Inundaciones en la CDMX, ¿presagio de lo que viene?

La Ciudad de México, heredera de la gran Tenochtitlan, regresa a ser lo que fue: un territorio de agua. El caos del domingo pasado no fue una anomalía meteorológica o una lluvia atípica, fue una crisis que los científicos llevan años anunciando y que las autoridades ...

La Ciudad de México, heredera de la gran Tenochtitlan, regresa a ser lo que fue: un territorio de agua. El caos del domingo pasado no fue una anomalía meteorológica o una lluvia atípica, fue una crisis que los científicos llevan años anunciando y que las autoridades siguen ignorando. Lo más grave no es la magnitud del problema, sino la aparente incapacidad para enfrentarlo.

Las precipitaciones volvieron a inundar calles y lugares emblemáticos como el Centro Histórico y Paseo de la Reforma. Infraestructuras imprescindibles como hospitales, líneas del Metro y el Aeropuerto Internacional de la Ciudad de México también fueron afectadas, al grado de parar sus actividades.

Tan sólo en la zona centro fueron históricas, con una caída de 84.5 milímetros, y 19.9 millones de metros cúbicos en toda la ciudad, suficientes para llenar 11 veces el hoy Estadio GNP.

Gracias a la tecnología de los radares meteorológicos los capitalinos se enteran de las previsiones pluviales, las del domingo pasado: lluvias de 50 a 70 milímetros y posible caída de granizo, pronóstico que la Secretaría de Gestión Integral de Riesgos y Protección Civil hizo como si se tratara de un fenómeno excepcional. Pero, ¿qué hay de excepcional en 70 milímetros de lluvia para una ciudad que debería estar preparada para enfrentar precipitaciones mucho mayores?

Junio y julio pasados no son la excepción de la regla debido al cambio climático. En esta temporada han sido meses de lluvias torrenciales con anegaciones y daños a la propiedad de las personas que con esfuerzo han logrado tener. Tan sólo en julio cayeron 298 millones de metros cúbicos de agua, de acuerdo con información de la propia Secretaría de Gestión Integral del Agua.

La pregunta es: ¿qué se ha hecho al respecto? Porque toda esa agua se perdió en el obsoleto drenaje, desperdiciando la oportunidad de infiltrarla al acuífero, al que tanta falta le hace.

Pareciera que la activación de alertas púrpuras y rojas se ha convertido en un ritual mediático que oculta la ausencia de soluciones estructurales. Mientras los funcionarios aparecen en redes sociales advirtiendo sobre lluvias que cualquier sistema meteorológico competente puede pronosticar, la infraestructura de la ciudad colapsa con la predictibilidad de un reloj.

Se sabe que los conquistadores españoles desecaron los lagos que rodeaban la capital azteca, pero la naturaleza tiene memoria. Cada temporada de lluvias el agua reclama su espacio ancestral.

Y la ciencia es clara y sus advertencias son precisas. Hace un mes, geólogos de la UNAM advirtieron que la capital del país registrará en menos de 10 años un hundimiento promedio anual de entre 10 y 30 centímetros.

Este fenómeno, conocido como subsidencia, es abrumador, puesto que no hay cómo frenarlo.

Y las inundaciones están colapsando cada vez más esta ciudad de más de 9 millones de habitantes.

El domingo, casi 15 mil pasajeros quedaron varados en un aeropuerto inundado con las instalaciones convertidas en charcos y las pistas bajo el agua. Un AICM rebasado y al que le invierten algo de recursos porque se optó por destinar carretadas de dinero al AIFA, que ha demostrado ser insuficiente.

Se canceló un aeropuerto, el de Texcoco, que, de acuerdo con el arquitecto Axel Belfort, quien en su cuenta de X señala que “el proyecto NAIM en Texcoco contaba con 21 COLUMNAS FONILES para ventilación natural, para captar luz natural, y para recolectar miles de litros de agua de lluvia para redirigirlas al subsuelo, y alimentar los cuerpos de agua incluidos en el plan maestro”.

El programa estratégico menciona “la ampliación y construcción de nueve cuerpos de agua y la construcción de 24 plantas de tratamiento de aguas residuales”.

Belfort asegura que el NAICM habría “resuelto gran parte de las inundaciones que hoy sufren en la CDMX”.

Cuando llueve intensamente, como ocurrió el domingo, los suelos saturados no pueden absorber más agua, generando escurrimientos superficiales que desbordan la precaria infraestructura de drenaje.

La capital del país se encuentra en un punto de inflexión. Las autoridades no pueden seguir improvisando respuestas mediáticas ni decir que viene lo más fuerte de la temporada de lluvias ni tampoco que las precipitaciones, como las del domingo, rebasan toda infraestructura.

Esta metrópoli requiere inversión y estrategias para proteger a sus habitantes, porque fue erigida sobre un sistema de lagos que se niega a desaparecer.

Mientras se permitan más construcciones sobre suelo inestable y se extraiga más agua de acuíferos agotados, más inundaciones y hundimientos habrá. Se necesita un replanteamiento radical de cómo se concibe el desarrollo urbano en el siglo XXI con una crisis climática que exacerba las precipitaciones, o en el extremo, ocasiona la falta de éstas.

Las inundaciones del domingo no fueron una sorpresa meteorológica, son una advertencia. La próxima vez que el AICM esté bajo el agua o Paseo de la Reforma se convierta en río, recordemos que no estamos ante un desastre natural, sino frente a las consecuencias de la inacción pasada y presente, así como de décadas de negación científica y planificación urbana irresponsable.

El sistema de lagos de Tenochtitlan nunca desapareció realmente. Sólo espera pacientemente el momento de regresar.

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