Muerte temprana
El castigo por nuestros actos abusivos, que a lo largo de los años han derivado en la contaminación del entorno, se cierne sobre los más indefensos e inocentes. Sí, sobre los niños.
Los estamos envenenando y condenando a la muerte
temprana. Por mucho que se avance en programas sociales y de salud pública para disminuir las tasas de mortandad infantil, lo cierto es que no están siendo suficientes
ni eficientes, pues hay nuevos datos estremecedores.
La semana pasada, la Organización Mundial de la Salud (OMS), a través de dos informes, alertó que cada año mueren 1.7 millones de niños menores de cinco años debido a condiciones insalubres como la contaminación del aire exterior y en espacios cerrados, además de exposición al humo de cigarro, agua tóxica, higiene inadecuada y ausencia de infraestructura de saneamiento.
Además, los niños son muy vulnerables por el cambio climático.
Este último punto es en verdad alarmante, porque recordemos que Estados Unidos es uno de los países más contaminantes, y Scott Pruitt, nuevo titular de la Agencia de Protección Ambiental, el jueves pasado aseguró que no cree que el dióxido de carbono (CO2) sea el principal contribuyente del calentamiento global.
La ciencia es clara: el cambio climático está aumentando las temperaturas debido a las altas concentraciones de CO2. Y esto, entre otros golpes, favorece la producción de polen, lo cual ha incrementado las tasas de asma en los niños.
La muerte infantil podría evitarse, pero está visto que el mundo adulto carece de conciencia.
Vea a su alrededor y contará por decenas a hombres y mujeres fumando cerca de los niños.
Un bebé o un niño en edad preescolar expuesto al humo de cigarro corre el riesgo de contraer neumonía y enfermedades respiratorias crónicas de por vida.
Qué decir de la contaminación del aire causada por emisiones de ozono y partículas PM 2.5 y PM 10 —entre otros gases— debido a industrias sucias y por el abusivo uso de autos particulares, así como tráileres y transporte oficial y público obsoletos.
Debemos repetirlo hasta que cale: la contaminación atmosférica aumenta el riesgo de padecer cardiopatías, accidentes cerebrovasculares y cáncer.
Pero ahí no para el asunto. Uno de los informes de la OMS, La herencia de un mundo sostenible: atlas sobre salud infantil y medio ambiente, indica que las principales enfermedades causantes de defunción entre los niños de un mes a cinco años son diarrea, paludismo y neumonía.
Males prevenibles mediante la reducción de riesgos ambientales, acceso al agua potable y el uso de combustibles menos contaminantes para transitar como para cocinar (aún hay poblaciones en el mundo que preparan los alimentos con carbón o estiércol, los cuales son altamente nocivos).
Existe otra causa de muerte infantil —en México no somos ajenos a ello—, como la exposición a sustancias peligrosas durante el embarazo, lo cual incrementa el riesgo de nacimientos prematuros y muerte.
Para no repetir episodios graves, no olvidemos que a finales de los años 90 del siglo pasado estalló el caso de envenenamiento de niños y niñas por metales pesados —plomo, cadmio y arsénico—, que venía arrastrándose desde la década de los 70, como consecuencia de las actividades de una mina enclavada en la ciudad de Torreón, Coahuila.
El problema persiste hoy en día, tanto en nuestro país como en otros, pese a medidas y leyes ambientales. No desdeñemos esa experiencia porque la medicina ha comprobado que el plomo enferma los sistemas endócrino, cardiovascular, respiratorio, inmunológico, neurológico y gastrointestinal.
Recordemos también el caso de contaminación en los ríos Sonora y Bacanuchi, donde en 2014, por negligencia de una minera, se derramó fluido tóxico, el cual se filtró a los pozos y tuberías de agua potable. Hoy se sabe que, por lo menos, un centenar de niños fueron envenenados, mermando la salud de sus organismos.
El segundo informe de la OMS, ¡No contamines mi futuro! El impacto de los factores medioambientales en la salud infantil, detalla la magnitud de los efectos del deterioro ambiental sobre la salud de los niños.
Ojalá y no pase inadvertido uno de los hallazgos del informe, pues aunque las innovaciones tecnológicas ayudan al crecimiento y desarrollo, los desechos eléctricos y electrónicos (como teléfonos celulares y baterías), al no ser manejados adecuadamente, exponen a los pequeños a elementos tóxicos, los cuales afectan aptitudes cognitivas, así como lesiones pulmonares y cáncer.
Advertidos estamos. Envenenar el ambiente es mortal para la infancia. Dejemos de enfermar y matar a nuestros niños; ellos son la esperanza de vida para la Tierra.
