La pausa necesaria

La Navidad es una historia distinta en cada hogar... Sin embargo, no puedo dejar de reconocerle una importancia en particular: la pausa.

La Navidad es polifacética, tanto por su multivocidad como por su profundidad. Hay quienes lo hacen desde una convicción religiosa, quienes la viven como un gesto de fidelidad a la tradición, quienes simplemente se dejan llevar por la inercia del calendario. Y, sin embargo, más allá de los motivos, hay algo que permanece: el ritual. Quizá porque, contraintuitivamente, la tradición —esa palabra tan asociada al pasado— es también una ruptura. Una coma en la historia, una bocanada de aire fresco que aligera los pesares del alma. 

Por otra parte, hay quien considera que estas fechas distan mucho de significar armonía; no representan un momento de gozo, sino que, por el contrario, son más penumbra que luz. Alguien se sienta en una mesa con lugares vacíos esperando a un hijo que le fue arrebatado por la violencia o por la enfermedad. Alguien se enfrenta a sus miedos; quizá sea un familiar o un prejuicio. Alguien pasa la noche lejos de casa, alguien pasa la noche en una casa ajena. La Navidad es una historia distinta en cada hogar, una que no siempre es del todo bella.

Y, sin embargo, no puedo dejar de reconocerle una importancia en particular: la pausa. Émile Durkheim explicó hace más de un siglo que los rituales suspenden el tiempo ordinario y crean un espacio distinto. En ese sentido, el ritual no es una negación del presente, una forma de huir del mundo, sino un momento en que la sociedad se piensa a sí misma para volver con fuerzas renovadas. Un paréntesis que nos reordena cuando todo alrededor parece avanzar sin tregua.

Reconocer, tanto los privilegios que me brindan la obligación de profundo agradecimiento como los pesares que caracterizan la noche de tantas familias no cancela la relevancia del ritual, sino que lo vuelve más honesto. En un mundo atravesado por la violencia, la pobreza, la inseguridad, el desgaste cotidiano, celebrar puede parecer frívolo. Como si no tuviera sentido, como si no hubiera nada que celebrar. No obstante, tal vez la respuesta esté justo ahí. En ese espacio que parece poco resolutivo. En la mesa compartida, en el abrazo, en la ceremonia. Albert Camus lo intuía cuando escribió que afirmar la vida, incluso cuando no promete sentido, es una forma de resistencia. No se celebra porque todo esté bien; se celebra para no rendirse del todo. No se agradece para negar el duelo, sino para abrazar la vida sin exigirle perfección; para levantar la vista. Para poder seguir.

Esta resistencia no es abstracta. Es en estos momentos (y no en los grandes discursos, contrario a lo que se piensa) donde se establecen los fundamentos de la moral y de la organización social. Aprendemos a esperar turno, a escuchar, a reconocer al otro. La comunidad se construye en los gestos repetidos que nos recuerdan que no estamos solos. Incluso, o mejor dicho, sobre todo, cuando el mundo parece desbordarnos.

Aquí radica, precisamente, su fuerza, y es que el ritual nos rescata de quedar atrapados en un tiempo sin pausas. Ordena el tiempo, crea sentido, nos da el aliento que necesitamos para enfrentarnos a la crudeza de una realidad profana. Luego entonces, quizá estos días nos devuelven una versión de nosotros mismos que el día a día no siempre permite. Como el poema Otras Navidades, de Ismael López Gálvez: “Es la historia más bella que conozco: cada año regresaban a la infancia…”, fuimos hechos para estos momentos. Para detenernos. Para recordar a quienes no están. Para agradecer a quienes sostienen la posibilidad misma del encuentro. Para regresar, aunque sea un instante, al goce, al descanso, a la magia.

La disputa sobre las fiestas —entre quienes las reducen a práctica religiosa excluyente y quienes las rechazan como “constructo social” banal, entre quienes protestan y quienes imponen— oscurece los múltiples significados de estas fechas, que confluyen en un mismo valor sublime: la tradición como ruptura, el ritual como fuente de sentido, la pausa necesaria.

La Navidad celebra mucho, y es importante decir que no lo mismo para todos. Pero, incluso desde esa conciencia, pausar importa. Agradecer importa. Reunirse importa. Porque en un mundo agotado, el ritual es una forma de volver a empezar, de volver a nacer.

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