La pobreza energética no frena a las mujeres mayas

En el sureste del país aún hay comunidades que iluminan las viviendas con velas, cocinan con leña y, de refrigeración, mejor ni hablar, porque no cuentan con energía eléctrica que lo permita; y las que están conectadas a la red sufren constantes cortes de luz, sea ...

En el sureste del país aún hay comunidades que iluminan las viviendas con velas, cocinan con leña y, de refrigeración, mejor ni hablar, porque no cuentan con energía eléctrica que lo permita; y las que están conectadas a la red sufren constantes cortes de luz, sea por días o semanas.

Esta situación ejemplifica lo que México Evalúa define como pobreza energética, un término “multidimensional en el que los hogares presentan diferentes circunstancias de carencia de los servicios energéticos mínimos para el desarrollo” y se manifiesta “a través de las dimensiones de acceso, consumo-gasto, impactos en el bienestar de las personas y la calidad de la energía”.

De acuerdo con este centro de análisis de políticas públicas, basta con carecer de uno solo de los servicios que incluyen cocción de alimentos, iluminación, refrigeración y acceso a tecnologías de información y comunicación para que un hogar caiga en situación de pobreza energética. No sólo eso. Si la energía es muy cara o de mala calidad, también entra en pobreza energética.

Para darnos una idea, en el país, 36.7% de los hogares está en pobreza energética, 4.8 millones consumen leña o carbón para calentar agua y cocinar los alimentos, lo cual implica que cerca de 13.5 millones de personas viven en condiciones de pobreza energética.

En la Península de Yucatán, la pobreza energética es palpable, pero eso no ha sido impedimento para iluminar hogares y calles.

En 2011, de la penumbra surgió la cooperativa Túumben K’óoben —que hace referencia al fogón tradicional maya de tres piedras llamado ok’óoben—, liderada por mujeres que han convertido la crisis energética en una oportunidad de transformación comunitaria en Felipe Carrillo Puerto, Quintana Roo.

La cooperativa, ahora con más de 50 integrantes, en su mayoría mujeres y juventudes, en un inicio empezó a trabajar con estufas ahorradoras de leña.

En la región, la cocción de alimentos se hace con ese tipo de biomasa por ser la única fuente de energía y “porque el gas es muy caro”, relata Dulce Milagros.

La idea surgió de la Patsari, una estufa desarrollada por Víctor Berrueta en Michoacán; no sabían que existían estufas ahorradoras de leña, reconoce la fundadora de la cooperativa y evidencia cómo la falta de información también perpetúa la pobreza energética.

En Túumben K’óoben no se conformaron con replicar el modelo externo, así que lo adaptó usando materiales locales como sascab (tierra blanca), nopal triturado y cáscara de elote para construir las estufas que no sólo ahorran 60% de leña, sino también protegen la salud de las mujeres al controlar el humo que invade las cocinas rurales.

La estufa fue la puerta de entrada a un universo de ecotecnias.

Milagros, formada como administradora de empresas turísticas, dice que también les preocupa el cuidado del ambiente, por ello se han capacitado en el uso de ollas solares, captadores de agua de lluvia y baños secos.

En 2019, a través del Programa de Pequeñas Donaciones del Fondo para el Medio Ambiente del Programa de Naciones Unidas para el Desarrollo, se capacitaron para el uso energía solar fotovoltaica para poder llevar luz y agua a las comunidades y, así, construir autonomía energética.

Mujeres, conocidas como “ingenieras solares mayas”, están preparadas no sólo para instalar los sistemas de iluminación en las viviendas, sino también para transferir conocimiento para que las propias comunidades puedan replicarlo y mantener la tecnología. Un equipo consta de panel solar, tres focos LED, controlador, batería y cables, que sirve sólo para iluminar donde antes se usaba velas, porque muchas familias priorizan el tema de iluminación.

“Recalcamos que sólo es iluminación, tiene un puerto USB para conectar o recargar un teléfono celular, una lámpara o una bocinita… no se pueden conectar lavadoras, televisores o refrigeradores”, resalta Milagros.

En muchos casos, donan los equipos y asegura que el modelo trasciende lo comercial para convertirse en una herramienta de justicia social, pero bajo una condición, que las familias beneficiadas aprendan a usar y mantener la tecnología. Agrega que ya empezaron a moverse en caravanas para llegar a otras comunidades y también pueden instalar equipos para alimentar un ventilador o una lavadora.

Las sequías más intensas y prolongadas han sumado una nueva dimensión al trabajo de Túumben K’óoben.

La realidad climática está obligando a las comunidades a buscar nuevas formas de acceder al agua subterránea.

Y la respuesta ha sido el desarrollo de sistemas de bombeo solar para pozos de hasta 25 metros de profundidad.

El costo del sistema de bombeo solar e instalación es de 25 mil pesos, explica Milagros, que contrasta con los 60 mil o 70 mil pesos que cobran las empresas comerciales por el mismo servicio.

Esta diferencia de precios revela otro de los mecanismos de la pobreza energética, el sobrecosto que pagan las comunidades más vulnerables por no tener acceso a información y proveedores confiables.

La cooperativa también apoya en la instalación de luminarias solares en algunas calles de las comunidades que se han quedado en la oscuridad por los cortes de energía que duran días o semanas.

Mientras pobladores del municipio quintanarroense José María Morelos bloqueaban carreteras por falta de luz la semana pasada, experiencias como Túumben K’óoben demuestran que es posible construir autonomía energética justa y asequible.

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