El desafío está en cómo hacer que no falte el agua

Si a nivel global las advertencias de los científicos sobre los impactos del cambio climático apenas han tenido algo de resonancia, en nuestro país han sido prácticamente desoídas. Científicos de la UNAM, así como el Sexto Informe de Evaluación del Panel ...

Si a nivel global las advertencias de los científicos sobre los impactos del cambio climático apenas han tenido algo de resonancia, en nuestro país han sido prácticamente desoídas.

Científicos de la UNAM, así como el Sexto Informe de Evaluación del Panel Intergubernamental de Expertos sobre el Cambio Climático de las Naciones Unidas, han alertado que los periodos de sequía para México serán más intensos y más prolongados, lo cual está cumpliéndose. De hecho, los patrones de precipitaciones han cambiado.

También han señalado que el país, por su ubicación geográfica, se encuentra entre las naciones con escasez severa de agua, que irá profundizándose.

Datos del Servicio Meteorológico Nacional indican que el año pasado llovió 21.1% menos, ocasionando un déficit de 26% en el llenado de las presas; además, registra que 2023 es el año más cálido y seco de la historia de México, con una temperatura promedio de 22.7 grados centígrados. Y prevé que 2024 siga con sequía y pocas lluvias.

Para abordar los desafíos relacionados con el acceso al agua destacan dos aspectos fundamentales. Primero, es crucial reconocer la magnitud de los problemas existentes en términos de seguridad en el acceso al agua. En segundo lugar, el impacto significativo del cambio climático, el cual agrava de manera considerable los problemas persistentes.

La Ciudad de México atraviesa en estos momentos una crisis de escasez de agua en varias alcaldías, pero se generalizará y agudizará en los próximos meses.

De acuerdo con la Comisión Nacional del Agua (Conagua), el Sistema Cutzamala, que representa 25% del abasto del Valle de México, tiene alrededor de 40% de llenado y podría acabarse en junio próximo.

Pero José Luis Luege, exdirector de la Conagua, ha dicho en diversos espacios informativos que el agua se agotará entre marzo y abril, es decir, mucho antes del inicio de la temporada de lluvias, por lo cual el Gobierno de la Ciudad y las alcaldías pueden exigir la declaratoria de emergencia para que el gobierno federal otorgue la ayuda necesaria.

El artículo 3 de la Ley General de Protección Civil en el inciso XVIII señala que una emergencia es una “situación anormal que puede causar un daño a la sociedad y propiciar un riesgo excesivo para la seguridad e integridad de la población en general, generada o asociada con la inminencia, alta probabilidad o presencia de un agente perturbador”.

Además, el artículo 59 indica: “La declaratoria de emergencia es el acto mediante el cual la Secretaría (de Seguridad y Protección Ciudadana) reconoce que uno o varios municipios o demarcaciones territoriales de la Ciudad de México, de una o más entidades federativas se encuentran ante la inminencia, alta probabilidad o presencia de una situación anormal generada por un agente natural perturbador y por ello se requiere prestar auxilio inmediato a la población cuya seguridad e integridad está en riesgo”.

Así que la falta de agua y las sequías son una emergencia y un desastre natural.

¿Cómo llegamos hasta aquí? El cambio climático desafía más y más la seguridad hídrica, pero el mayor peligro es la falta de acciones, porque soluciones hay, además de todo el rosario de omisiones, del cual todos somos responsables.

El rápido crecimiento demográfico y la urbanización descontrolada han contribuido a la demanda insostenible de agua en la Ciudad de México.

La infraestructura es obsoleta y es otro factor clave que contribuye a la escasez. Las tuberías viejas, sin mantenimiento y sistemas de distribución ineficientes resultan en pérdidas considerables de agua a lo largo del proceso de suministro.

Se calcula que más de 50% del agua se pierde por fugas y problemas en la red de distribución, lo cual agrava aún más la situación.

Y la gestión del suministro se ha caracterizado por falta de planificación y no hay verdaderas políticas públicas sostenibles.

La ausencia de medidas efectivas para conservar y utilizar de manera eficiente el agua ha exacerbado la escasez. A eso se suma la opacidad en la rendición de cuentas en la administración de los recursos hídricos, lo cual ha contribuido a perpetuar prácticas ineficientes.

No existe una solución única para el manejo del agua. No se trata simplemente de buscar más fuentes de agua en momentos de escasez. En cambio, la clave radica en implementar soluciones combinadas y urgentes. Algunas son reciclaje y tratamiento del agua proveniente de sistemas de drenaje pluvial y sanitario. Este enfoque, ampliamente practicado en otros países, permite utilizar el agua tratada para diversos fines, como regar jardines o para procesos industriales.

El agua de lluvia, en lugar de irse a las alcantarillas, podría captarse si la ciudad tuviera pavimento permeable, con ello se recargarían los mantos freáticos.

Sin olividar la reforestación de aquellas zonas sin árboles, porque éstos son fábricas de agua.

Como país, nos hemos tardado en desarrollar políticas que fomenten la conciencia sobre la importancia del agua y su uso responsable. Comprender la dimensión real de este recurso y su valor intrínseco debe ser promovido no sólo a nivel individual, sino también a través de iniciativas educativas a escala comunitaria.

Es urgente una evaluación exhaustiva de las prácticas actuales y la introducción de tecnologías que permitan una gestión realmente eficiente del agua. También debe pesar más la valoración económica del agua, porque si bien este recurso es un derecho, también conlleva una responsabilidad y hacerla llegar al grifo tiene un costo.

Así que, el agua que aún queda, no la desperdicie, cuídela, porque sí es lo más preciado.

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