Del cambio climático al cambio infernal en Hawái
Este 2023 se recordará como el año en que el mundo ardió. El rugido de los incendios forestales se ha convertido en un ruido de fondo constante. Ésta no es simplemente una estadística pasajera, representa un cambio drástico en el equilibrio de la naturaleza y un ...
Este 2023 se recordará como el año en que el mundo ardió. El rugido de los incendios forestales se ha convertido en un ruido de fondo constante. Ésta no es simplemente una estadística pasajera, representa un cambio drástico en el equilibrio de la naturaleza y un síntoma de la creciente crisis climática.
Desde las vastas extensiones de Canadá hasta los exuberantes paisajes de Hawái, pasando por las milenarias tierras europeas, las llamas arrasan con todo lo que encuentran a su paso.
Los incendios forestales no pueden contemplarse como eventos aislados. La sombra del cambio climático se cierne sobre cada uno de ellos y es un recordatorio de la íntima relación entre las acciones humanas y las consecuencias que éstas acarrean para el planeta.
Hawái, un paraíso tropical y hogar de numerosas culturas y tradiciones, ha sido testigo de una de las tragedias más desgarradoras en su historia reciente. El 8 de agosto, Maui, una de sus islas más turísticas, fue víctima de incendios forestales con un saldo, hasta el momento, de 96 muertos, miles de personas desplazadas, el drama por la supervivencia —lugareños y turistas se lanzaron al mar para escapar de las llamas— y la histórica ciudad de Lahaina reducida a cenizas.
Esta catástrofe deja una herida profunda no sólo en el paisaje de la isla, sino también en el corazón de su gente.
El incendio de Maui ya es considerado como el más mortífero en Estados Unidos desde 1918. Además, este desastre representa el evento más letal para las islas desde el devastador tsunami de 1960. Y si bien la magnitud del incendio es innegable, el contexto en el que ocurrió ofrece una perspectiva aún más sombría.
El paisaje cambiante de Maui, marcado por la propagación de pastos no nativos inflamables y la transformación de tierras de cultivo y bosques, ha elevado el riesgo de incendios. A esto se suma el caluroso verano que ha afectado a gran parte del mundo y que ha intensificado los incendios en Canadá, Estados Unidos, Australia y países europeos, entre otros.
La huella de la crisis climática, impulsada por la nociva dependencia de los combustibles fósiles, se evidencia en eventos extremos cada vez más frecuentes.
El dolor de la tragedia ha dejado al descubierto las deficiencias del sistema de alerta de 400 sirenas que no sonó ni tampoco hubo mensajes de advertencia. De acuerdo con la agencia de noticias Reuters, relatos de residentes que tuvieron que refugiarse en el mar para escapar de las llamas y la ausencia del sistema de advertencia desnudan un escenario de desesperación y confusión.
El gobernador Josh Green se ha comprometido a investigar qué pasó con los sistemas de alerta y, si bien es un paso necesario para garantizar que futuras emergencias sean gestionadas de manera más eficaz, la recuperación será larga y costosa, alrededor de cinco mil 500 millones de dólares se requerirán. Por algo las políticas públicas de prevención de desastres son fundamentales y más aún cuando los impactos de la crisis climática son una amenaza que se exacerban.
Si bien el origen exacto de los incendios en Hawái aún no ha sido determinado, las condiciones climáticas adversas y el hecho de que casi 85% de los incendios forestales en Estados Unidos son causados por acciones humanas, esto debe llevar a la reflexión sobre la responsabilidad colectiva. Las advertencias meteorológicas de vientos fuertes y clima seco son un recordatorio de que la naturaleza, aunque a veces impredecible, a menudo ofrece señales.
Este patrón de destrucción refleja una realidad innegable: la crisis climática está aquí y está afectando el equilibrio de la Tierra de maneras que apenas estamos comenzando a comprender.
Los modelos climáticos han predicho durante años que el aumento de las temperaturas a nivel global intensificaría la ocurrencia de eventos extremos, parecería que no ha quedado claro. Los incendios, junto con tormentas más potentes y olas de calor más frecuentes, son manifestaciones de estas predicciones.
En mayo pasado, la Organización para la Cooperación y el Desarrollo Económicos (OCDE) publicó el reporte Control de los incendios forestales en el contexto del cambio climático, con el cual urge a los gobiernos a aumentar la adaptación para limitar los costos futuros de estos eventos.
Destaca que la frecuencia, la gravedad de los incendios forestales extremos y la duración de la temporada están aumentando en prácticamente todo el planeta, lo cual daña vidas, medios de subsistencia y ecosistemas, por lo cual resalta “la necesidad de pasar de la supresión de incendios a medidas preventivas”.
Junto con las prácticas insostenibles de uso de la tierra y la degradación ambiental, el aumento de las temperaturas, la variabilidad en los patrones de lluvia, un paisaje cada vez más árido y las alteraciones en los patrones de vientos y relámpagos conllevan mayores riesgos.
A pesar de la gravedad de la situación, la OCDE indica que la respuesta tradicional ha sido reactiva. Extinguir las llamas es crucial, pero la verdadera solución radica en abordar las causas subyacentes. La prevención es clave. La regeneración de zonas degradadas, el manejo sostenible de la tierra y la adaptación de infraestructuras son pasos esenciales hacia un futuro más seguro.
Los incendios en lo que va de 2023 y la crisis climática resaltan la urgencia de actuar y refuerzan la necesidad de repensar la relación con el planeta.
