Las bombas que hay que desactivar
No hay nada que conmemorar ni mucho menos que celebrar cuando el planeta, literalmente, arde: temperaturas de 50 grados en Oriente Medio y otras latitudes, hay sequías y escasez de agua por doquier, la sexta extinción masiva está en proceso, los ecosistemas son ...
No hay nada que conmemorar ni mucho menos que celebrar cuando el planeta, literalmente, arde: temperaturas de 50 grados en Oriente Medio y otras latitudes, hay sequías y escasez de agua por doquier, la sexta extinción masiva está en proceso, los ecosistemas son destruidos; activistas ambientales en peligro constante y, recientemente, las emisiones de dióxido de carbono alcanzaron niveles altos no vistos desde hace cuatro millones de años, entre otras calamidades ocasionadas por la única especie “pensante”.
El domingo pasado se cumplió medio siglo de haberse realizado la primera Conferencia de las Naciones Unidas sobre el Medio Ambiente en Estocolmo, Suecia. La humanidad estaba muy a tiempo de dar marcha atrás al deterioro del medio ambiente gracias a la Declaración de Estocolmo, conformada por 26 principios relacionados con el vínculo entre el crecimiento económico, la contaminación y el bienestar de las personas. Incluso, se creó el Programa de las Naciones Unidas para el Medio Ambiente (PNUMA).
Hoy es imperante frenar la devastación de los ecosistemas y pérdida de la biodiversidad, así como combatir la contaminación y mitigar los efectos de la crisis climática.
Por décadas, cumbres, reuniones y encuentros han ido y venido. Discursos que prometen acciones, pero, a la hora de la verdad, poco o nada se ha hecho. Lo único cierto es la falta de voluntad política e industrial para una rápida transición energética y, así, dejar la dependencia del petróleo, gas y carbón, lo cual ayudaría a recortar drásticamente las emisiones de gases de efecto invernadero.
La sociedad civil mundial, en general, se comporta como espectador y no como actor. Eso sí, se mueve al compás del consumismo voraz. Por el contrario, las nuevas generaciones se movilizan y levantan fuerte la voz exigiendo acciones. Sin embargo, no hacen eco en los tomadores de decisiones de las esferas políticas y empresariales como esperaríamos.
Por desgracia, los emporios petroleros y de gas a nivel global soslayan los objetivos del Acuerdo de París para limitar el calentamiento global a menos de dos grados centígrados.
Ello, a pesar de la alerta del sexto informe de evaluación del Panel Intergubernamental de Expertos sobre el Cambio Climático sobre la crisis del clima y la alteración peligrosa de la naturaleza y afectación a la vida de miles de millones de personas, aun con los esfuerzos para reducir el impacto.
Limitar el calentamiento a 1.5 grados centígrados requiere recortes contundentes de gases de efecto invernadero generados por la quema de combustibles fósiles, pero, para lograrlo, quedan menos de dos décadas.
De hecho, la más reciente advertencia de la Organización Meteorológica Mundial fue que hay 40% de probabilidad de que la temperatura global media anual alcance 1.5 grados centígrados por arriba de los niveles preindustriales en, al menos, uno de los próximos cinco años.
Para empeorarlo todo, el diario británico The Guardian, el 11 de mayo pasado, reveló que empresas como Shell, ExxonMobil, Gazprom, BP y Chevron, entre otras, tienen entre manos alrededor de 195 proyectos de petróleo y gas, considerados “bomba de carbono”, que “impulsarían al clima más allá de los límites de la temperatura acordados a nivel internacional con impactos catastróficos globales”.
Esas empresas harán enormes inversiones en nuevas producciones de combustibles fósiles a corto plazo, lo cual significa que arrojarán en los próximos años gases de invernadero equivalentes a una década de emisiones de dióxido de carbono de China.
Esas “bombas de carbono” dispararían la temperatura global hasta 2.7 grados centígrados, lo que, sin duda, pondría a la humanidad y a todos los seres vivos en un Armagedón.
Las preguntas de fondo son: ¿quiénes se atreverán a desactivar esas peligrosas “bombas de carbono”? ¿Cómo se frenará la deforestación galopante de bosques y selvas? ¿Hasta cuándo océanos, lagos y ríos dejarán de ser depósitos de basura y otras porquerías? ¿Estamos listos para dejar atrás el antropocentrismo para poner en el centro el cuidado y la conservación de la riqueza natural del planeta? ¿Frenaremos la contaminación?
António Guterres, secretario general de la ONU, tuiteó el domingo: “Le estamos pidiendo demasiado a nuestro planeta para mantener nuestras formas de vida insostenibles. Los sistemas naturales de la Tierra no pueden mantenerse al día con nuestras demandas. La única forma de avanzar es trabajar con la naturaleza, no contra ella”.
Y el papa Francisco: “No habrá una ecología sana y sostenible, capaz de cambiar algo, si no cambian las personas, si no se las anima a optar por otro estilo de vida menos voraz, más sereno, más respetuoso, menos ansioso, más fraterno”.
¿Estas palabras le hacen eco? Porque tomar conciencia y pasar a la acción ambiental y climática son más que urgentes. Cada día perdido es una sentencia de muerte para todos.
