¿Subsidencia? Como sea, la CDMX se hunde

La Ciudad de México enfrenta un deterioro profundo que afecta infraestructura, seguridad y su viabilidad futura como metrópoli habitable. A diario, los capitalinos padecen baches, socavones y fracturas en vialidades y viviendas, y con cada temporada de lluvias vienen las ...

La Ciudad de México enfrenta un deterioro profundo que afecta infraestructura, seguridad y su viabilidad futura como metrópoli habitable. A diario, los capitalinos padecen baches, socavones y fracturas en vialidades y viviendas, y con cada temporada de lluvias vienen las inundaciones que, en conjunto, son síntomas de un fenómeno geológico y ambiental de fondo: el hundimiento progresivo del suelo.

El hundimiento está estrechamente ligado a la sobreexplotación de los acuíferos del Valle de México, de ahí que también se le conozca como subsidencia. Y esta relación para muchos puede ser muy técnica o distante, pero la realidad es que debemos estar informados sobre cuáles son las zonas mayormente afectadas, ya sea porque ahí vivimos, rentamos o bien, hay planes para comprar un departamento o una casa. Sin dejar de lado dónde están ubicados nuestros centros de trabajo, educación y esparcimiento.

Pues bien, las problemáticas arriba señaladas son, en realidad, una cadena directa de causas y consecuencias que altera el funcionamiento de una de las ciudades más grandes del mundo, donde viven más de nueve millones de habitantes, sin contar municipios conurbados.

Lo anterior toma relevancia porque la semana pasada científicos del Instituto de Geología de la UNAM alertaron que, en promedio, la Ciudad de México se hunde de 10 a 30 centímetros al año, por lo cual, en menos de una década, habrá zonas inhabitables, además de desplazamientos forzados para evitar inundaciones y, paradójicamente, enfrentar la escasez de agua.

Esto no es nuevo y, lo peor, desde finales del siglo XIX lo saben no sólo los ingenieros y arquitectos del país, sino también las autoridades federales y locales, y en 1925 Roberto Gayol y Soto evidenció el hundimiento.

En 1895, Gayol y Soto diseñó un innovador sistema de alcantarillado para esta ciudad, pero, tres décadas después, al inspeccionar los colectores principales, detectó que muchos estaban 50 centímetros por debajo del nivel estipulado en los planos originales. Esta anomalía llevó al ingeniero civil a la conclusión de que el suelo de una vasta zona del Valle de México mostraba signos de hundimiento.

Esto explicaba las inundaciones recurrentes en la estación de bombeo de San Lázaro por el impacto acumulado de la extracción de unos cuantos pozos perforados a finales del siglo XIX, lo cual bastó para alterar el equilibrio del subsuelo y anunciar los primeros indicios del colapso urbano.

Y eso que la sobreexplotación masiva de los acuíferos apenas iniciaba.

El crecimiento poblacional y la expansión territorial mal planificada ha hecho que la demanda de agua sea brutal, de ahí que se presente el fenómeno de subsidencia y agrietamiento de los suelos. En 2017, el Instituto de Ingeniería de la UNAM advertía que el Centro Histórico se hundía de cinco a siete centímetros por año. Dos monumentos históricos dan cuenta de ese fenómeno: el Ángel de la Independencia y la Catedral Metropolitana, ambos han pasado por trabajos de rescate.

Sergio Rodríguez, geólogo de la UNAM, el martes pasado dijo a la agencia española EFE que al Ángel de la Independencia “cada determinados años le tienen que añadir un escalón” por el hundimiento del terreno donde se ubica.

Hizo el ejercicio de cuántos metros de subsidencia tendrá la CDMX en menos de 10 años: “Con un promedio de hundimiento de 15 a 30 centímetros por año, si lo multiplicas por diez años, ya son tres metros y si lo multiplicas por cien, pues es increíble”.

Mientras que la geóloga Wendy Morales, también de la UNAM, sentenció que es un punto de no retorno, porque no hay manera de parar la subsidencia.

Investigaciones de diversos institutos y organismos han señalado que la Ciudad de México es una de las urbes con mayor subsidencia del planeta.

Aun así, los permisos para construir siguen otorgándose como si el territorio pudiera soportar tanto y como si hubiera suficiente agua y la infraestructura hidráulica y de saneamiento fueran de primer mundo. Haga el ejercicio y observe cuántos complejos de oficinas, departamentos y de usos mixtos están levantándose por doquier. Tan sólo en Insurgentes centro por lo menos hay cinco grandes construcciones. A lo largo del Periférico, en ambas direcciones, hay nuevas edificaciones que conviven con aquellas construidas años atrás.

Todos estos edificios son una carga enorme para el suelo tan poroso y frágil de la Ciudad de México. No olvidemos la vulnerabilidad sísmica.

Otra problemática de esta gran ciudad son las inundaciones que, temporada tras temporada de lluvias, nos recuerdan en dónde estamos parados.

El Instituto de Geografía (IG) de la UNAM mapeó las inundaciones del pasado 2 de junio, cuando se presentaron lluvias de entre 50 y 70 milímetros en alrededor de 24 horas, gracias a las imágenes de radar del satélite Sentinel-1 de la Agencia Espacial Europea.

El trabajo arrojó que la zona con mayores afectaciones y riesgos por las lluvias es la del centro-oriente, de acuerdo con Ángel Emmanuel Zúñiga Tovar, investigador del Departamento de Geografía Física del IG.

Entre las colonias y vialidades más dañadas están, por ejemplo, Hipódromo de las Américas y colonia Reforma Social, en la alcaldía Miguel Hidalgo; la Ciénega y los alrededores de la estación del Metro, en Tláhuac; Parque Tezozómoc y la zona de la exrefinería 18 de marzo, en Azcapotzalco.

Lo interesante de esto es que el mapeo satelital representa una herramienta de vanguardia para la toma de decisiones y la prevención.

Habitar hoy esta ciudad conlleva los riesgos de hundimientos, inundaciones y escasez de agua, pero la pregunta es: ¿en menos de una década dónde habrá territorios firmes y con agua para nuestra supervivencia?

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