Asegurar trenes y otros propósitos de Año Nuevo

Los rituales importan, también en lo social y político.

Es difícil escribir de política el primer día del año. No por que falten temas, sino porque sobra una expectativa: la de empezar con optimismo, con propósitos, con el “ahora sí” que parece obligatorio cada 1 de enero. Es incómodo no querer ser aguafiestas ni derrotista, pero tampoco ingenua. Más incómodo aún asumir que, en un país como el nuestro, el realismo suele confundirse con negatividad. Se trata de un problema político. Hay días en los que el calendario promete lo que la realidad no está en condiciones de sostener.

El inicio de año suele venir acompañado de balances y propósitos. Hacemos recuentos: qué dejamos atrás, qué salió mal, qué esperamos corregir ahora. En política ocurre lo mismo. Se enumeran resultados, se señalan problemas, se formulan nuevas metas. Pero el balance nunca es neutro, y tampoco lo son los propósitos. Ambos revelan el tipo de lectura que hacemos de nuestros propios fracasos. El descarrilamiento del Tren Interoceánico hace apenas unos días —el sexto incidente grave en estas vías— funciona como metáfora del modo en que cerramos el año. Ocurrió nueve días después de que la licitación para el seguro de pasajeros 2026 quedara desierta. Aseguradoras, cuyo negocio consiste en cuantificar riesgos, evaluaron las condiciones del tren y rechazaron participar. Catorce personas perdieron la vida.  Así terminó 2025. Y lo verdaderamente inquietante no es sólo cómo cerró el año, sino la certeza de que arrancaremos 2026 sin haber alterado las condiciones que hicieron posible ese cierre. Así, año tras año, repetimos el mismo ritual, prometiendo corregir consecuencias sin interrogar los mecanismos que las producen.

Quizá por eso los propósitos funcionan tan bien. Suelen, si bien no en todos los casos, desplazar el problema sin cuestionarlo. Nos invitan a pensar que el cambio depende de voluntad, de disciplina o de intención, cuando en realidad lo que se mantiene intacto son las estructuras que organizan el daño. El “ahora sí”, lo “nuevo”, la idea de empezar de cero, operan como una forma de anestesia política. Permiten volver a arrancar sin tocar los incentivos, sin alterar las inercias, sin cuestionar las condiciones que hacen que el balance del próximo año se parezca tanto al anterior. Cambia el calendario, se renueva el discurso, pero lo viejo permanece. Cada administración llega con su narrativa de ruptura; cada una termina administrando la continuidad del desastre.

El verdadero problema no radica en nuestra incapacidad para detenernos, sino en la facilidad con la que sabemos volver a arrancar exactamente como antes, sin interrogar lo que permitió el desastre previo. Un sistema que normaliza la violencia y la precariedad también premia la continuidad; seguir funcionando, adaptarse, resistir sin cuestionar. Incluso cuando hay avances puntuales o se cumplen ciertos propósitos, la experiencia cotidiana del país suele permanecer intacta. Es el arranque acrítico lo que reproduce la enfermedad.

Nada de esto implica despreciar el sentido simbólico del Año Nuevo ni burlarse de la esperanza que lo acompaña. Los rituales importan, también en lo social y en lo político. Pero quizá el error esté en pensar que este día se trata de sumar promesas, cuando lo urgente sería aprender a restar. Tal vez, más que preguntarnos qué queremos lograr, deberíamos preguntarnos qué ya no estamos dispuestos a aceptar: la anestesia frente a la violencia, la normalización del desastre, el supuesto de la corrupción como ontología del mexicano, la idea de que 95% de impunidad es el precio inevitable de la gobernabilidad, de que 30 mil homicidios al año constituyen el costo natural de las cosas, de que podemos poner en operación infraestructura que el mercado ya calificó como inaceptable y llamar a eso progreso. Escribir de política el 1 de enero es incómodo, pero quizá por eso mismo sea necesario, para recordar que cambiar de año no basta cuando lo verdaderamente difícil es dejar atrás aquello que aprendimos a tolerar.

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