La mirada del mundo ahora sí ve la inmensidad de los océanos
Más de 66% de los ecosistemas oceánicos está gravemente alterado pero, por fin, la biodiversidad marina estará protegida de las actividades humanas en las regiones más allá de la jurisdicción de cualquier país. Para que esto sucediera, Estados miembros de Naciones ...
Más de 66% de los ecosistemas oceánicos está gravemente alterado pero, por fin, la biodiversidad marina estará protegida de las actividades humanas en las regiones más allá de la jurisdicción de cualquier país. Para que esto sucediera, Estados miembros de Naciones Unidas llegaron a un acuerdo histórico después de tres lustros de divergencias y conversaciones interrumpidas.
Así, la noche del sábado pasado se logró el último texto del Tratado de Alta Mar, legalmente vinculante, tras 36 horas de arduas discusiones entre los representantes de los 93 países reunidos en la sede de la ONU, en Nueva York, para salvaguardar y recuperar los ecosistemas marinos, promover el desarrollo sostenible y proteger los derechos de todos los involucrados, lo cual significa que el acuerdo marcará el fin de la explotación sin regulaciones.
Esto puede verse como un triunfo de la cooperación internacional, a pesar de la polarización imperante en el planeta, pues se diseñó el andamiaje para proteger 30% de las aguas internacionales para 2030 (conocido como el objetivo 30x30 surgido en la Conferencia de las Naciones Unidas sobre Biodiversidad [COP15], celebrada en Montreal, Canadá), en un contexto de las amenazas que representan la sobrepesca, la minería en los fondos marinos y el creciente impacto del cambio climático.
Para entender el telón de fondo, la altamar inicia donde terminan las Zonas Económicas Exclusivas de los Estados, las cuales llegan a un máximo de 200 millas náuticas (370 km) de las respectivas costas y en el derecho internacional las aguas internacionales o alta mar se refiere al “patrimonio común de la humanidad y zona de libre tránsito, pesca y explotación para todos los Estados, donde tienen el derecho de navegar, sobrevolar y realizar investigaciones científicas en libertad y sin ser molestadas por otra nación en tiempos de paz; mientras que en tiempos de guerra quedan suspendidos dichos derechos a los beligerantes”.
Es por ello que el tratado global, recibido con beneplácito por parte de organizaciones ambientales, marca un punto de quiebre al contener los instrumentos necesarios para crear y administrar áreas marinas protegidas en aguas internacionales, cubrir el acceso y el uso de los recursos genéticos marinos, esto es, el material biológico del océano, conformado por plantas y animales, que podrían tener beneficios para la humanidad a través de alimentos, productos farmacéuticos y procesos industriales. Además, todas las actividades que se realicen en aguas internacionales estarán sujetas a evaluaciones de impacto ambiental y cada Estado nación será responsable de sus acciones.
De hecho, el factor económico fue un punto álgido durante la última ronda de negociaciones y, es fundamental comprenderlo, la redacción del texto se dio en medio de desacuerdos entre países desarrollados y en desarrollo sobre cómo compartir equitativamente los recursos marinos en aguas internacionales, que constituyen 60% de los océanos del mundo. Finalmente, los primeros tienen los recursos o el financiamiento para explorar y explotar las profundidades, mientras que los segundos no sólo dependen del financiamiento, sino también de la transferencia tecnológica.
Ninguna nación quiere desaprovechar los beneficios de la economía azul, de ahí la importancia del multilateralismo para la conservación y el uso sostenible de los océanos y los recursos marinos.
De acuerdo con Greenpeace, la sección sobre áreas marinas protegidas “elimina la toma de decisiones basada en el consenso, algo que no ha logrado proteger los océanos a través de organismos regionales existentes como la Comisión del Océano Antártico. Si bien todavía hay conflictos importantes en el texto, es un tratado viable que es un punto de partida para proteger 30% de los océanos del mundo”.
Aunque los 93 países aún no adoptan formalmente el texto del tratado, acordaron no reabrir las negociaciones.
¿Qué sigue? Se espera que las naciones ratifiquen de inmediato el tratado, por un mínimo de 60, y una vez que haya entrado en vigor, la Conferencia de las Partes (COP) se dará a la tarea de crear los santuarios marinos en aguas internacionales para 2030, y la verdad es que ya no queda mucho tiempo.
Actualmente, sólo 1% de las aguas internacionales está protegido. Esto es un indicador de que, a pesar de su enormidad, los océanos habían pasado inadvertidos.
Ojalá que la atención esté bien puesta en la importancia que los océanos representan para la humanidad, porque, sin ellos, no se tendría la mitad del oxígeno que respiramos. No sólo eso. Los océanos son sumideros de millones de toneladas de dióxido de carbono provenientes de la quema de combustibles fósiles y actividades insostenibles, además, proporcionan alimento y sustento económico de millones de personas que viven de la pesca.
Sin duda, es un paso en la dirección correcta para garantizar la protección de los océanos y la vida marina para la humanidad y las generaciones por venir.
