Premiar utopías

Cuando una política se vuelve emblema corre el riesgo de quedar fuera del escrutinio y hay grietas que no conviene ignorar.

Cuando un programa de gobierno recibe un premio internacional, algo cambia en su relato. Deja de verse como política pública para convertirse en emblema. El Pergamino de Honor 2025 de ONU-Hábitat, otorgado al proyecto Utopías de Clara Brugada, le confiere el aura de un modelo urbano que el mundo podría mirar como ejemplo. Se destacó su aportación a la urbanización sostenible y a la mejora de la vida urbana, al combinar infraestructura cultural, deportiva y social con inclusión, regeneración de espacios deteriorados y acercamiento de servicios públicos a zonas donde antes predominaban el abandono y la desigualdad.

El premio celebra una premisa poderosa: dignificar el espacio público recodifica la comunidad. Pero entre la idea y la evidencia hay un largo camino. Y vale cuestionarse si el reconocimiento llega por los resultados o por la potencia de su promesa.

En su diseño hay aciertos claros, como gratuidad o bajo costo de acceso, distribución territorial, espacios que mezclan deporte, cultura, talleres, comedores y servicios sociales. La pregunta, sin embargo, es si esa activación ha tenido resultados tangibles. La investigación Utopías y reducción de la criminalidad del CIDE aplicó un modelo de diferencias-en-diferencias comparando radios cercanos y encontró efectos positivos en delitos menores de oportunidad (robos sin violencia y daños a propiedad, por ejemplo) en los entornos inmediatos de las Utopías, especialmente durante sus horarios de operación. En cambio, donde los factores estructurales pesan más, como en delitos violentos o de mayor escala, la causalidad es menos robusta.

En paralelo, datos de la Fiscalía y de la Secretaría de Seguridad Ciudadana de la Ciudad de México muestran una reducción de delitos de alto impacto en zonas con Utopías, lo cual sugiere un posible efecto agregado. Para demostrarlo con certeza harían falta análisis longitudinales y comparativos con zonas de control, lo que toda política pública requiere antes de asumirse como modelo.

Ahora bien, quizá lo más delicado es que el reconocimiento no opaque el análisis. Cuando una política se vuelve emblema corre el riesgo de quedar fuera del escrutinio y hay grietas que no conviene ignorar.

En cuanto a lo social y al principal proyecto del programa, aún no hay indicadores públicos que muestren mejoras sostenidas en salud mental, bienestar o participación comunitaria. La teoría de cambio es buena; la evidencia, todavía es incipiente.

En cambio, algunas investigaciones periodísticas mencionan contrataciones con empresas vinculadas a redes políticas, aunque no hay sentencias firmes hasta ahora. En ciertos barrios, vecinos han promovido amparos por falta de consulta o por el impacto urbano de las obras. Circulan quejas sobre mantenimiento deficiente, cierres temporales, iluminación insuficiente o limitaciones en la operación nocturna. Todo ello pone en duda la sostenibilidad operativa del proyecto.

A esto se suma un riesgo político inevitable: la tentación de usar un programa exitoso como herramienta de movilización. Cuando la política pública se confunde con pertenencia partidista, la legitimidad social se erosiona. Si los usuarios perciben la ayuda como un favor, y no como un derecho, el círculo de inclusión se rompe. Por eso es necesario insistir en que las políticas públicas, incluso las más celebradas, deben ser objeto de evaluación constante. Convertirse en emblema no puede significar quedar exento del análisis, sino todo lo contrario, exige evaluaciones ex post, datos longitudinales y transparencia.

Por último, falta transparencia. No están disponibles los datos completos de costos operativos, mantenimiento, número de usuarios activos ni padrones de beneficiarios. Sin esa rendición de cuentas, la evaluación independiente resulta imposible. Utopías no debería ser solo una vitrina de buenas intenciones, sino un laboratorio medible de política social y urbana.

El premio de ONU-Hábitat celebra la visión de un programa ambicioso, pero el verdadero reconocimiento no será el pergamino ni la fotografía de la entrega; será ver, dentro de una década, si esas mismas colonias son más seguras, más sanas, más cohesionadas y libres de sesgos partidistas. Ése —y no otro— es el premio que aún está por ganarse.

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