El deporte tiene un nuevo rival: el cambio climático
La crisis climática afecta ya, de manera directa e indirecta, el desarrollo de numerosas disciplinas deportivas. La creciente frecuencia e intensidad de fenómenos meteorológicos extremos, así como la variabilidad del clima, están alterando tanto las condiciones ...
La crisis climática afecta ya, de manera directa e indirecta, el desarrollo de numerosas disciplinas deportivas. La creciente frecuencia e intensidad de fenómenos meteorológicos extremos, así como la variabilidad del clima, están alterando tanto las condiciones naturales como las logísticas necesarias para la práctica de deportes profesionales y amateurs.
Más allá de los impactos ambientales o logísticos, el calentamiento global y los fenómenos extremos representan una amenaza creciente para la salud de atletas y personas que practican alguna actividad física.
Esta situación obliga a replantear la viabilidad del deporte tal como lo conocemos, y exige una revisión urgente de los protocolos de prevención, adaptación, entrenamiento y organización de eventos.
Un análisis publicado en la Revista alemana de investigación deportiva distingue entre impactos directos e indirectos del cambio climático sobre la salud en el ámbito deportivo. Los efectos directos derivan de condiciones climáticas extremas, como olas de calor y radiación UV, mientras que los indirectos se asocian a alteraciones ecosistémicas que elevan la presencia de contaminantes, alérgenos, virus, bacterias y vectores.
Las olas de calor, cada vez más frecuentes e intensas, imponen un estrés térmico severo sobre los cuerpos de los deportistas, dificultando la termorregulación y aumentando el riesgo de golpes de calor, deshidratación, calambres, fatiga y disminución del rendimiento.
Otros fenómenos intensificados por el cambio climático —tormentas, lluvias torrenciales, inundaciones repentinas y mayor radiación ultravioleta— obligan a suspender, reprogramar o modificar entrenamientos y competencias, afectando tanto la seguridad como la logística.
Las consecuencias pueden ser tanto súbitas como graves: desde lesiones por caídas hasta quemaduras o electrocución. La evidencia científica muestra que los umbrales térmicos considerados seguros para entrenar y competir se superan con mayor frecuencia, lo que afecta tanto a deportistas de élite como a aficionados.
Algunos estudios advierten que, si las tendencias actuales continúan, cada vez habrá menos ciudades aptas para albergar eventos como los Juegos Olímpicos de Verano o la Copa Mundial de Futbol.
Un estudio publicado en The Lancet en agosto de 2016 ya señalaba que sólo tres ciudades de América del Norte —San Francisco, Calgary y Vancouver— contarían con condiciones climáticas adecuadas para organizar los Juegos Olímpicos de Verano. Mientras, Europa Occidental tendría 25 posibles sedes, África y América Latina podrían quedar sin ninguna ciudad viable, y sólo dos en Asia —Biskek (Kirguistán) y Ulán Bator (Mongolia)— cumplirían con los criterios.
Casos documentados ilustran los riesgos: en Tokio 2020, el maratonista español Ayad Lamdassem requirió atención médica debido al calor extremo. En el Abierto de Estados Unidos de 2023, el tenista ruso Daniil Medvédev advirtió durante su partido que “un jugador va a morir” si continuaban las condiciones sofocantes de 35 grados centígrados.
Las competencias que dependen de la nieve y el hielo también enfrentan retos crecientes. En los Juegos Olímpicos de Invierno de Pekín 2022, las pruebas se realizaron casi en su totalidad con nieve artificial, una práctica costosa y ambientalmente cuestionable.
El deporte también tiene un “lado oscuro”, sobre todo en los eventos masivos, ya que son grandes emisores de gases de efecto invernadero (GEI), amén del impacto ambiental.
Diversos estudios apuntan que los grandes eventos deportivos emiten millones de toneladas de dióxido de carbono (CO2), producto del transporte aéreo, la construcción de infraestructuras y el consumo energético, a lo cual se suman miles de toneladas de residuos.
Alrededor de 85% de las emisiones de GEI de la Eurocopa son resultado de los desplazamientos y el alojamiento de millones de personas.
La Copa Mundial de la FIFA Catar 2022 superó a los últimos cuatro mundiales en emisiones de carbono, con 3.6 millones de toneladas de CO2 equivalentes. Esta cifra, según Statista, es un aumento de 68% en las emisiones de CO2 respecto a las del Mundial de Rusia 2018.
Frente a esta realidad, algunas organizaciones deportivas han comenzado a tomar conciencia de su responsabilidad climática. El Comité Olímpico Internacional se comprometió a alcanzar la neutralidad de carbono para 2030. Algunos clubes de futbol, como el Forest Green Rovers (Inglaterra), han sido reconocidos por sus prácticas sostenibles. Incluso la Fórmula 1, tradicionalmente contaminante, ha adoptado un plan de sostenibilidad para lograr emisiones netas cero en 2030.
Sin embargo, investigadores del Sports Ecology Group, de la Universidad de Loughborough, advierten que las estrategias de sostenibilidad en el deporte a menudo carecen de métricas claras y mecanismos de rendición de cuentas.
El deporte enfrenta un doble desafío: adaptarse a las nuevas condiciones climáticas y, simultáneamente, reducir su propia huella ambiental. Dada su capacidad de movilización, su influencia social y su poder simbólico, el deporte tiene una oportunidad única para liderar el cambio cultural necesario frente a la crisis climática.
