Las ciudades existen para conectar a las personas: trabajo, estudio, comercio, cultura y encuentro. Pero cuando el miedo se instala en la vida cotidiana, esa promesa se rompe. La inseguridad no se expresa sólo en cifras de delito; se manifiesta, sobre todo, en la forma en que la gente siente, piensa y vive su entorno inmediato.
Estudios recientes sobre percepción urbana muestran que casi dos de cada tres adultos consideran inseguro vivir en su ciudad. Más allá del lugar específico donde se mida, el fenómeno es claramente universal. La sensación de inseguridad urbana se ha convertido en una constante en ciudades grandes y medianas, en contextos económicos diversos y en regiones muy distintas del mundo. Cambian los idiomas, las culturas y los paisajes, pero el patrón se repite: la pérdida de confianza en el espacio público.
Lo más revelador no es sólo el porcentaje, sino también dónde se concentra el miedo. Las personas no señalan zonas extraordinarias o marginales, sino espacios cotidianos: cajeros automáticos en la vía pública, calles comunes, transporte colectivo, carreteras. Es decir, los trayectos diarios y los lugares básicos de la vida urbana. Cuando moverse, trasladarse o acceder a servicios se percibe como riesgoso, la ciudad deja de ser un facilitador de oportunidades y se convierte en un entorno de alerta permanente.
En ese contexto, los ciudadanos comienzan a modificar su comportamiento. Cambian rutas, evitan horarios, reducen actividades, se aíslan. No planean su día en función de lo que desean hacer, sino de lo que conviene evitar. Así, el miedo empieza a gobernar la vida urbana de manera silenciosa.
Otro dato que se repite con consistencia es la brecha en la experiencia de seguridad entre hombres y mujeres. Las mujeres reportan niveles significativamente más altos de percepción de inseguridad. Esto no es un matiz estadístico: implica restricciones reales a la movilidad, a la autonomía, a la participación plena en la vida social y económica de la ciudad. Una ciudad que no se siente segura para todos, simplemente no funciona bien.
Sin embargo, hay una señal clave que invita a la reflexión: no todas las ciudades viven la inseguridad de la misma manera. Existen entornos urbanos donde la percepción de riesgo es considerablemente menor. Esto demuestra que el miedo no es inevitable ni inherente a la vida urbana. Es, en gran medida, consecuencia de cómo se diseñan, se gestionan y se cuidan los espacios comunes.
Iluminación adecuada, servicios públicos confiables, movilidad clara, orden urbano, reglas visibles que se cumplen y una presencia institucional legítima generan algo más poderoso que el control: confianza. Y la confianza es el verdadero cimiento de la seguridad sostenible.
La percepción de inseguridad debe entenderse como un indicador adelantado del deterioro social. Cuando la gente empieza a sentir miedo, el tejido urbano ya está bajo presión. Se debilita la convivencia, se reduce la actividad económica local y se normaliza la desconfianza entre personas. Una ciudad con ciudadanos encerrados o a la defensiva es una ciudad que empieza a degradarse, incluso antes de que otros indicadores lo confirmen.
Por eso, la respuesta no puede limitarse a reaccionar ante los problemas. Requiere prevención, corresponsabilidad y visión de largo plazo. Recuperar el espacio público, hacerlo legible, humano y activo. Entender que la seguridad no se impone: se construye todos los días con instituciones confiables, reglas claras y ciudadanos comprometidos.
Las cifras son una advertencia, pero también una oportunidad. Nos recuerdan que la seguridad urbana no comienza con el miedo, sino con la confianza. Y que cuando una ciudad vuelve a sentirse segura, no sólo reduce riesgos, recupera su razón de ser.
Hacer el bien, haciéndolo bien. Con voluntad, compromiso, conocimiento y legitimidad.
