En 30 años, la humanidad perdió el planeta; el futuro es sombrío

Desde hace por lo menos 30 años se ha insistido en la urgencia de reducir las emisiones de gases de efecto invernadero GEI, dejar atrás los combustibles fósiles y, sin variar, en las cumbres climáticas se ha debatido el futuro del planeta y la humanidad. Si bien en ...

Desde hace por lo menos 30 años se ha insistido en la urgencia de reducir las emisiones de gases de efecto invernadero (GEI), dejar atrás los combustibles fósiles y, sin variar, en las cumbres climáticas se ha debatido el futuro del planeta y la humanidad. Si bien en todos esos años fueron identificándose amenazas y cómo hacerles frente, los acuerdos y promesas han tenido magros resultados.

Tiempo perdido que debería llevar a la reflexión sobre la pertinencia de continuar con las COP (Conferencia de las Partes), replantearlas o crear un mecanismo multilateral verdaderamente eficiente, porque las acciones han sido mínimas y las pérdidas —en todos los ámbitos— no sólo crecen cada vez más, sino que se acumulan. No por nada la humanidad enfrenta, de manera simultánea, tres crisis: del clima, del ambiente y de la biodiversidad, que ya han causado impactos irreversibles y tienen a miles de especies al borde de la extinción.

En las últimas tres décadas nada ha cambiado en las COP, pero el planeta y la vida sí se han transformado.

Si bien en la Cumbre de la Tierra de Río (1992), las naciones convocadas por la ONU firmaron la creación de la Convención Marco de las Naciones Unidas sobre el Cambio Climático (CMNUCC) para frenar las emisiones y evitar el cambio climático extremo, ninguno de los compromisos surgidos tuvo carácter vinculante, es decir, obligatorio. Los gobiernos no admitieron mandatos supranacionales.

La gran incógnita de Río era cómo reducir las emisiones globales de GEI, que en ese entonces eran superiores a 22 millones de toneladas métricas al año.

La CMNUCC entró en vigor hasta 1994 y en marzo de 1995 se llevó a cabo la primera Conferencia de las Partes que adoptó el Mandato de Berlín, con el que inician las conversaciones para crear un instrumento jurídico para que los países más desarrollados adoptaran compromisos firmes.

Pasaron más de dos años de negociaciones intensas y en la COP3 de Kioto se logró un instrumento para luchar contra el cambio climático y compromisos jurídicamente vinculantes de reducción de emisiones para las naciones desarrolladas y en transición. El Protocolo de Kioto aplicó el principio de “responsabilidad común, pero diferenciada”, aunque las reglas para su funcionamiento no se especificaron. El mandato fue que 37 naciones industrializadas, más la Comunidad Europea, redujeran sus emisiones. China, India y 100 países en desarrollo quedaron exentos.

Entre COP y COP, las emisiones de GEI continuaron aumentando. En la 13 de Bali (2007) se estableció crear un nuevo acuerdo que incluyera a naciones desarrolladas y en desarrollo y, así, sustituir el Protocolo de Kioto.

En la COP16 de Cancún (2010) se creó el Fondo Verde para el Clima, el cual sería financiado por los países desarrollados para apoyar las acciones climáticas de los no desarrollados. Y, bueno, ya pasaron 12 años y esa bolsa anual de 100 mil millones de dólares sigue en el mundo de las promesas.

Sucedieron otras cumbres sin pena ni gloria, eso sí, las emisiones de GEI continuaron incrementándose, pero más rápido, y la temperatura global también aumentaba.

La COP20 de Lima, en 2014, abrió una ventana de esperanza en las negociaciones, pues, por primera vez, todas las partes acordaron elaborar y compartir el compromiso de reducir las emisiones de GEI. Con esa idea se llegó a la COP21 de París. Pasaron 20 años, sí, dos décadas, para convenir unánimemente la creación de un nuevo instrumento, el Acuerdo de París, con el objetivo de mantener el calentamiento global por debajo de los 2 grados centígrados respecto a la era preindustrial, con el compromiso de limitarlo a 1.5 grados con base en estrategias de mitigación para reducir las emisiones netas de entre 50 y 55% hacia 2030, hasta alcanzar la neutralidad climática en 2050.

Sólo que para llegar a ese tamaño de ambición, las naciones requieren implementar cambios rápidos, sostenidos y sin precedentes en absolutamente todos los sectores. Y es aquí donde no todos cumplen. Así lo dejan ver las Contribuciones Determinadas a Nivel Nacional (NDC, por sus siglas en inglés).

La COP27 de Sharm el-Sheikh mantuvo el objetivo de 1.5 grados centígrados y logró la creación de un fondo para financiar pérdidas y daños a los países más golpeados por la inestabilidad del clima. Sin embargo, la meta de llegar a una economía global descarbonizada se avizora muy complicada. ¿Por qué? Porque siguen las promesas y poca implementación. Mientras, los fenómenos climáticos se exacerban y empujan a más poblaciones a la pobreza, al hambre, a las enfermedades, a la marginación, a la migración, a la muerte, incluso a la desaparición de territorios, como es el caso de Tuvalu.

Si bien esta nación insular del Pacífico está siendo tragada por el aumento del nivel del mar, tiene planes para no desaparecer del todo. Simon Kofe, ministro de Asuntos Exteriores, anunció que Tuvalu estará en el metaverso, “a medida que nuestra tierra desaparece, no tenemos más remedio que convertirnos en la primera nación digital”.

El futuro sí que es sombrío.

Temas: