El Niño más fuerte que se avecina –63% de probabilidad, de acuerdo con la NOAA– será una gran prueba de estrés para los sistemas que sustentan la vida y las economías de las sociedades, principalmente de México y el resto de América Latina y el Caribe, pero eso no quiere decir que toda la Tierra no tendrá influencia de esta anomalía climática cíclica que existe desde hace centurias y calienta las aguas superficiales del Pacífico ecuatorial.
Debe quedar claro que el cambio climático no origina El Niño, lo que sí hará es potenciar la energía que trae porque ahora el planeta es más caliente que cuando inició la Revolución Industrial (1750), es decir, la temperatura media global ha aumentado entre 1.1 y 1.3 grados centígrados debido a las actividades humanas y la quema de combustibles fósiles.
El Niño más fuerte exacerbará aún más sequías, lluvias intensas y agravará olas de calor en tierra y en el océano.
No sólo eso, también pondrá a prueba los sistemas de alerta temprana, protección civil en todos sus niveles, planes para la reducción del riesgo de desastres y respuesta ante la crisis.
No se tratará de un fenómeno climático más, climatólogos y meteorólogos de la Organización Meteorológica Mundial (OMM), de la Administración Nacional Oceánica y Atmosférica de Estados Unidos (NOAA), de la NASA, de universidades e instituciones de investigación y también especializadas en cambio climático tienen meses estudiando cómo se está formando El Niño, de hecho, sólo hay que observar los mapas y gráficos animados que suben a redes sociales en los que se aprecia una enorme franja roja, lo cual ilustra las temperaturas altas superficiales del océano Pacífico ecuatorial.
Y debe tomarse muy en serio, porque el Centro de Predicción Climática de la NOAA indica que El Niño muy fuerte podría ser uno de los eventos más grandes desde 1950, ya que existe una probabilidad de 63% de que la temperatura de la superficie del mar supere los 2 grados centígrados, es decir, por arriba del promedio en la región.
Hace unos días, Celeste Saulo, secretaria general de la OMM, indicó que el impacto de El Niño se extiende más allá de su origen, pues afecta la agricultura, recursos hídricos, generación y distribución eléctrica, comercio, cadenas de suministro y medios de vida en regiones enteras; de hecho, alertó que podría devastar comunidades vulnerables y desprevenidas en todo el mundo.
El secretario general de la ONU, António Guterres, advirtió: “el mundo debe tratar este evento como lo que es: una alerta climática urgente... Las consecuencias se dejarán sentir con una intensidad todavía mayor y su alcance será aún más amplio”.
Y el interés periodístico de este episodio de El Niño más fuerte no sólo radica en la intensidad que podría alcanzar durante los próximos meses, sino que también está en su capacidad para destapar las fragilidades de un sistema económico global construido bajo la premisa de estabilidad climática, una que, por supuesto, ya no existe. El clima está alterado debido a la gran adicción por los combustibles fósiles, las actividades insostenibles, así como por los discursos negacionistas.
Sequías, inundaciones o interrupción de cosechas serán una prueba de estrés para cadenas de suministro, mercados alimentarios y sistemas de gobernanza que dependen, mucho más de lo que se admite, de condiciones ambientales relativamente predecibles.
Un reciente análisis publicado por The Guardian argumenta que los efectos económicos de un posible El Niño más fuerte podrían profundizar desigualdades ya existentes. La inseguridad alimentaria asociada a estos eventos no surge sólo por la falta de lluvia o por las inundaciones, también refleja la dependencia de sistemas agrícolas altamente interconectados y cadenas de suministro que trasladan los riesgos hacia los sectores más vulnerables.
Las consecuencias económicas incluyen fluctuaciones en los precios de los alimentos, pérdidas en cosechas y afectaciones en el sector energético, especialmente en países que dependen de hidroeléctricas.
En México, esto se traduce en presión sobre maíz, frijol y otros cultivos básicos que alimentan tanto el mercado interno como los acuerdos de exportación.
De acuerdo con las proyecciones del Servicio Meteorológico Nacional y especialistas de la UNAM, el fenómeno podría favorecer una canícula más seca y calurosa en gran parte del centro y sur del país en el verano. Posteriormente, hacia finales del verano y comienzos del otoño, aumentaría el potencial de lluvias intensas, ciclones tropicales e inundaciones.
Para el sureste —Guerrero, Oaxaca, Chiapas—, la incertidumbre crece. Son estados con alta dependencia de la agricultura de temporal, baja cobertura de infraestructura hídrica y comunidades que históricamente quedan fuera de los sistemas de alerta temprana. El Niño no los tratará con más gentileza que a las ciudades y sus márgenes para absorber el impacto son mucho más estrechos.
La amenaza no se limita a la producción agrícola ni a la economía, también alcanza a la salud pública, al bienestar social y a la calidad de vida de millones de personas.
Las lluvias intensas que acompañan algunos episodios de El Niño en el sureste mexicano favorecen la proliferación de criaderos de mosquitos y, con ello, el repunte de enfermedades por vectores como dengue, zika y chikungunya —que, en un abrir y cerrar de ojos, los casos pueden elevarse y los sistemas públicos de salud los enfrentarían con recursos limitados—.
El Niño pondrá a prueba al mundo. La alerta está dada, aunque ello no garantiza que las autoridades hayan escuchado con la urgencia que este fenómeno exige.
