Chernóbil y la amenaza nuclear de Putin

La madrugada del jueves 24 de febrero, Rusia no sólo inició la invasión a Ucrania, sino también revivió la vieja amenaza nuclear, pues el ejército de ese país, para poder llegar a Kiev, tomó el control de la zona de exclusión de la central de energía atómica de ...

La madrugada del jueves 24 de febrero, Rusia no sólo inició la invasión a Ucrania, sino también revivió la vieja amenaza nuclear, pues el ejército de ese país, para poder llegar a Kiev, tomó el control de la zona de exclusión de la central de energía atómica de Chernóbil —cubre una extensión de más de 2 mil kilómetros cuadrados del norte ucraniano—. Sí, la misma que en 1986 protagonizó una de las mayores catástrofes nucleares del siglo XX.

Además, al ingresar las tropas rusas en la zona de exclusión, la agencia nuclear ucraniana advirtió sobre el incremento de los niveles de radiación, debido a que una gran cantidad de maquinaria militar pesada perturbó la capa superior del suelo por el movimiento y ocasionó el aumento de la contaminación del aire.

El presidente ruso, Vladimir Putin, no se anda por las ramas. Previo a la invasión amagó a todo aquel que se interponga: “(…) la Rusia de hoy sigue siendo uno de los estados nucleares más poderosos… cualquier agresor potencial enfrentará la derrota y las consecuencias siniestras si ataca directamente a nuestro país”.

No es la primera vez que amenaza. La BBC recuerda que en un documental de 2018 Putin advirtió que si alguien decide aniquilar a Rusia, tiene el derecho legal de responder, aunque sea una catástrofe para la humanidad y para el mundo, porque, “si no hay Rusia, ¿por qué necesitamos el planeta?”.

Advertencias escalofriantes.

Y el domingo pasado, Putin pasó de la amenaza a la acción, dio la orden de poner en alerta máxima a sus fuerzas nucleares como respuesta a la condena y sanciones de occidente por las agresiones militares hacia Ucrania.

Entonces, ¿la guerra elevará el nivel hacia un enfrentamiento nuclear entre Rusia y Estados Unidos y los países de la OTAN?

Probablemente sí, porque, como lo señala Caitlin Talmadge, profesora asociada de estudios de seguridad en la Escuela de Servicio Exterior de la Universidad de Georgetown, en un artículo publicado en The Washington Post, Putin está dispuesto a apostarle a peligrosas amenazas nucleares para salvar su régimen.

El premio Nobel de la Paz Dmitry Muratov ha dicho que las palabras de Putin “suenan como una amenaza directa de guerra nuclear”.

Esto sería fatídico, porque ocasionaría destrucción masiva, la muerte de personas inocentes y demás seres vivos (fauna y flora), así como contaminación radiactiva en suelos, agua y aire.

Hiroshima, Nagasaki y Chernóbil son recordatorios del horror nuclear.

En el caso de la central es conveniente echar un vistazo al pasado, porque las consecuencias se viven hoy día y seguirán por décadas.

La madrugada del 26 de abril de 1986 explotó la unidad 4 de la planta de energía nuclear de Chernóbil, ubicada a 130 kilómetros al norte de Kiev. El núcleo del reactor se destruyó y, al estar expuesto al aire, ardió fuego de grafito durante 10 días, lo cual liberó cantidades masivas de radiactividad que se extendió en Ucrania, Bielorrusia y Rusia.

Más de 50 mil habitantes de Pripyat —hogar de los trabajadores de Chernóbil— fueron evacuados. En la actualidad en esta ciudad no vive humano alguno.

Al momento de la explosión había 600 trabajadores, de ésos, 134 estuvieron expuestos a dosis muy altas de radiación y enfermaron de síndrome de radiación aguda; 30 murieron en los primeros tres meses posteriores al accidente y provocó lesiones por radiación en los otros trabajadores, de acuerdo con el Comité Científico de las Naciones Unidas para el Estudio de los Efectos de las Radiaciones Atómicas (UNSCEAR, por sus siglas en inglés).

El organismo documentó, en un informe de 2018, alrededor de 20 mil casos de cáncer de tiroides entre 1991 y 2015 en pacientes menores de 18 años expuestos al momento del accidente.

La naturaleza también fue afectada con la explosión del reactor de Chernóbil. A sólo 500 metros del complejo se encuentra el lugar más radiactivo del planeta y se le conoce como el Bosque Rojo, conformado por 400 hectáreas de lo que alguna vez fue un bosque de pinos y, al recibir una intensa lluvia radiactiva, los árboles murieron al instante y adquirieron una tonalidad entre color naranja brillante y ladrillo, de ahí el nombre.

En mayo de 2019, investigadores de la Universidad de Bristol mapearon, con el uso de drones, la radiactividad del Bosque Rojo y descubrieron “puntos calientes sorprendentes que las autoridades locales no tenían idea de que existían”, de acuerdo con el portal ScienceAlert.

A Putin, las crisis climática y ambiental lo tienen sin cuidado y lo ha demostrado con el desdén al Acuerdo de París, por lo tanto, es muy probable que no le importen las consecuencias mortales de una incursión nuclear en el conflicto con Ucrania y contra los que se le pongan enfrente. Ojalá sólo alardee.

Hoy, la humanidad está en un impasse.

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