Consumada la independencia de Estados Unidos, Thomas Jefferson buscó el siguiente problema vital para el país nuevo. Lo encontró en el papel de la innovación y las ideas. El hombre que redactó la Declaración de 1776 quedó a cargo de decidir qué invenciones merecían protección en aquella nación recién nacida. Años más tarde resumió lo aprendido: “Aquel que recibe una idea se instruye a sí mismo, sin disminuir mi propio conocimiento; tal como quien enciende su vela con la mía, recibe luz sin oscurecerme”.
Jefferson dejó tres reglas escritas y las aplicó desde el gobierno. El espíritu de una patente es proteger la invención. El uso, el material y la forma se mantienen libres para todas las personas. La brújula se inventó para navegar el mar. Quien la ocupe para medir la tierra la ocupa con libertad y no le paga a nadie por darle otra función. En esa libertad está el poder compuesto del conocimiento, que sigue reglas distintas a las de la escasez material.
La escasez es el punto de partida de casi toda la disciplina económica: hay pocos recursos y muchos usos posibles, y de ahí salen los precios. Sin embargo, el conocimiento se comporta al revés. Una tonelada de acero se reparte y alcanza para menos. Una idea se reparte y alcanza para más. Jefferson lo notó en su tiempo. Inglaterra defendía sus monopolios de invención con celo. Los países que renunciaron a ellos resultaron igual de fértiles en máquinas nuevas. La riqueza de las naciones se explica menos por lo que guardan bajo el suelo y más por lo que su gente sabe hacer.
La Ciudad de México puede compartir esta luz de la vela. Una política industrial del conocimiento pregunta qué sabemos hacer, y compite creando cosas que antes no existían. Una política industrial de la escasez pregunta qué tenemos —metros cuadrados, ubicación, mano de obra— y compite ofreciéndolo más barato. De ahí sale un criterio distinto al de la economía tradicional para decidir dónde invertir: conviene apostar por los campos donde la ciudad ya sabe más que el promedio, porque el conocimiento acumulado hace que cada peso se multiplique.
Ese conocimiento ya existe y tiene domicilio. El Instituto Mexicano de la Propiedad Industrial (IMPI) concedió patentes a mexicanos en 2025, y 260 corresponden a la Ciudad de México: el primer lugar del país. Un segundo dato ordena la tarea. En todo el país, las universidades obtuvieron 407 de esas patentes; las empresas, 144. La llama está encendida en las aulas y los laboratorios. Falta que cruce la puerta y llegue al piso de la fábrica, porque una idea termina de entenderse cuando alguien la construye.
Jefferson tenía razón: compartir una idea deja al que la comparte con la misma luz que tenía. Nos toca la parte que él dejó pendiente, que es acercar las velas. Elegir cuáles queremos ver encendidas dentro de 20 años es la decisión industrial más importante que la ciudad puede tomar hoy.
*Secretaria de Desarrollo Económico de la Ciudad de México.
