Caníbal
Dentro de los thrillers sobre asesinos seriales se ha ganado un lugar muy particular dentro de la cultura popular y la propia historia del cine, el doctor Hannibal Lecter. El silencio de los inocentes, de 1991, adaptación de The Silence of The Lambs, de Thomas Harris, ...
Dentro de los thrillers sobre asesinos seriales se ha ganado un lugar muy particular dentro de la cultura popular y la propia historia del cine, el doctor Hannibal Lecter.
El silencio de los inocentes, de 1991, adaptación de The Silence of The Lambs, de Thomas Harris, dirigida por Jonathan Demme, y protagonizada por Anthony Hopkins, estuvo nominada a siete premios Oscar y ganó cinco, dos de ellos distinguiendo las actuaciones de Hopkins y Jodie Foster. El silencio de los inocentes es hoy un referente obligado del género. Sus secuelas y posterior traslado a la televisión no superaron el impacto de esa primera historia de 1991.
Este refinado asesino serial, que tiene la particularidad de comerse a sus víctimas, ya sea crudas o preparadas en alta cocina y bien cocidas, se conectó con los espectadores, a los que miraba de manera penetrante a través de la cámara de Demme.
Es imposible evitar evocar a Hannibal Lecter al ver Caníbal, película española del año 2013, dirigida por Manuel Martín Cuenca, inspirada en la novela homónima de Humberto Arenal, y escrita por Alejandro Hernández y el propio Cuenca. Se presentó en el Festival de Toronto y en el de San Sebastián, donde la vi por primera vez y en el que se llevara el premio a la impecable, casi esterilizada fotografía de Pau Esteve Birba. Caníbal se podrá ver en salas de la Cineteca Nacional a partir de este viernes, aunque ya había pasado por pocos días en algunos ciclos.
Se inicia en una noche con la toma abierta de una estación de gasolina, alejada de nosotros. La cámara está fija, un hombre sale y entra a su auto. Arranca y toma carretera en la oscuridad helada, viene acompañado de una mujer. Otro vehículo lo embiste intencionalmente y provoca que se salgan aparatosamente del camino. El agresor se baja y arrastra hasta su coche el cadáver de la mujer. Parece un autómata que jala un bulto sanguinolento en la soledad de la noche. El ritmo en Caníbal es lento, nadie tiene prisa, sobre todo Carlos, el enigmático protagonista.
Carlos está interpretado de manera puntual, contenida y bien calculada por Antonio de la Torre. Es un sastre muy respetado de Granada, vive solo en un edificio próximo a su taller. Es obsesivamente ordenado, porta trajes hechos por él mismo que le caen como guantes, es un excelente cortador. Su rutina se desarrolla entre la casa, su trabajo y sus salidas para asesinar mujeres, a las que después mutila meticulosamente, empacando los “cortes” que congela para comérselos preparados de manera austera, y acompañado de una copa de vino. Los momentos en que lo vemos comer son sobrecogedores.
El detalle en el diseño de arte de los espacios en que Carlos se mueve refuerza su personalidad sicótica. El contexto es casi minimalista y establece una macabra alegoría entre su forma de cortar las telas de los trajes y los cuerpos de sus víctimas.
Cuenca oculta más de lo que muestra, nos sugiere la precisión de los movimientos de Carlos con sonidos, sombras, y cortando la escena en el momento en que sus feroces herramientas van a sacar la primera “rebanada”. En Caníbal uno se siente más “observador” que espectador. La frialdad con que se suceden los hechos hace difícil conectarse con el personaje, pero su lenguaje corporal, su parsimonia, sus silencios, resultan verdaderamente hipnóticos.
No es el Hannibal Lecter bordado y reelaborado por Anthony Hopkins, no. Es un frío criminal que trata de mantener siempre un bajo perfil, de cuyo secreto solo él y nosotros estamos enterados.
Recomendable.
