Miley Cyrus

Buenos días, humanos, y digo días porque quiero pensar que usted es de esas personas que se levanta y lee el periódico tempranito, para conocer el mundo al que se enfrentara hoy día. Si no pues buenas tardes o buenas noches. Debo confesar que este tema ronda mi cabeza ...

Buenos días, humanos, y digo días porque quiero pensar que usted es de esas personas que se levanta y lee el periódico tempranito, para conocer el mundo al que se enfrentara hoy día. Si no pues buenas tardes o buenas noches.

Debo confesar que este tema ronda mi cabeza desde hace meses, pero no había querido escribir sobre él (a lo largo de esta columna sabrán por qué), resulta que ayer volvió a dar de qué hablar y ya no me aguanté las ganas.

Estoy aquí, no para esclarecer el tema, ni siquiera para dar mi punto de vista, lo único que busco es compartir esta inquietud y encontrar en ustedes un interlocutor que me ayude a desenmarañar esto que taladra mi cabeza.

Hoy voy a hablar de Miley Cyrus. Estoy seguro que sabe quién es.

He seguido su carrera muy de cerca, porque como bien sabrá, soy un gran adorador de Disney (el único lugar de este planeta donde las cosas son perfectas). Ella trabajó en Disney Channel como conductora cuando era una niña y también interpretó a Hanna Montana en una película.

Esta chamaquita dejó desde hace un par de años su imagen de niña buena para transformarse en una adolescente furiosa, provocador monstruo sexual con lengua de sapo venenoso y aspiraciones de medusa posmoderna. Y digo medusa porque al parecer lo único que quiere es transformar a los hombres en piedra (cuando menos una parte de ellos).

Me resulta impactante lo que la he visto hacer en sus últimos videos y presentaciones en vivo. Esto ha conseguido hacerme entrar en conflicto conmigo mismo. ¿Cómo es posible que una seudoartista veinteañera esté metiendo en problemas a un miko adulto, sabio conocedor de ésta y muchas otras culturas del universo?

Primero que nada quiero hablar de lo tremendamente difícil que es sobresalir en este planeta y más en la era de la globalización. Si usted abre la cartelera teatral, por ejemplo, y se da cuenta de la cantidad de obras de teatro a las que podría ir en la semana, se sorprenderían de ver cuánto se hace aquí. Sin embargo, podría apostar a que no conoce bien a los actores ni a directores, escenógrafos, etcétera. Vaya, no sabría que existe esa obra para acabar pronto. Todos esos proyectos tienen más o menos dinero invertido en publicidad y los artistas que ahí trabajan llevan muchos años desarrollando y puliendo su quehacer.

Lo que quiero decir es que destacar o figurar en el ámbito artístico requiere mucho talento, muy buenas relaciones públicas y mucho, mucho dinero. Ser una figura que esté en boca de todo el mundo (literalmente) no pasa por casualidad.

Es sabido que en este planeta el escándalo es una puerta directa a la fama, ya lo hizo Madonna hace mucho, pero el nivel de vulgaridad y exageramiento de esta humana es de veras propio de una película de Fellini o una farsa de Dario Fo.

Es por eso que me cuesta trabajo escribir de ella, en este raro mundo hasta la mala publicidad es agradecida por estas “estrellas”.

El domingo pasado, en unos premios, hizo su baile éste que llaman “perreo” (que, además, he de decir que las humanas negras son mucho más gráciles para hacerlo), con una enana y después prendió un cigarro de mariguana.

¿Qué busca?, ¿qué buscan todos los productores, agentes y marcas que están detrás de esta artista? Ella declara que es joven y necesita equivocarse para poder ser libre, pero yo me pregunto: ¿Por qué todo el mundo debemos ser testigos de sus equivocaciones?

Tal vez yo me equivoco, pero no creo que estemos viendo a un ser humano libre haciendo lo que quiere hacer. Estamos viendo a un producto perfectamente pensado para hacer dinero y sobre todo, y más peligroso aún, para ser imitado.

¿Qué han hecho, humanos, para que sea rentable que sus adolecentes fumen mota y nalgueen enanos?

            Simeone Monarres

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