Con Otis fallaron protocolos y modelos matemáticos

Si bien nada ni nadie puede detener la formación ni la intensidad ni el impacto de un fenómeno hidrometeorológico, como las tormentas tropicales y huracanes, sí es posible identificar, analizar, evaluar, controlar y reducir el riesgo de desastre, pero eso sólo es ...

Si bien nada ni nadie puede detener la formación ni la intensidad ni el impacto de un fenómeno hidrometeorológico, como las tormentas tropicales y huracanes, sí es posible identificar, analizar, evaluar, controlar y reducir el riesgo de desastre, pero eso sólo es posible cuando los tres órdenes de gobierno y las autoridades encargadas de protección civil trabajan en coordinación y bajo los protocolos existentes. No hacerlo ocasionará una tormenta perfecta, tal como está sucediendo con el impacto catastrófico del huracán Otis.

El meteoro, categoría 5 en la escala Saffir-Simpson, con vientos máximos sostenidos de 265 km/h, cuya llegada furiosa a la costa de Guerrero devastó al puerto de Acapulco y a municipios cercanos, como Coyuca de Benítez y Ajuchitlán del Progreso, entre otros, en las primeras horas del 25 de octubre tomó por sorpresa a meteorólogos y climatólogos del país y de otras latitudes.

Se trata de un huracán extremo y de intensificación muy rápida, resultado de la conjunción de varios factores, como el calentamiento de los océanos (cambio climático), el fenómeno de El Niño y, “en este caso muy particular, Otis quedó rotando bastante tiempo en un lugar, por lo cual absorbió muchísima energía térmica y generó, como una bomba, una explosión de convección; finalmente, no se esperaba que entre 12 y 14 horas antes no tocaría tierra y se creía que se disiparía”.

Las previsiones numéricas de los modelos y las que los previsores humanos calcularon indicaban que sería una depresión, “entonces nos tomó por sorpresa”, dijo en entrevista Arturo Quintanar.

El investigador del Instituto de Ciencias de la Atmósfera y Cambio Climático de la UNAM explicó que para predecir un meteoro existen protocolos y se alimentan de información, tanto de previsores humanos como de modelos matemáticos, pero éstos “fallaron terriblemente porque no hubo información para nutrirlos, ése fue el gran problema con Otis”.

Para Quintanar, Otis se salió de toda la norma, “fue una gran bofetada de la naturaleza para la comunidad científica y quiere decir que todavía nos falta por aprender bastante”.

Los tomadores de decisiones han pasado por alto que México es un país con una variación climática enorme, por lo cual demanda investigación, conocimiento y recursos por parte de las autoridades para poder enfrentar los impactos de fenómenos como los huracanes; además, debe reconocerse que los cambios demográficos afectan enormemente.

Quintanar resaltó que el impacto de un fenómeno, como un huracán, se magnifica cuando las poblaciones son grandes, como en Acapulco, donde viven un millón de personas, “tiempo atrás no había tanta gente viviendo en las costas, los cambios en la demografía afectan… por eso necesitamos de la ciencia para poder pronosticar qué va a pasar y a qué crisis vamos a llegar”.

Entonces, Otis terminó por desnudar la pobreza y desigualdades de las poblaciones de los municipios de Guerrero. No sólo eso, también evidenció ineficiencia, falta de coordinación y liderazgo para prevenir y comunicar los peligros, así como instrumentar la ayuda de manera inmediata.

Más allá de la polémica de la atribución de la causalidad, es decir, a qué se le asigna el factor causal del meteoro, primero en el impacto y después en el desastre, debe hacerse desde la construcción social, es decir, “desde los discursos, argumentos y análisis de política pública”, explicó en entrevista Fernando Aragón-Durand.

Así, lo ocurrido con Otis debe analizarse no como un desastre natural, sino como un desastre socialmente construido, “porque es producto de la intersección sociedad-naturaleza y la vulnerabilidad se genera en el territorio y en las poblaciones y, cuando pega un meteoro de tal intensidad, lo que hace es desnudar las condiciones en las que vive la gente”, señaló el autor experto del Informe especial del calentamiento global de 1.5ºC del IPCC.

Destacó que, en el caso de Otis, se observa, por un lado, debilidad institucional, que se ha fabricado de manera intencional en este sexenio y, por el otro, la incertidumbre del fenómeno.

Además, aseguró que la Ley General de Protección Civil urge a los estados y al gobierno nacional a organizarse, pues “establece las competencias y las atribuciones, así como responsabilidades; el gobierno estatal debió ser el primero en organizar la respuesta; después, el gobierno nacional… las respuestas de emergencia del desastre deben favorecer la participación de todos aquellos involucrados en el rescate y la ayuda humanitaria… México tiene un Sistema Nacional de Protección Civil y no está operando como tal, sino que se trata de centralizar la respuesta, en este caso de la ayuda humanitaria”.

Por ello, el comité de evaluación de daños y pérdidas debió levantarse primero, ya que tiene el objetivo de dar los reportes a cada sector de cuáles son los daños y las pérdidas y dónde se ubican, como luz y agua, para que después de los diagnósticos se emprendan las tareas de restauración.

Aragón-Durand aseguró que, después de Otis, podría reconstruirse un territorio y una sociedad más resiliente, pero sólo con evaluaciones, porque existe el riesgo de reproducir y amplificar la vulnerabilidad para el siguiente evento.

Así, la gestión de riesgo de desastre es un asunto transversal, intersectorial y participativo.

México tenía un sistema de protección civil que funcionaba, ya vimos que cuando hay gente inepta que no sabe nada de eso, hay caos. Esperemos que otro fenómeno natural de gran magnitud no nos sorprenda, otra vez.

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