Abandonar no siempre es un verbo activo. A veces basta con dejar de mirar; es apenas permitir que el tiempo haga su trabajo silencioso sobre alguien que alguna vez fue joven, que tuvo sueños propios, que cuidó de otros antes de necesitar ser cuidado. La vejez, cuando se vuelve invisible, deshumaniza sin necesidad de un gesto violento; tan sólo con que nadie recuerde que detrás de ese cuerpo que ahora requiere ayuda hubo una vida entera construida con la misma intensidad que cualquier otra. Quien nos cuidó envejece hoy, esperando, con toda probabilidad, ser cuidado a su vez.
México vive el cierre acelerado de un ciclo demográfico que tardó un siglo en cumplirse en Europa y que aquí ocurrirá en apenas treinta años. Hoy existen 17.1 millones de personas adultas mayores, 12.8% de la población total, de acuerdo con las proyecciones más recientes de Conapo. Para 2030, dentro de cuatro años, habrá más adultos mayores que niños menores de 14. Para 2050 esa cifra rondará 28%, más de 40 millones de personas. La edad mediana del país, que en el año 2000 era de 22 años, habrá llegado a 43 en dos décadas y media.
La velocidad del cambio no encuentra en México la infraestructura que otros países tuvieron tiempo de construir frente a la misma transición demográfica. Sólo dos de cada cien médicos mexicanos se especializan en geriatría. La informalidad laboral alcanza a 55% de la población ocupada, lo que anticipa una vejez sin pensión contributiva para una proporción todavía mayor a la que hoy enfrenta esa carencia. El país cuenta apenas con 819 asilos o residencias geriátricas (para atender a una población que ya suma millones y que se multiplicará), de los cuales 85% pertenece al sector privado, con costos que van de los seis mil a los noventa y cinco mil pesos mensuales, y 15% restante, público, opera con cupos tan limitados que una nueva plaza sólo se libera cuando muere quien la ocupaba.
El llamado Sistema Nacional de Cuidados permanece atorado en el Senado desde hace años, tanto en su versión de reforma constitucional como en la que buscaba incorporarlo a la Ley General de Desarrollo Social. Lo que existe hasta ahora son programas puntuales dirigidos a mujeres jornaleras y trabajadoras de maquila, valiosos en sí mismos, que especialistas como la exdiputada Martha Tagle se han encargado de aclarar que no constituyen, por sí solos, un sistema.
La única legislación integral que sí avanzó ocurrió en la Ciudad de México, donde en julio se promulgó la Ley del Sistema de Cuidados, la segunda del país después de Jalisco. La norma obliga al gobierno capitalino y a las dieciséis alcaldías a construir infraestructura de cuidado, entre ellas casas de día para adultos mayores, y establece que el presupuesto asignado nunca podrá ser menor al del año anterior. El Imco, al analizar la ley, celebró su ambición y señaló también su fragilidad de origen: el plazo fijado para alcanzar la mayor cobertura de esta infraestructura es de treinta años, un horizonte que atravesará, al menos, cinco administraciones distintas, cualquiera de las cuales podría diluir la prioridad en la coordinación interinstitucional que la propia ley exige y que, hasta ahora, ningún gobierno mexicano ha sostenido con éxito.
Mientras la promesa institucional madura en reglamentos y juntas por instalarse, el abandono sigue ocurriendo puertas adentro, donde es más difícil de ver; 16% de las personas adultas mayores en México vive alguna forma de abandono o maltrato, y 80% de esos casos sucede dentro del propio domicilio. Buena parte de los cuidadores familiares, en su mayoría mujeres, dedican 12 horas diarias a esta labor sin remuneración ni respaldo institucional, hasta que el agotamiento se traduce en abandono y, cuando se sostiene el tiempo suficiente, puede volverse letal; hay quienes mueren solos, sin que nadie note la ausencia hasta días después, convertidos en una estadística que ni siquiera existe todavía de forma confiable porque el país mide la soledad de sus adultos mayores, pero no cuenta cuántos de ellos mueren a causa de ella.
Cada una de esas historias retrata una vida que cuidó de otros cuerpos frágiles antes de convertirse en uno, una vida concreta esperando que alguien recuerde que existió antes de necesitar ayuda para existir.
