Biodiversidad igual a vida; están al límite
De las selvas de la Península de Yucatán, indica Gerardo Ceballos, , investigador del Instituto de Ecología de la UNAM, todavía quedan alrededor de tres millones y medio de hectáreas en buen estado de conservación que son enormemente diversas a nivel continental y mundial.
México es uno de los países más biodiversos del planeta y una de las regiones que albergan gran parte de esa riqueza natural es la Península de Yucatán, conformada por los estados de Campeche, Yucatán y Quintana Roo, pero las actividades humanas y el desarrollo desordenado podrían llevarla al límite de sus capacidades hasta desaparecer. No es exageración.
Por ello, hay que hacer énfasis en la urgencia de valorar lo que hay para, así, crear conciencia sobre los peligros que enfrenta.
Debe destacarse que es una región enormemente diversa en términos de flora y fauna, y ambos están organizados en diferentes ecosistemas, como selvas bajas, medianas y altas —incluye la selva maya—; manglares, dunas costeras, acuífero —ríos subterráneos que circulan a través de cuevas y cavernas—, grandes manchones de pastos marinos, únicos en México, además de un arrecife de coral —el segundo más extenso del planeta, después del de Australia—, a decir de Gerardo Ceballos, investigador del Instituto de Ecología de la UNAM. Pero todo esto en 20 años podría desaparecer, como ha sucedido con otros ecosistemas, como la selva Lacandona.
De las selvas de la Península de Yucatán, indica Ceballos en entrevista, todavía quedan alrededor de tres millones y medio de hectáreas en buen estado de conservación que son enormemente diversas a nivel continental y mundial. Esa diversidad se debe a animales vertebrados como mamíferos —grupo en el que destaca el icónico jaguar o Balam, ocelotes, tigrillos, tapires, entre otras especies—, aves, reptiles, anfibios y peces, además de invertebrados como mariposas y escarabajos, entre muchos otros.
¿Pero qué está pasando? El también coautor del estudio internacional sobre la sexta extinción masiva señala que la península ha tenido, al igual que el resto del país, un desarrollo bastante caótico, “no existen planes de desarrollo territorial que se cumplan y estén actualizados para enfrentar cuestiones como el crecimiento poblacional que conlleva un enorme desarrollo de actividades humanas, como infraestructura en la costa de Quintana Roo”.
Hace énfasis en que, debido al aumento de actividades agropecuarias, se está destruyendo la selva para dar paso a campos agrícolas y ganaderos, así como granjas porcícolas en el norte de la península; todo este desarrollo desordenado ha llevado a una disociación y tensión muy fuertes en la conservación de las selvas.
Las cifras de deforestación que comparte Ceballos son preocupantes: “Nuestros datos indican que hemos perdido casi dos millones de hectáreas de terrenos forestales desde el año 2000 a la fecha, 60 mil hectáreas por año”.
Si bien el Tren Maya es un problema, porque se han deforestado más de mil hectáreas, resalta que no es el mayor, porque, en el contexto de la península, “las selvas van a desaparecer o a permanecer con o sin el tren... va a depender de las acciones de conservación que hagamos... lo primero es un ordenamiento territorial de la península e identificar perfectamente dónde debería haber pueblos y ciudades, cómo deben crecer, dónde debería estar la infraestructura, dónde pueden abrirse los campos de cultivo, mantener los campos ganaderos, dónde realizar proyectos de restauración, etcétera, por lo que deberíamos privilegiar la conservación de los ecosistemas por medio de áreas protegidas”.
Organizar el desarrollo de la península, dice, tiene que girar alrededor de los ecosistemas que aún subsisten y la conservación debe ser el eje rector para ello.
Indica que muchos sexenios desdeñaron el medio ambiente, “es increíble que, a estas alturas, no entendamos, ni sociedad ni iniciativa privada ni gobiernos, porque es una cuestión que debe ser conjunta, que si queremos sobrevivir debe ser por medio de la conservación”.
Por ello, tienen que consolidarse los corredores biológicos, que son las reservas que están pegadas unas con otras, “como el caso de Calakmul, que colinda con las reservas estatales de Balankú y Balankin, y la reserva de la biosfera Balaan Kaax, y a este conjunto de un millón 600 mil hectáreas pueden adicionársele los ejidos como áreas de conservación bajo pagos de servicios ambientales o como áreas de conservación voluntarias, para proteger una zona a la que llamamos gran Calakmul, para consolidar el sistema de reserva tropical más grande de Centroamérica y Norteamérica”.
La pérdida de la diversidad biológica tiene implicaciones severas para el ser humano, porque producen una serie de procesos de los que se derivan grandes beneficios.
Así, Ceballos alerta que hay poco tiempo para lograr consolidar una visión de conservación. “La única manera para que no haya un colapso de la civilización, algo gravísimo, en 20 años máximo, es protegiendo lo que nos queda de selvas, bosques, manglares y otros ecosistemas naturales”.
