Deseo 1 - 0 Realidad

Cuando el 7 de junio el Gabinete de Seguridad reportó 28 homicidios en todo el país, el mínimo histórico de la última década hasta ese momento, el Mundial aún no había comenzado y el Tri no había jugado ningún partido.  

Cuatro días después, el 11 de junio, en el debut de México contra Sudáfrica, la cifra fue de 30 homicidios, baja también, y el fin de semana que siguió acumuló 123 muertos en tres días con un pico de 49 el domingo 14. 

El 16 de junio, la cifra cayó a 27, el nuevo mínimo histórico de la última década, en una jornada en la que México tampoco tenía partido. Al día siguiente, la presidenta Sheinbaum declaró en conferencia que algo así no se había visto en trece o catorce años; algunos medios lo recogieron con titulares que vinculaban la tendencia a la fiebre mundialista, mientras el cuerpo de sus notas no lo respaldó; la narrativa se retomó en redes con el furor y la velocidad que tienen las buenas noticias en un país que las necesita.

Vayamos por partes. La relación entre los partidos de la Selección y las cifras bajas no existe de la manera en que esos titulares sugerían, pues se trata, si acaso, de correlación mas no causalidad. La evidencia académica que más se acerca al fenómeno lo explica de una forma que complica la lectura fácil. Un estudio publicado por los economistas Depetris-Chauvin, Durante y Campante (2020) analizó el impacto de las victorias futbolísticas en 35 países de África subsahariana entre 2000 y 2015 y encontró que los países que clasificaron a la Copa Africana experimentaron un nueve por ciento menos de episodios de conflicto civil en los meses siguientes. El efecto, precisaron los autores, es robusto y no responde a la euforia ni al optimismo genérico, pues lo que opera es la identidad compartida que activa temporalmente una pertenencia más amplia y desplaza lealtades fragmentadas.

Lo que ese mecanismo documenta es el efecto sobre el conflicto intercomunitario, sobre la violencia que se produce entre grupos que compiten por pertenencia o territorio a escala local, y lo que disminuye —si lo hace— es la violencia de oportunidad, la que puede inhibirse porque alguien está en casa viendo el partido o porque quien podría ejercerla decidió no salir esa tarde. El crimen organizado en México tiene disputas territoriales, impunidad acumulada por décadas y economías propias que no responden a ningún ritual colectivo, y sus estructuras de mando no se suspenden por la fiebre mundialista. No puede forzarse el marco teórico a la realidad, por más que ansiemos que el análisis arroje optimismo o por más que se quiera desacreditar el logro atribuyéndolo exclusiva y espuriamente al evento deportivo.  

A lo sumo, vale agregar que lo único que publica de manera diaria el Gabinete de Seguridad son los homicidios, y que el SESNSP publica los demás tipos de delito de manera mensual con cierto rezago, de modo que los datos completos de junio sobre robo, extorsión o secuestro no estarán disponibles hasta finales de julio o agosto. Lo que sí se sabe es que México registraba un promedio diario de 461 víctimas de delitos de alto impacto, entre ellas más de 360 por robos con violencia, cifra que da una idea de cuánto de la violencia cotidiana queda fuera de lo que el reporte diario de homicidios alcanza a capturar. Asimismo, se ha documentado que la reducción podría responder a un fenómeno de reclasificación, lo cual oscurece la lectura.  

Querer buenas noticias es legítimo, y lo que revelan esas notas compartidas con urgencia es la medida de cuánto las necesitamos. Acostumbrados a un promedio que en los primeros meses del año rondaba los 50 homicidios diarios, resulta ineludible ver en ese 27 del 16 de junio algo parecido a una señal. Hay una fatiga estructural y una necesidad de respiro, una pulsión por creer que el futbol nos cobija con su religiosidad.

Lo que resulta riesgoso es tomar ese deseo por una lectura de la realidad, confundir lo que se espera con lo que los datos dicen, y llamar esperanza a lo que en rigor no es más que el deseo de que algo sea, o no, verdad. El pensamiento mágico y el optimismo no son la misma cosa aunque se parezcan en la superficie, porque el optimismo trabaja con la realidad aunque incomode, asume la violencia como lo que es y busca desde ahí las condiciones de su transformación, en tanto que el pensamiento mágico la suspende, la decora con datos reales pero incompletos y la llama esperanza u oposición. Una buena mentira, por más buena que sea, no deja de ser mentira: como que la violencia descansa porque juega la Selección.