Simpatía por la hiena
Si usted, lectora, lector, compra un frasco con un rótulo que dice “miel”, “mermelada de fresa” o “cajeta de Celaya” y se le hace agua la boca al pensar que va a degustar lo que el recipiente contiene, pero al destaparlo descubre que en lugar del producto anunciado lo que hay es mierda, ¿lo consumiría, lo elogiaría, recomendaría su consumo?
No tengo claro qué es mayor, si mi asombro o mi indignación, al constatar que Nicolás Maduro tiene simpatizantes en México y en otros varios países, entre los cuales están nada menos que el expresidente Andrés Manuel López Obrador y la presidenta Claudia Sheinbaum.
¿Qué virtudes, qué méritos ven sus admiradores en ese tirano? ¿Basta con que se proclame de izquierda, impulsor del socialismo bolivariano del siglo XXI? ¿Ha sido suficiente que en sus discursos se declarara adversario del imperialismo yanqui? ¿Que una y otra vez proclamara que su gobierno estaba a favor de los pobres?
Los ideales que discursivamente persigue la izquierda son sin duda loables: la justicia social, la abolición de la pobreza, la sociedad en la que se habrá dado fin a la explotación del hombre por el hombre. ¿Quién podría estar en contra de tan nobles fines?
Pero si usted, lectora, lector, compra un frasco con un rótulo que dice “miel”, “mermelada de fresa” o “cajeta de Celaya” y se le hace agua la boca al pensar que va a degustar lo que el recipiente contiene, pero al destaparlo descubre que en lugar del producto anunciado lo que hay es mierda, ¿lo consumiría, lo elogiaría, recomendaría su consumo?
Porque, contrariamente a su discurso, lo que Chávez y Maduro hicieron con su país fue hundirlo: los pobres son más pobres que nunca, algunos buscan comida en los basureros; la atención a la salud es un desastre; se degradó la educación; la escasez de productos de primera necesidad —medicinas, artículos de higiene y alimentos— es grave; los salarios son ínfimos; la corrupción de los altos funcionarios es escandalosa, y sus fortunas se resguardan en Suiza; se capturó al Poder Legislativo y al Poder Judicial; el gobierno se robó la elección presidencial de 2024 (aun antes de ese robo las elecciones no eran limpias); el país se convirtió en nido de grupos criminales y espías y soldados cubanos; se formaron grupos paramilitares —los “colectivos”— cuya función ha sido agredir los actos de protesta; creció desmesuradamente la criminalidad; se asesinó a muchos participantes en manifestaciones pacíficas; se asfixió a la prensa crítica; se satanizó a quienes no son feligreses del régimen, y se llenaron las cárceles de presos políticos, muchos de los cuales han sido torturados, incluidas menores agredidas sexualmente.
Ocho millones de venezolanos —uno de cada cuatro— han huido de su país, hartos del desabasto, la represión, los cotidianos abusos de poder, la falta de un horizonte vital promisorio, la inseguridad, la ausencia de Estado de derecho. ¿Cómo se puede simpatizar con un régimen de esa calaña? ¿Afinidad ideológica? Y compatibilidad criminal.
El asesino serial que disfruta de privar de la vida a sus víctimas y posteriormente burlar la persecución de fiscales y policías es un sujeto aborrecible; pero mucho más repugnante es el tirano que encarcela, tortura, secuestra, asesina y mantiene a sus gobernados en la miseria y la indefensión contra sus atropellos con la confianza de que sus crímenes no serán castigados porque es intocable y, por ende, puede hacer lo que se le antoje.
Los mandatarios que no felicitaron por la obtención del Premio Nobel de la Paz a María Corina Machado, quien con sensatez y valor indomable ha enfrentado a la hiena que ha destrozado su país, rindieron, con su abstención, reverencia al tirano por el que hoy suspiran gimiendo y llorando.
María Corina ha peleado heroicamente por restablecer la democracia y una vida digna de ser vivida en su patria. Ha tenido que vivir escondida y separada de sus hijos y su cónyuge. La esperanza de muchos venezolanos de volver a reunirse con sus seres queridos, hoy en el exilio, es uno de los motivos más importantes del apoyo que concita.
El filósofo español José Antonio Marina observa que el tirano que ha vulnerado la legalidad apela a la legalidad cuando se ve vencido. En el caso de Maduro, sus bienquerientes objetan el modo en que se le capturó y se le sacó de su país, pero muchos de ellos nunca han desaprobado sus crímenes, su vesania.
Maduro se negó a una salida negociada que le hubiera permitido gozar de su inmensa riqueza arropado por otros tiranos. Al presentarse ante el juez de Brooklyn se ostentó como el presidente de Venezuela. No lo es: es un usurpador. Quienes ahora gobiernan en su lugar también lo son, y son coautores o cómplices de sus fechorías. Trump alegró a la inmensa mayoría de los venezolanos al atrapar al sátrapa. Pero la dictadura sigue en pie.
