La crisis climática ya no sólo se mide en partes por millón de dióxido de carbono o en décimas de grado, sino también en quién puede y quién no acceder a lugares que mitiguen los impactos de temperaturas y fenómenos meteorológicos más extremos en las ciudades.
Hoy, ya hay personas, las menos, que quieren vivir en zonas con acceso al agua, temperaturas más frescas, cerca de un parque o, si es posible, de un bosque.
La mayoría no tiene esa posibilidad, así que, cuando las temperaturas son más calientes y estar en la calle es sofocante, hay una escena que empieza a repetirse.
Gente que busca resguardarse del calor abrasador.
No sólo eso, trabajadores reorganizan sus jornadas o pasan más tiempo en los centros laborales para esquivar las horas más intensas de calor o las inundaciones por lluvias extremas que colapsan calles y avenidas. Es el instinto de supervivencia.
Este tipo de exposición ha dado lugar a los llamados refugios climáticos urbanos que en términos simples, se trata de un espacio accesible —público, privado o comunitario— diseñado o adaptado para ofrecer condiciones ambientales seguras frente a eventos extremos, como olas de calor, frío intenso, inundaciones o contaminación del aire.
Según el Barcelona Centre for International Affairs (CIDOB) y el Centro de Investigación Ecológica y Aplicaciones Forestales (CREAF), estos espacios pueden ser bibliotecas, parques con sombra, centros comunitarios, escuelas o instalaciones con acceso a agua potable y temperaturas reguladas.
Las ciudades tienen el reto de acelerar sus acciones de adaptación, porque cada vez son más vulnerables y, paradójicamente, a nivel global son las que generan más de 60% de gases de efecto invernadero —causantes del calentamiento global de origen antropogénico—, consumen casi 89% de la energía y concentran alrededor de 80% de la población del mundo.
A nivel internacional, existen experiencias funcionales de refugios climáticos urbanos, pero en México hay rezago.
La evidencia científica confirma que las ciudades amplifican los extremos térmicos. El concreto, el asfalto y la falta de vegetación convierten barrios enteros en trampas de calor.
La tasa de calentamiento de nuestro país casi se ha duplicado, al pasar de 1.9 a 3.5 grados por siglo, de acuerdo con Francisco Estrada Porrúa, coordinador del Programa de Investigación en Cambio Climático (PINCC) de la UNAM. Dicho de otro modo, México ya rebasó el calentamiento global. Mientras que el mundo lo hace en alrededor de dos grados por centuria.
En ese contexto, los refugios climáticos urbanos funcionan como puntos de alivio inmediato y también como nodos de cuidado colectivo que sostienen la vida ante desastres.
La experiencia internacional ofrece algunos casos, como los de Barcelona y Nueva York.
Barcelona tiene una red de refugios climáticos para protección frente a las olas de calor, así como del frío intenso en invierno, que incluye escuelas, bibliotecas y parques, con mapas públicos para que las personas identifiquen el refugio más cercano. Son 400 espacios en verano y cerca de 300 en invierno.
De acuerdo con el Laboratorio de Justicia Ambiental Urbana y Sostenibilidad de Barcelona, los refugios climáticos urbanos no sólo son espacios en interiores, también hay en exteriores, en ambos casos, son accesibles y ofrecen un alivio térmico y “se trata de intervenciones de diseño urbano a pequeña escala que, mediante medidas verdes (vegetación), azules (agua) y grises (mejoras en la infraestructura construida), actúan como oasis de frescura, ayudando a los ciudadanos a afrontar el cambio climático a nivel de barrio”.
Mientras que Nueva York, tras episodios de calor extremo, que cada vez son más frecuentes, y han dejado cientos de muertes, ha ampliado a 600 sus cooling centers o centros de refrigeración (https://finder.nyc.gov/coolingcenters/), que son espacios temporales donde las personas sin hogar o aquellas que no cuentan con refrigeración adecuada en sus viviendas pueden resguardarse cuando el Servicio Meteorológico Nacional emite una alerta por calor con un índice previsto de 95 grados Fahrenheit (35 grados centígrados) o más durante dos o más días, o bien, 100 grados Fahrenheit (37.7 grados centígrados) durante cualquier periodo de tiempo.
Pero, incluso en algunas ciudades, el acceso no es homogéneo. Los refugios suelen concentrarse en zonas con mayor capacidad institucional, mejor infraestructura y más visibilidad política. Las periferias urbanas —donde el calor golpea más fuerte y los recursos son más escasos— suelen quedar rezagadas.
La distancia, los horarios limitados, la falta de información o incluso la inseguridad pueden convertir a un refugio climático urbano en una opción inaccesible para quienes más lo necesitan.
En México, la discusión apenas comienza a tomar forma. Por ejemplo, la Ciudad de México ha empezado a explorar la idea de espacios de alivio térmico, aunque aún sin una red ni una política pública.
Iniciativas comunitarias, como las documentadas por la Alianza Nacional para la Preparación ante Riesgos, apuntan hacia la construcción de refugios climáticos desde abajo, es decir, espacios organizados por vecinos, colectivos o instituciones locales que ofrecen sombra, agua y descanso en contextos de calor extremo.
El problema es que estas iniciativas, aunque valiosas, no sustituyen una estrategia de política pública porque dependen de voluntades locales, de recursos limitados y de una capacidad de organización que no está distribuida de manera equitativa.
Incluso la adaptación comunitaria corre el riesgo de reproducir desigualdades.
Los refugios climáticos urbanos son tanto una solución como un síntoma. Funcionan, pero evidencian el fracaso de las ciudades para ofrecer condiciones habitables de manera generalizada. Son, si se quiere, estaciones de emergencia en un sistema que produce vulnerabilidad y requiere, urgentemente, una transformación estructural.
