En el debate y análisis ambiental se han utilizado los términos crisis del agua o estrés hídrico para describir la degradación que existe entre las sociedades y su relación con este recurso finito.
Los conceptos sugieren que se trata de episodios excepcionales, temporales y reversibles.
Quizá lo fue así, pero el cambio climático, la pérdida de biodiversidad, así como la sobreexplotación y contaminación de los cuerpos de agua superficiales y subterráneos en el planeta, más el crecimiento poblacional y sectores altamente demandantes de este recurso, hacen que esa narrativa palidezca frente al diagnóstico presentado por Naciones Unidas hace unos días.
El informe Bancarrota hídrica global: vivir más allá de nuestros medios hidrológicos en la era poscrisis plantea que el planeta ha entrado en una etapa dramática.
Se ha gastado tanta agua que el banco está en quiebra.
El concepto de bancarrota hídrica, desarrollado por Kaveh Madani, director del Instituto para el Agua, el Medio Ambiente y la Salud de la Universidad de Naciones Unidas, lo define como una situación de insolvencia estructural.
El reporte apunta a que la extracción de agua ha superado la capacidad de renovación natural, obligando a recurrir a reservas acumuladas durante miles de años en acuíferos profundos, glaciares y humedales.
A diferencia de una crisis coyuntural, la bancarrota implica la pérdida permanente de capital natural. No hay lluvias ni infraestructuras que puedan reconstruir un glaciar que ha desaparecido ni devolver la vida a un acuífero compactado.
Esta quiebra choca con una de las transformaciones más aceleradas del siglo XXI, la expansión de la inteligencia artificial.
La IA, superpoderosa, capaz de cambiar la forma en la que se trabaja y se generan datos, lleva a un despliegue masivo de centros de datos, esenciales para entrenar y operar los modelos, pero exige grandes volúmenes de agua, no tratada ni reciclada, potable para refrigeración.
Esto ya ha generado preocupación en la sociedad.
El informe Watermark 2025 advierte que la demanda de agua suele concentrarse en regiones que ya enfrentan estrés hídrico, pero bajo el concepto de la ONU, puede decirse que están en bancarrota hídrica o están a punto de entrar sin posibilidades de negociar.
En México, la mitad de los encuestados por Ecolab considera que el crecimiento de la IA podría agravar la escasez de agua y reconoce el impacto del cambio climático, por lo que exige mayor responsabilidad de empresas y gobiernos.
A 93% le preocupa mucho el acceso al agua y ocho de cada 10 percibe una situación de escasez.
Estos resultados revelan un cambio en la percepción de las problemáticas del agua, y el temor de que la huella hídrica de la IA puede profundizar la insolvencia de cuencas de por sí ya sobreexplotadas de no existir una regulación clara.
De hecho, el informe de la bancarrota hídrica ofrece un panorama global alarmante.
Desde 1970, el planeta ha perdido 30% de la criosfera, una de las principales reservas de agua dulce y la extracción excesiva de agua subterránea ha provocado el hundimiento (subsidencia) de más de 5% de la superficie terrestre mundial.
Han desaparecido 410 millones de hectáreas de humedales naturales —fundamentales para la regulación de inundaciones, recarga de acuíferos y para la biodiversidad—, una superficie casi equivalente a la de la Unión Europea.
La ONU calcula que la pérdida ha eliminado servicios ecosistémicos valorados en más de cinco billones de dólares.
México no se salva de la bancarrota hídrica: ha perdido humedales, hay sobreexplotación de acuíferos y se manifiesta de manera literal en el hundimiento del territorio. La tasa de subsidencia es de hasta 25 centímetros anuales en algunas zonas de la Ciudad de México, por ejemplo. Este fenómeno no sólo daña viviendas, carreteras y sistemas de drenaje, sino que reduce de forma irreversible la capacidad de almacenamiento del subsuelo.
A escala global, Naciones Unidas calcula que alrededor de 2 millones de personas viven sobre terrenos que se hunden por causas similares.
América Latina ejemplifica lo que economistas y expertos en recursos naturales denominan la “paradoja de la abundancia”. La región concentra aproximadamente un tercio del agua dulce del planeta, pero apenas alberga a 8% de la población mundial.
Esa riqueza aparente convive con una gestión desigual y con profundas brechas sociales. El consumo regional de agua podría aumentar más de 40% hacia 2050, alrededor de 150 millones de personas ya enfrentan escasez.
La bancarrota hídrica no es neutral, porque penaliza de manera desproporcionada a los sectores más vulnerables.
En este contexto de quiebra, la IA tiene un doble rostro. Por un lado, incrementa la presión sobre sistemas hídricos ya en números rojos. Por otro, ofrece capacidades para mejorar la eficiencia, detectar fugas, optimizar procesos industriales y ampliar la reutilización del agua.
El informe de Ecolab subraya que la IA puede convertirse en una herramienta clave para reducir consumos y auditar el uso del recurso.
Por ello, el dilema no es tecnológico, sino político.
Los gobiernos priorizan el consumo de agua a corto plazo, pero ignoran la creciente deuda hídrica para las próximas generaciones.
En términos prácticos, Naciones Unidas indica que deben reconocerse deudas ecológicas impagables y rediseñar el sistema sobre bases realistas.
¿Cuál es la prioridad? Proteger el capital natural restante —bosques, suelos y cuencas— y reequilibrar la demanda, especialmente de la agricultura, responsable de cerca de 70% del consumo mundial de agua dulce y aún marcada por infraestructuras ineficientes.
Declarar la bancarrota no es un acto de desesperación, sino de honestidad científica.
Cuando abramos el grifo, recordemos que en el mundo hay 4 mil millones de personas que padecen escasez grave de agua durante al menos un mes al año.
