Dialogar sin horizonte común

Ya no sabemos qué significa dialogar.

El lema del Foro Económico Mundial de este año fue El espíritu del diálogo. Una elección nada ingenua. En un mundo atravesado por conflictos abiertos, tensiones geopolíticas y fragmentación política, insistir en el diálogo sigue siendo fundamental. Justamente por eso vale la pena preguntarse qué tipo de diálogo es el que hoy se invoca y cuáles son sus límites.

No es que el diálogo se imposibilite, sino que ya no sabemos qué significa dialogar cuando no compartimos un horizonte común. Mientras en cumbres y foros el diálogo persiste, lo hace en condiciones que dificultan reconocer qué cuenta como problema político compartido. Múltiples realidades y experiencias quedan fuera de aquello que se considera “dialogable”.

Desde la teoría política, Jürgen Habermas pensó el diálogo como una práctica capaz de constituir lo público. En su teoría de la acción comunicativa, el diálogo no era sólo intercambio de argumentos, sino un ejercicio que permitía democratizar la vida colectiva. El diálogo tenía sentido porque producía un espacio común, un nosotros en disputa pero reconocible. La premisa era que, bajo ciertas condiciones, el mejor argumento podía prevalecer sobre el poder.

Ese supuesto resulta difícil de sostener hoy, especialmente en el plano internacional. Las condiciones que Habermas consideraba mínimas para el diálogo —reglas compartidas, reconocimiento mutuo y disposición a ser persuadido por razones— ya no operan con la misma fuerza; han quedado subordinadas a dinámicas de poder más crudas y menos contenidas. El diálogo sigue existiendo, pero su capacidad de producir un espacio público común se ha adelgazado.

El problema contemporáneo no radica únicamente en lo delgada que se ha vuelto esa base común, sino en la fragilidad de la agencia del diálogo mismo. Raymond Aron lo vio con claridad al analizar las relaciones internacionales. El diálogo ocurre bajo asimetrías, intereses contrapuestos y correlaciones de fuerza. Su función principal no es crear consenso moral, sino administrar el conflicto y mantener abiertos ciertos canales aun sin acuerdo sustantivo. Las reglas mínimas ya no operan como límites al poder, sino como elementos que se negocian desde él.

En este contexto, el diálogo internacional enfrenta otra tensión menos visible. México participa en Davos como potencia comercial mientras el país vive una crisis de violencia que cobra más de 30 mil vidas al año. Esa realidad no encuentra lugar en las conversaciones sobre estabilidad, crecimiento o cadenas de valor. El diálogo ocurre, pero no produce un espacio donde esas experiencias puedan aparecer plenamente.

Esto explica la incomodidad que generan estos foros en sociedades atravesadas por urgencias internas. El diálogo global exige una abstracción que muchas comunidades no pueden permitirse sin borrar su experiencia cotidiana. La distancia no es sólo geográfica o simbólica, sino política. Mientras el mundo dialoga sobre gobernanza, amplios sectores enfrentan problemas que no encuentran lugar en ese intercambio.

Nada de esto vuelve irrelevante al diálogo, al contrario, muestra su carácter trágico. El diálogo sigue siendo necesario para contener el conflicto, para evitar la clausura total, para sostener una idea mínima de lo común en un mundo fragmentado. Pero ya no puede cargar con la promesa de producir consenso ni de integrar todas las realidades en un mismo espacio político.

Quizá por eso el “espíritu del diálogo” resulta tan pertinente. No como ideal redentor, sino como recordatorio de una práctica cuya importancia persiste aun con alcances limitados. Repensar el diálogo implica preguntarse por su sentido: qué tipo de espacio público crea, a quién incluye y a quién deja fuera, qué conflictos contiene y cuáles silencia.

En un mundo sin horizonte común, dialogar ya no significa ponerse de acuerdo. Significa al menos sostener la posibilidad de hablar sin que todo se cierre en la lógica de la fuerza. Esa posibilidad es frágil, insuficiente y muchas veces frustrante. Pero en la obstinación del “espíritu” se juega lo poco que queda de lo común; lo poco que impide que el conflicto se vuelva absoluto.