Los fondos contra desastres, un desastre
La prevención incluye bonos catastróficos y fondos para desastres, pues, de requerirse uno u otro, o ambos, de acuerdo con la magnitud del evento, los gobiernos tendráncómo solventar las adversidades. De lo contrario, los costos podrían multiplicarse.
Ni una sola nación está libre del golpe de algún fenómeno violento de la naturaleza, como los geológicos y los climatológicos. Por ello, es de suma importancia que las autoridades correspondientes conozcan a fondo los factores de riesgo, exposición y vulnerabilidad de los territorios.
Un total conocimiento de lo anterior derivará en una efectiva política de prevención y manuales de actuación para disminuir las afectaciones, justo para evitar desastres cuyas pérdidas y costos se vuelvan contra la sociedad y el entorno.
Eso no es todo. La prevención incluye bonos catastróficos y fondos para desastres, pues, de requerirse uno u otro, o ambos, de acuerdo con la magnitud del evento, los gobiernos tendrán cómo solventar las adversidades. De lo contrario, los costos en vidas y pérdidas económicas podrían multiplicarse.
Estamos en plena temporada de huracanes y los hechos indican que éstos serán cada vez más fuertes y más destructivos debido al cambio climático.
Hacia finales de la semana pasada se formó el huracán Dorian, categoría 5. Ayer pegó en la isla de Grand Bahama con vientos de 250 km/h y grandes cantidades de lluvia, lo cual provocó una “destrucción extrema”. El saldo, al momento: cinco muertos y 13 mil casas severamente afectadas en las Islas Ábaco.
Ya lo esperan en Florida. Previendo un azote poderoso, las autoridades de Florida, Georgia y las Carolinas están en emergencia. Emitieron órdenes de evacuación obligatorias.
El banco UBS calcula pérdidas por 25 mil millones de dólares para las aseguradoras, lo cual convertiría a las afectaciones de Dorian en el desastre natural más caro para la industria desde 2017. Y si este huracán pega en las costas de Florida, las pérdidas podrían ascender hasta 40 mil millones de dólares.
De ahí la importancia de contar con mecanismos de prevención y fondos.
Dorian ya esquivó Puerto Rico, pero seguro no será el único huracán que amenace a Estados Unidos en los meses que restan de la temporada y ojalá al presidente Donald Trump no se le ocurra quitarle más dinero al fondo de emergencias para desastres naturales y trasladarlo a otro rubro, como lo hizo con 155 millones de dólares que fueron a parar a la oficina de Inmigración y Control de Aduanas, para retener hasta unos 50 mil migrantes al mismo tiempo en cárceles privadas en la frontera con México.
En el caso de nuestro país, si bien aún no ha tenido impactos de huracanes poderosos —no hay que descartar la posibilidad en el Golfo y el Pacífico—, sí ha habido eventos hidrometeorológicos. Fuertes tormentas y lluvias han pegado en zonas costeras y otros territorios causando inundaciones y algunos destrozos.
De acuerdo con el Servicio Meteorológico Nacional, el domingo se formó en las aguas del Pacífico la tormenta tropical Juliette y va hacia la península de Baja California. Podría tomar fuerza y convertirse en huracán.
Ante la probabilidad de un desastre, los gobiernos locales y el nacional no sólo deben estar alerta, sino también diseñar escenarios ante un desastre y cómo enfrentarlo.
Ojalá nuestro único temor fueran las tormentas y los huracanes. Pero, desafortunadamente, no es así. Están terremotos, sequías, heladas y los volcanes.
Juntos o por separado pueden ocasionar un gran peligro para las personas, sus bienes y para la viabilidad de un país desacelerado.
En septiembre de 2017, el país vivió dos terremotos. Transcurridos casi dos años, aún hay cientos de damnificados, hogares y medios de vida perdidos. Y eso que el Fondo de Desastres Naturales, en 2018, tuvo recursos por 24 mil 644 millones de pesos, que, se supone, harían frente a las afectaciones en viviendas.
Pero para este año sufrió un recorte de ¡85%! Lo delicado es que, aun contando con el presupuesto austero de tres mil 644 millones de pesos —alrededor de 50% menos respecto a los años 2013-2017—, no alcanzaría para solventar los daños de un evento de gran magnitud.
Por ahora se cuenta con bonos catastróficos, uno con cobertura para terremotos que superen magnitud 8 y el otro para huracanes categoría 5, que vencen en diciembre y en febrero. Ojalá que se cumpla la promesa de incrementar los montos de los bonos para 2020, pero, sobre todo, que el país no quede descubierto.
Eventos como los sismos de 2017 o huracanes categoría 5 o 4, como Wilma (2005), con daños materiales por casi 19 mil millones de pesos, o como los golpes simultáneos de las tormentas Ingrid y Manuel (septiembre de 2015), cuyas pérdidas económicas alcanzaron los 35 mil millones de pesos, en estos momentos serían un verdadero desastre.
