¿Quién se tragó el agua que inundó el Valle de México?

Desde hace por lo menos tres siglos se sabe que la Ciudad de México la antigua Ciudad de los Palacios es vulnerable a las inundaciones. La razón es tan simple como ineludible: está asentada sobre una cuenca lacustre y, como dicta la lógica, el agua siempre encuentra su ...

Desde hace por lo menos tres siglos se sabe que la Ciudad de México —la antigua Ciudad de los Palacios— es vulnerable a las inundaciones. La razón es tan simple como ineludible: está asentada sobre una cuenca lacustre y, como dicta la lógica, el agua siempre encuentra su cauce.

En las últimas dos décadas, la capital del país y su zona metropolitana han experimentado lluvias cada vez más intensas, de las cuales muchas han desembocado en graves inundaciones. A sabiendas de ello, continúan sin infraestructura que mitigue los impactos desastrosos, evidencia del fracaso estructural del sistema hidráulico metropolitano.

La tarde-noche del lunes 2 de junio, 13 de las 16 alcaldías capitalinas y varios municipios del Estado de México —como Chalco, Ecatepec y Los Reyes La Paz— fueron azotados por lluvias intensas. El resultado: severos encharcamientos e inundaciones que afectaron viviendas, hospitales, vialidades principales, el transporte público (la Línea A del Metro) y más de 60 vehículos que quedaron sumergidos.

Este tipo de precipitaciones no es una excepción. Es probable que se repitan en esta temporada o en las siguientes, y de nuevo provocarán destrozos.

Las lluvias de ese día, provocadas en parte por el huracán Alvin —formado en el Pacífico—, descargaron 10.2 millones de metros cúbicos de agua sobre el Valle de México. Para dimensionar: eso equivale a llenar cinco veces el Estadio Azteca o unas cuatro mil albercas olímpicas.

La ciencia lo ha advertido con claridad: el cambio climático intensifica los eventos meteorológicos extremos. Las lluvias torrenciales en la Ciudad de México se han vuelto más frecuentes e intensas, un patrón que se repite en otras grandes urbes del mundo. Según el Panel Intergubernamental sobre Cambio Climático (IPCC), esto se debe principalmente al calentamiento global, impulsado por actividades humanas.

De acuerdo con el secretario de Gestión Integral del Agua de la CDMX, José Esparza Hernández, no se había registrado una lluvia de tal magnitud desde 2017. La pregunta es inevitable: ¿a dónde se fue esa inmensa cantidad de agua?

La mayoría se perdió entre drenajes colapsados, ríos entubados rebasados y barrancas urbanas que hoy son vertederos y no zonas de amortiguamiento natural. Es cierto, el aguacero alivió momentáneamente el calor —que días antes había alcanzado hasta 30 grados centígrados— y también hidrató parques, bosques, camellones, árboles de banquetas y algunos viveros.

El problema yace en el desaprovechamiento estructural del agua de lluvia. Sólo una mínima parte logra filtrarse hacia los acuíferos subterráneos, cuya recarga natural ha sido drásticamente reducida. Estos acuíferos son los responsables de abastecer a 66% de la población capitalina a través de un sistema de más de dos mil pozos. El resto proviene del Sistema Cutzamala (25%), el Sistema Lerma (6%) y otras fuentes (3%).

Un dato preocupante: a principios del siglo XX bastaba con perforar hasta 40 metros para extraer agua del subsuelo. Hoy, debido a la sobreexplotación, es necesario cavar más de dos mil metros. Extraemos más de lo que la naturaleza puede reponer.

Recordemos que los acuíferos se recargan gracias a la infiltración de agua de lluvia en zonas donde el suelo es suficientemente permeable, pero en esta metrópoli predomina el pavimento de asfalto o concreto y en algunas zonas hay suelo arcilloso, lo que dificulta que el agua alcance las capas profundas donde se localizan los acuíferos.

Además, la ciudad no cuenta con pavimentos de concreto permeables ni estrategias masivas de captación pluvial. La expansión urbana, con todo y que hay suelo de conservación, está devorando zonas naturales de recarga, como las áreas verdes o los suelos sin pavimentar, lo cual representa un obstáculo adicional para la recarga adecuada del acuífero.

La paradoja es que mientras millones de litros de agua caen y se desperdician, millones de personas padecen escasez. Hay hogares que reciben agua sólo unas horas al día, otros dependen de pipas o garrafones porque, al abrir el grifo, no cae ni una gota.

Así, el ciclo se repite: lluvias que no se aprovechan, infraestructura que colapsa y una población que vive entre el desabasto y la amenaza de inundaciones.

La crisis hídrica no se resolverá mientras la gestión del agua siga siendo reactiva, fragmentada y tecnológicamente rezagada.

En cambio, seguiremos viendo en redes sociales y noticiarios imágenes de calles convertidas en ríos turbulentos, vehículos varados bajo pasos a desnivel, techos colapsados por la presión del agua y coladeras escupiendo torrentes.

Las autoridades continuarán repitiendo lugares comunes: “Las afectaciones se debieron a lluvias atípicas o históricas”, una forma institucionalizada de negación, tanto de la carencia de infraestructura hidráulica como de la realidad llamada crisis climática.

Investigadores de la UNAM han advertido que estos eventos serán cada vez más frecuentes y extremos en el Valle de México. El problema no es sólo la intensidad de la lluvia, sino la incapacidad del territorio para absorberla y de las autoridades para gestionarla.

Las lluvias torrenciales del 2 de junio dejaron al descubierto un vacío aún más profundo: el institucional. Pese a la existencia del Organismo de Cuenca Aguas del Valle de México, no existe una estrategia metropolitana integral que articule captación, filtración, almacenamiento y reutilización del agua de lluvia.

Los más de 10.2 mil millones de litros que cayeron en unas horas debieron haberse tratado como un recurso invaluable, no como un desecho.

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