Vivien y Scarlett

Apenas el miércoles pasado recordé en la radio un gran clásico de Hollywood, Lo que el viento se llevó. Esta semana se cumplieron 100 años del nacimiento de su gran protagonista, Vivien Leigh. Ganadora del Oscar por su interpretación de Scarlett O’Hara en 1940, y de ...

Apenas el miércoles pasado recordé en la radio un gran clásico de Hollywood, Lo que el viento se llevó. Esta semana se cumplieron 100 años del nacimiento de su gran protagonista, Vivien Leigh.

Ganadora del Oscar por su interpretación de Scarlett O’Hara en 1940, y de nuevo en 1952 por su conmovedora e intensa recreación de Blanche Dubois en otro clásico, Un tranvía llamado deseo, Leigh se fundió con la caprichosa sureña de Atlanta, sus vestidos, crinolinas, telas satinadas, encajes, joyas, moños, lazos, sombreros, y sobre todo la entendió como una mujer de voluntad férrea, audaz, rebelde, capaz de todo por la tierra.

La secuencia que recordamos en la radio fue precisamente aquella en que Scarlett, terminada la guerra, ha regresado a Tara para encontrarse en el bando de los perdedores, con su madre muerta, el padre loco, su amada plantación derruida, los animales muriendo de hambre. Agotada, camina hacia una colina cercana. Demacrada, ojerosa, despeinada, sucia y hambrienta, arranca una raíz que se lleva a la boca escupiendo tierra con asco y furia. Gracias al entonces naciente technicolor la pantalla se pinta de un dorado crepuscular, con nubes que permiten el lánguido paso de los rayos del sol que se oculta. Trabajosamente Scarlett se pone de pie  junto a un árbol seco, la música sube, y ella suelta aquel monólogo famosísimo, un juramento con el puño en alto, de esos que enchinan la piel y hacen que cualquier actriz venda su alma al diablo por estar en sus zapatos: “Dios es mi testigo y hará que salga de esto. Aunque tenga que matar, hacer trampa, engañar o robar. Ni yo ni los míos volveremos a pasar hambre. Dios es mi testigo y nunca volveré a sentir hambre”.

Un personaje poderoso sin duda, pero que también puede ser el motivo del estancamiento de una carrera. Vivien Leigh contaba con una breve filmografía cuando murió a los 53 años y sin duda es recordada hoy, 100 años después de su nacimiento, por su recreación de la malcriada sureña. De hecho los productores y guionistas se resistían a verla en personajes que no vistieran ropa de época, con incómodos polizones y apretados corsés.

Ella misma demostró su talento indiscutible cuando dio vida a otra sureña, pero de Misisipi, caprichosa, muy enferma, insegura, trastornada, venida a menos: Blanche Dubois, en la versión cinematográfica dirigida por Elia Kazan de Un tranvía llamado deseo escrita por Tennessee Williams, en cuya puesta en escena teatral Vivien ya había participado. Con una sique disminuida por un trastorno bipolar por el que era tratada con electroshocks, Leigh volvió a fundirse con otra mujer, llena de claroscuros, atormentada, paranoica, frágil, mitómana, atemorizada, que, como la misma  Blanche dice cuando va a ser conducida a una institución mental:  “siempre he confiado en la bondad de los desconocidos”.

Ayer jueves se nos fue Gustavo García, entrañable amigo, maestro e investigador cinematográfico, colaborador de muchos periódicos y revistas, autor de varios libros. Crítico y comentarista de cine, apartado de poses y arrogancias muy frecuentes en esta especialidad, por años lo escuché en Cinema Red los sábados, y era un placer encontrarlo en las funciones de prensa. Lo mismo colaborar con él en espacios en Proyecto 40 y Canal 22.

Coincidíamos en nuestra enorme afición por esos grandes clásicos de Hollywood, y curiosamente con él comenté alguna vez esta secuencia de Lo que el viento se llevó. Ambos recordábamos el melodramático monólogo de Scarlett, comiendo raíces y escupiendo tierra y lo recitamos con entusiasmo riéndonos después.

La muerte de Gustavo es una enorme pérdida para el cine y la cultura de nuestro país. Deja un hueco que nadie podrá llenar.

Descanse en paz.

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