SOS: hay que repensar la planeación urbana

Lorena Rivera

Lorena Rivera

Editorial

La presión que la crisis climática ejerce sobre las ciudades grandes e intermedias  está siendo una ventana de oportunidad para hacer cambios más allá de sólo reducir las emisiones de gases de efecto invernadero, pero, a la vez, evidencia a aquellas que se han quedado rezagadas tanto en la contemplación de riesgos, vulnerabilidades, condiciones socioeconómicas e infraestructura frente a los impactos, así como la implementación de soluciones probadas y reforzamiento de las capacidades de adaptación.

Cómo sabemos, el aumento de las temperaturas, tormentas, lluvias e inundaciones obligan, sí o sí, a repensar la planeación urbana no sólo para mejorar los estándares de calidad de vida de las personas, sino también para que las ciudades sean más sostenibles y resilientes.

Hay que tomar en cuenta que las metrópolis albergan a alrededor de la mitad de la población mundial (se calcula en más de ocho mil 300 millones de personas) y hacia 2050 se prevé que aumentará hasta 70%, con todas las problemáticas que eso conlleva.

Las urbes, de cualquier tamaño, no dejan de crecer, sobre todo las ciudades intermedias o medias (de 500 mil a más de un millón de habitantes) bajo la idea de ofrecer mejor calidad de vida, accesibilidad, movilidad, educación, salud y otros factores; sin embargo, eso a dado paso a la voracidad de intereses institucionales y privados (entre los que se cuentan los de desarrolladores inmobiliarios).

En México, las ciudades intermedias se enfrentan a problemáticas similares a las que padece la CDMX, como crisis hídrica, crecimiento urbano caótico, deforestación, movilidad desarticulada, industrialización y mercados globales, entre otros. Todo eso las convierte en fuentes que agravan el cambio climático. También son receptores de los efectos adversos de la inestabilidad del clima.

Una de esas ciudades es Mérida. Durante los últimos cinco años se ha vendido como el mejor lugar para vivir en nuestro país y en 2025 ostentó el segundo lugar a nivel América Latina, después de Manizales, Colombia.

Eso sí, nunca se ha ocultado que la Ciudad Blanca es un lugar con temperaturas muy cálidas la mayor parte de año, alta humedad y lluvias en verano; el promedio ronda los 30 grados Celsius, pero ha tenido una sensación térmica de hasta 50 grados.

Mérida ocupa el lugar 47 en un estudio realizado por la Universidad de Oxford que cruzó datos de exposición al peligro, vulnerabilidad y falta de capacidad de respuesta en una lista de 205 ciudades de más de un millón de habitantes expuestas al calor extremo. Sumado a ello, está rankeada entre los 10 destinos turísticos y de negocios a escala internacional más vulnerables al calor.

Así, “más de 95% de las ciudades con mayor riesgo se concentran en el Sur Global”, donde el riesgo de calor no está sólo dado por lo que marcan los termómetros o por la duración de una o varias olas de calor, sino por la existencia (o no) de infraestructura verde, electricidad y enfriamiento, hospitales preparados y gobiernos capaces de responder a la magnitud del fenómeno climático.

Las temperaturas elevadas por sí solas no explican el nivel de riesgo de una ciudad.

El estudio utilizó el Índice Climático Térmico Universal (UTCI, por sus siglas en inglés), “que describe el confort fisiológico del cuerpo humano bajo condiciones meteorológicas específicas”, considera la temperatura ambiente, toma en cuenta otras variables como humedad, viento y radiación, que influyen en la reacción fisiológica al entorno.

Datos de interés del estudio apuntan a la combinación de calor extremo y poblaciones de menos de cuatro años y mayores de 65, posición socioeconómica, capacidad de adaptación limitada y alta vulnerabilidad, a lo que se suma la falta de cobertura verde suficiente y acceso desigual al enfriamiento.

Lo más increíble es que hay ciudades que dependen altamente del aire acondicionado, como sucede en Mérida y otras ciudades mexicanas y del mundo. Y ése es un problema.

Hay quienes pueden costear facturas con alto consumo de energía, pero en detrimento del sistema eléctrico nacional. Recordemos que el de nuestro país es limitado y los apagones en la península de Yucatán son habituales en las épocas “de más calor”.

Ni las ciudades intermedias del mundo desarrollado se salvan del calor extremo letal. En Colonia, Alemania, en días pasados murieron alrededor de 120 personas, víctimas de una ola de calor mortífera, en su mayoría mujeres y personas adultas mayores. 

Mérida está convirtiéndose en una ciudad de concreto con escasa infraestructura verde y zonas de islas de calor urbano sofocantes.

En el estudio obtuvo una puntuación de 0.58 en riesgo compuesto (calentamiento antropogénico, modificación de cobertura terrestre, densidad de población y disparidades socioeconómicas) en una escala donde 1 representa el máximo, lo cual la colocó en el lugar 47. Es la primera vez que un marco metodológico logra comparar, con criterios homogéneos, el riesgo térmico real de ciudades tan distintas entre sí como Bagdad, Lagos, Bangkok o la capital yucateca.

Se hace énfasis en que “la cobertura vegetal mitiga el calor exterior mediante la sombra y la evapotranspiración y está fuertemente asociada con una menor exposición y mortalidad”.

No todas las ciudades necesitan las mismas soluciones. Algunas requieren transformar su diseño urbano para reducir la exposición directa al calor; otras deben fortalecer sus sistemas de salud pública y protección social; muchas necesitan invertir en infraestructura eléctrica resiliente, espacios verdes y estrategias de enfriamiento adaptadas a sus condiciones locales.

El desafío será aún mayor en los próximos años. La crisis climática intensificará los eventos extremos, el crecimiento urbano y el envejecimiento de la población aumentarán la cantidad de personas expuestas. El riesgo no será sólo porque el planeta sea más cálido, sino porque las desigualdades se profundizarán si las ciudades no evolucionan al ritmo que marca el clima.