Guillermo Tovar y de Teresa
En el momento en que escribo estas líneas no puedo pensar sino en el teatro de la vida. En el silencio de la muerte. En la ausencia. Supe el domingo en la noche que mi larga y fascinante conversación con Guillermo Tovar y de Teresa había llegado a su fin. Que no podría ...
En el momento en que escribo estas líneas no puedo pensar sino en el teatro de la vida. En el silencio de la muerte. En la ausencia. Supe el domingo en la noche que mi larga y fascinante conversación con Guillermo Tovar y de Teresa había llegado a su fin. Que no podría escuchar más su voz apasionada, mensajera de tantas maravillas. Su trabajo en contra del olvido, de la impunidad en la destrucción patrimonio arquitectónico de nuestra ciudad significa un legado indispensable, así como sus brillantes ensayos y crónicas. La ciudad está huérfana sin Guillermo Tovar y de Teresa. Deja un insalvable vacío en quienes fuimos sus amigos y gozamos de su inteligencia, de lo mucho que podía enseñar y del cariño tan grande que fue capaz de darnos.
Lo conocí en 1979 en Guanajuato. Nos presentó Héctor Vasconcelos. Me sentí intimidada por su aureola de saber. Me pareció una de las personas más atractivas que había conocido. En adelante pasaríamos horas y horas hablando. En ese 1979 era muy joven, delgadísimo, y tenía ya una larga trayectoria de niño y joven prodigio. Salíamos a comer y al cine con Archibaldo Burns. En 1987 encontré de nuevo a Guillermo en el Centro Mexicano de Estudios Femeninos, en Las Águilas, a donde fue a dar una conferencia sobre la Catedral Metropolitana. Al terminar su intervención, en la que ofreció insólitos datos y brillantes reflexiones, nos encontramos en la puerta. Me dijo con el mejor sentido del humor: “Este tema es tan desconocido en México, que podría decir cualquier cosa y nadie sería capaz de objetarme. Claro, fuera de uno que otro erudito, que son muy pocos”. Sobre la Catedral, como tantos temas más, Guillermo lo sabía todo.
En 2005 me reencontré con Guillermo. De inmediato reiniciamos nuestras larguísimas conversaciones. Nos daban las tres de la mañana hablando de la ciudad, de la literatura, de Rodolfo Usigli, de Bernard Shaw, Isaiah Berlin y Nietzsche, a quien consideraba una figura fundamental en el pensamiento contemporáneo. Su curiosidad era contagiosa. Me hablaba de su empeño y su gozo para terminar su Crónica de una familia entre dos mundos. Fue generoso para apoyar con sus conocimientos mi investigación sobre Miguel Ángel de Quevedo y en presentarme con las personas que pensaba que podrían convertirse en mis amigas, como Guadalupe Lozada.
En tiempos recientes nos redescubrimos en Facebook. Un medio que Guillermo convirtió en un arte. No conozco un mejor muro que el suyo, en el que compartió su exhaustivo y profundo conocimiento del estridentismo y luego volvió implacable foro de resistencia contra el atentado a El Caballito. Hizo de este instrumento un ágora alegre, crítica y del más alto nivel. En los tiempos recientes lo encontré más lúdico, más feliz y generoso que nunca, con su explosiva cólera atemperada. Guillermo, singularísimo intelectual, fue al fondo en sus investigaciones en archivos y las fuentes a su alcance para comprender la historia de México desde sus orígenes. Ahora estaba concentrado en el siglo XX. Nadie como él podía valorar nuestra cultura, por la seriedad con la que iba de lo grande a lo pequeño, por su capacidad para generar un originalísimo pensamiento complejo. Fue mucho más que un memorioso erudito.
De las últimas conversaciones recuerdo el afecto enorme y la admiración con los que me hablaba de Emmanuel Carballo y de Rafael Barajas El Fisgón, de su complicidad con Cristina Gómez Álvarez, con quien publicó Censura y revolución, libros prohibidos por la inquisición de México (1790-1819), de su cariño por Germaine Gómez Haro, Rosalba Garza y Mónica Pezet. Me hablaba muy especialmente de Diego de Ybarra y Fernanda de Teresa, ésta última una de las personas que más quiso Guillermo. Con Fernanda y Diego me invitó recién a comer a su casa un domingo inolvidable. Charlamos los cuatro fascinados por la empatía espontánea. Nos dieron las cinco de la tarde y fue entonces que pasamos a la mesa, con su refinadísima vajilla y cubiertos, la que con toda diligencia y bondad sirvió Miguel, tan infaltable para el curso práctico de la vida de Guillermo, como Margarita. El admirado autor de La ciudad de los palacios nos compartió con un auténtico entusiasmo las raíces musicales del estridentismo. Cantó, recordó a su abuelo. Nos reímos y nos juramos amistad y afecto eternos.
Decía Carlos Montemayor que a los grandes escritores con frecuencia era mejor leerlos y no conocerlos, para no decepcionarnos. No fue el caso de Guillermo. Sus libros son tan gozosos como indispensables. Y su amistad, entrañable, insustituible. Agradezco haberlo conocido.
