algoritmo.
El artículo The Price of Unearned Knowledge: Jung’s Warning and the Crisis of Modern Machine Learning de Carlos E. Pérez parte de la cita de Carl Jung: “Ten cuidado con la sabiduría inmerecida”. La tesis central planteada es que el conocimiento vale por cómo se adquiere, no sólo por cuánto se posee. El atajo, omitir el proceso de interiorización, produce una forma de entendimiento superficial. Nos asemejamos con mayor progresión a las máquinas que absorben enormes cantidades de datos para crear representaciones fragmentadas que únicamente reproducen patrones sin elaboración cognitiva, ni capacidad asociativa, o creatividad.
Vivimos rodeados de información, pero escasea el pensamiento crítico. La saturación informativa, la gratificación inmediata y la presión por opinar de todo —incluso sobre lo que desconocemos— produjo la ilusión de que saber equivale a estar actualizado. Y la actualización se ha vuelto seña de autoridad, así, la comentocracia vive de la inmediatez mas no de la profundidad.
Cabe precisar que por comentocracia no me refiero a todo el que opina, sino al grupo que sustituye el análisis por la reacción y la reflexión por la visibilidad; quienes, desde la deshonestidad intelectual, fungen como expertos por inercia. Reconozco la ironía: escribo una columna de opinión criticando a quienes opinan de todo. Además, ¿no repito acaso la misma crítica que circula en tantos espacios? No pretendo escapar de esta contradicción, sino señalarla.
Frente a lo expuesto por Dolina, agrego que la gente no quiere pensar, quiere saber qué decir; tener siempre una respuesta lista y producir cuantas opiniones sean necesarias para que otros las adopten como propias. La gente no quiere escribir, sino pedirle al modelo de lenguaje de su preferencia reflexiones que le doten de una productividad inalcanzable por cuenta propia. Cada vez son más los exámenes realizados con un prompt, para ser respondidos por otro prompt. Son más las conversaciones que tiene la inteligencia artificial consigo misma, reduciendo el pensamiento a mero vehículo.
En su ensayo The Cognitive Aristocracy, Cyril Hédoin denuncia que aunque no es inminente el “fin del pensamiento”, podría surgir una nueva forma de desigualdad cognitiva. Si la mayoría delega el pensamiento a las máquinas, puede darse una homogeneización cognitiva, esto es, todos confiando en las mismas respuestas, perdiendo de vista la diversidad de juicio. Sin embargo, el pensamiento podría estructurarse jerárquicamente. Unos pocos mantienen y desarrollan habilidades cognitivas profundas mientras la mayoría se vuelve dependiente de sistemas externos.
Hemos confundido la velocidad con lucidez; la democratización del conocimiento con un ejercicio vertiginoso que suple el comprender por repetir información apenas digerida. Lo único que sostiene a una opinión no son ni sus premisas axiomáticas ni su lógica argumentativa, sino la cantidad de seguidores que la avalan y comparten. Si pensar es demorarse, tomémonos entonces el tiempo que el algoritmo nos arrebata. No desde la superioridad de quien se cree exento del fenómeno que critica, sino desde la humildad de quien también duda, también se equivoca, también cede a la tentación del atajo. Empezando por dudar de nuestras propias certezas.
