Trump, el eugenista

Está desesperado por demostrar que pudo armar un muro aún más fuerte: el legal.

Kimberly Armengol

Kimberly Armengol

Rompe-cabezas

Benjamin Rush aseguró que ser negro era una enfermedad de la piel y que podía ser curada. Christoph Meiners consideraba que las razas oscuras eran “tristes, faltos de virtud y con terribles vicios”, aseguraba también que no tenían sentimientos humanos.

Otros “sesudos” eugenistas como Harry H. Laughlin y Madison Grant buscaban probar la insuficiencia mental de algunos grupos raciales para justificar esterilizaciones forzadas e inmigración restrictiva.

En tiempos de la colonia, el fraile dominico Francisco de Vitoria decía que los indígenas americanos eran similares a retrasados mentales. En tanto, Tomás Ortiz afirmaba que los indígenas eran “brutos animales (…) gente cocida en vicios y bestialidades, sin mezcla de bondad o cortesía”.

Fue el papa Pablo III quien, en 1537, dotó de alma y humanidad a los pobladores originarios de América (aunque sólo con intención primigenia de evangelizarlos).

Durante la Segunda Guerra Mundial se creía que los negros debían dedicarse únicamente a labores de servicio “porque no veían bien de noche”. Salvo algunas excepciones, como los Red Tails, que eran destinados a labores de pilotos.

No fue sino hasta 1947 que jugó el primer negro en la Major League Beisbol.

Si bien es cierto que el primer quarterback negro en la NFL jugó sólo un juego en 1957, en 1962 los Washington Redskins fueron obligados a tener jugadores de esa raza.

Paradójicamente, en 1988, Doug Williams fue el primer quarterback negro en ganar un Super Bowl. Vale la pena destacar que, a pesar de que cerca de 70% de los jugadores de la NFL son negros, sólo dos han ganado el Super Bowl jugando como quarterbacks.

Seguramente, el pensador contemporáneo Donald Trump se vio influido de manera directa por estas corrientes de pensamiento eugenistas y de ahí saca sus absurdos axiomas como que los migrantes son criminales, asesinos, aprovechados, flojos y hasta terroristas.

Lo vergonzoso es que, en pleno siglo XXI, el imaginario colectivo aún tenga miedo al “distinto”. Ideas tan primitivas como la superioridad racial y el determinismo geográfico. Aún no entendemos que nuestros 30 mil hermosos genes comparten una similitud de 99% con un ratón. ¿Seguimos sin comprender?

En los últimos días hemos sido testigos del recrudecimiento a los requisitos a las solicitudes de asilo en Estados Unidos, donde una especie de primer filtro será la catapulta para saltar el muro o para esperar bajo su sombra.

Es triste, sí; es lamentable, también; pero nadie quiere asumir el costo económico y político de recibir a miles de personas que buscan escapar de la violencia social y económica que se vuelve intolerable en Centroamérica.

Las elecciones en Estados Unidos están muy cerca, mucho más que las promesas cumplidas de Trump, quien está desesperado por demostrar que, si bien no pudo levantar el muro físico, sí pudo armar uno aún más fuerte: el legal.

Es imperante que los gobiernos expulsores de migrantes dejen de esperar que el primo rico resuelva sus problemas llevándose a sus hijos más arriesgados y también manden dinero para activar una economía devastada.

POST SCRIPTUM

En otro de los frentes bélicos abiertos por Donald Trump está la ofensiva sicológica y económica contra Irán. En esta semana, el representante persa ante Naciones Unidas, Mohammad Javad Zarif, aseguró que la República Islámica no busca la confrontación y abre la posibilidad a negociaciones con Estados Unidos si retira las sanciones.

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