Sol, playa, arena y gases de efecto invernadero
A María Amparo Casar, mi cariño y solidaridad. La industria turística, si bien no tiene “chimeneas”, sí genera emisiones de gases de efecto invernadero GEI; además, tiene impactos ambientales, como la alteración y destrucción de los diversos ecosistemas ...
A María Amparo Casar, mi cariño y solidaridad.
La industria turística, si bien no tiene “chimeneas”, sí genera emisiones de gases de efecto invernadero (GEI); además, tiene impactos ambientales, como la alteración y destrucción de los diversos ecosistemas terrestres y acuáticos. Y también es altamente vulnerable al cambio climático, de ahí la urgencia de llevarlo hacia prácticas sustentables.
Datos del Consejo Mundial de Viajes y Turismo indican que este sector, a escala global, es responsable de aproximadamente 10% de las emisiones de GEI, casi la mitad de éstas corresponden al transporte. ONU Turismo prevé un aumento de 25% en las emisiones totales entre 2016 y 2030.
Los mayores productores de CO2 en el turismo global son los subsectores: transporte aéreo, con 40%; automóvil, 32%; alojamiento, 21%; otras actividades turísticas, 4%, y otros transportes, tres por ciento.
El turismo en México, a lo largo de los años, ha sido uno de los pilares de la economía al atraer a millones de visitantes internacionales y nacionales gracias a sus riquezas culturales e históricas, impresionantes paisajes naturales y gastronomía. De hecho, la cocina tradicional mexicana está inscrita en la Lista Representativa del Patrimonio Cultural Inmaterial de la Humanidad de la Unesco. Sin embargo, para que haya destinos de sol y playa, de aventura, de negocios y arqueológicos, entre otros tipos, se ha requerido levantar infraestructura especial.
Así, para llevar a cabo el proceso de construcción de un desarrollo o polo turístico —muchas veces sin respetar la manifestación de impacto ambiental—, grandes áreas de bosques y selvas tropicales han sido taladas, lo cual ha liberado carbono, además de trastocar los entornos naturales.
Esos ecosistemas funcionan como sumideros de carbono al absorber y almacenar dióxido de carbono (CO2). Pero, cuando se elimina la vegetación, se libera ese gas de efecto invernadero a la atmósfera.
Los manglares que crecen a lo largo de las costas tienen una capacidad significativa para almacenar carbono, desempeñan un papel vital en el ecosistema debido a su rica biodiversidad y actúan como barreras naturales para proteger contra la erosión costera, las tormentas y los tsunamis.
Investigaciones han demostrado un almacenamiento hasta cuatro veces más de carbono que la mayoría de los bosques y selvas tropicales. Lamentablemente, grandes extensiones de estos ecosistemas han sido desmontados para dar paso a infraestructuras como hoteles, playas, puertos, muelles, centros turísticos costeros y zonas de entretenimiento.
Las consecuencias de la degradación ambiental y del cambio climático se resienten cada vez más en forma de fenómenos naturales extremos, como el sucedido la madrugada del 25 de octubre del año pasado, cuando el huracán Otis devastó Acapulco, el primer destino de sol y playa gestado allá por 1931 en el sexenio del presidente Pascual Ortiz Rubio (Excélsior, 29/X/2023).
Otras manifestaciones de la crisis climática son aumento de las temperaturas, escasez de agua, sequías e incendios, acidificación de los océanos, pérdida de biodiversidad y aumento del nivel del mar.
Los impactos tienen el potencial de alterar los patrones del turismo, tanto en términos de la demanda de destinos como en la disponibilidad de recursos naturales clave.
En 2019, antes de la pandemia de covid-19, el sector turístico representó 8.6% de la economía nacional, pero en 2020 cayó a 6.8%, en 2021 apenas subió a 7.6% y en 2022 repuntó a 8.5% del PIB nacional, según datos del Inegi.
La crisis hídrica, consecuencia tanto de la negligencia, omisiones e ineficacia de la sociedad y los gobiernos, así como del cambio climático de origen antropogénico, ya está teniendo impactos negativos en el turismo.
De acuerdo con la nota de mi compañera Miriam Paredes, publicada en este diario el 3 de mayo pasado, la escasez de agua y la sequía afectarán la competitividad del sector turístico, sobre todo en actividades cuyo atractivo es el agua, como son los destinos con lagos y presas.
Vicente Ferreyra, director de la consultora Sustentur, le dijo a Paredes que “muchos de los productos turísticos que tienen las ciudades están relacionados con el agua, ya sea lagos o ríos o bien, necesitan del agua para su conservación, como bosques y otros tipos de ecosistemas, que al no contar con este recurso disminuirán su atractivo”.
Un claro ejemplo es Valle de Bravo, donde su atractivo principal, el lago, se seca. No sólo eso, en los últimos días ha experimentado incendios forestales.
La pesca deportiva, así como los paseos en embarcaciones están teniendo afectaciones que las autoridades estatales y federales no quieren ver.
Los niveles del lago de Pátzcuaro, Michoacán, van en picada y, por fin, el gobernador Alfredo Ramírez Bedolla ayer reconoció que ese cuerpo de agua vive su peor crisis ecológica en las últimas cuatro décadas, por lo cual se ha implementado un operativo de vigilancia para evitar el robo de agua.
Por ello es fundamental que México tome medidas de mitigación y adaptación al cambio climático, construir resiliencia y, así, proteger su industria turística.
No es sólo reducir el impacto sobre el medio ambiente, sino transformar al turismo en uno que combine la conservación ambiental, el desarrollo económico y la equidad social, es decir, lograr un verdadero turismo sustentable.
Y las prácticas sustentables son inaplazables.
