Populismo: atajo a ninguna parte
El líder encarna la pureza del pueblo frente a élites.
Financiada por la Unión Europea, una investigación estudia la estrategia de AMLO en un intento de profundizar en el populismo y sus antídotos. El caso mexicano no es una anomalía (aunque, desgraciadamente, sí un referente). Como han mostrado Cas Mudde y Rovira Kaltwasser, el populismo es transversal: aparece cuando se acumulan fracturas democráticas —desconfianza hacia élites políticas, hartazgo de los partidos y brechas de desigualdad, por ejemplo— y convierte esa fatiga en combustible político.
El populismo opera como una lógica engañosa que despolitiza al tiempo que parece politizarlo todo: absorbe las crisis y demandas para volverlas un discurso combativo sin necesidad de pasar por la ingeniería institucional que resuelva el problema. La queja se integra al relato, se exhibe cercanía con los agraviados, se promete reparación y se administra la urgencia con parches. Tapamos baches en lugar de planear ciudades; respondemos a inundaciones con presencia y narrativa, no con diagnóstico y cronogramas verificables. En su Bitácora de ayer, Pascal Beltrán del Río escribió: “El país debe dejar de gestionar las crisis e invertir en prevenirlas. El costo de esta negligencia es la hipoteca más onerosa…” y, si bien concuerdo, agregaría, es también la más redituable en un sentido político-electoral. La falta de estrategias claras, estudios de necesidades y visión de futuro hacen de la crisis, campaña. Se pretende igualar, peligrosamente, lo político con la política.
Ampliando el foco, el caso mexicano dialoga con una historia política esclarecedora. Tras décadas de “gobiernos de expertos” y una administración pública técnica, mientras la democracia era apenas una joven promesa, el péndulo se movió hacia el líder que promete devolverle la voz al pueblo, un mesías en quien representar lo que creemos ser y no somos. Loris Zanatta ha descrito el populismo latinoamericano como una religión secular: un relato de redención en el que el líder encarna la pureza del pueblo frente a élites corruptas. Y México, creyó.
Ese relato religioso, que dio legitimidad a los liderazgos carismáticos, desembocó en una nueva trampa: la dicotomía entre carisma y técnica, proximidad o planeación, populismo o democracia. Como si la gestión basada en evidencia fuera, por definición, insensible; como si el liderazgo empático estuviera peleado con la administración eficiente. La democracia, recordó Norberto Bobbio, vive entre promesas y límites: promete igualdad, participación y control del poder, pero sólo se sostiene si traduce esas promesas en reglas, contrapesos y capacidades estatales. El reto fue que, ante su natural demora para resolver estas promesas, nos tentó el “atajo” de la utópica inmediatez: el populismo y la despolitización.
Si a algunos alienta, el último informe de Latinobarómetro reportó un aumento en el apoyo a la democracia, siendo que, desde 2010, su legitimidad se deterioraba. Quizá, más que entusiasmo, sea la oscilación de un péndulo; en todo caso, habría que ver si esa democracia se entiende como la adhesión a reglas antes que a personalidades políticas. En ese caso, es quizá Adam Przeworski quien devuelve la calma, arguyendo que la democracia no garantiza gobiernos eficientes ni virtuosos, sino que los conflictos se procesen dentro de reglas que todos aceptan, aun cuando nadie tenga certeza de ganar siempre. En esa incertidumbre está su fuerza: obliga a que las diferencias políticas se tramiten en las instituciones, no mediante mesías y caudillos. El riesgo del populismo es que desplaza esas reglas y promete resolver los conflictos directamente a través de la voz del líder y de una vez por todas.
Ahí la democracia deja de ser un procedimiento para convertirse en eufemismo, y el conflicto ya no se resuelve: se simplifica, se absorbe y se capitaliza.
Éste no es un alegato contra el carisma. La política necesita líderes; lo político, en cambio, instituciones. La democracia necesita superar el voto y recuperar candados. Éste es un alegato contra el populismo, aquel que presenta personajes que dicen ser “la democracia” más no democráticos y que al absorber todo en la figura del líder termina por despolitizar lo que debería resolverse con planeación.
