Populismo

Aunque suele creerse que el populismo es un fenómeno exclusivo de la izquierda, lo cierto es que puede surgir en cualquier punto del espectro político. Lo que une a los líderes populistas no es su ideología, sino sus métodos y actitudes. No hay grandes diferencias ...

Aunque suele creerse que el populismo es un fenómeno exclusivo de la izquierda, lo cierto es que puede surgir en cualquier punto del espectro político. Lo que une a los líderes populistas no es su ideología, sino sus métodos y actitudes.

No hay grandes diferencias entre los discursos de Nicolás Maduro, Evo Morales o Donald Trump; del mismo modo, resulta difícil distinguir entre las declaraciones —algunas cómicas si no fueran tan graves— de Vicente Fox y las de Andrés Manuel López Obrador.

El populismo no es propiedad ni de la izquierda ni de la derecha: es un estilo político basado en la idea de que el líder encarna la voluntad del pueblo y tiene la capacidad única de interpretar sus sentimientos.

En un inicio, los líderes populistas logran conectar con la ciudadanía: identifican con agudeza los mitos populares y los explotan, reduciéndolos hasta el absurdo. Adolfo Hitler comprendió bien el resentimiento de los alemanes atribuyéndolo a los banqueros. De ahí construyó un silogismo falaz: los banqueros son malos, los judíos son banqueros, por tanto, hay que eliminar a los judíos para que el pueblo sea feliz. Esa búsqueda de enemigos comunes también se vio en Hugo Chávez y en Nicolás Maduro, quienes responsabilizaron a los ricos —especialmente si eran blancos— de la miseria en Venezuela.

Los populistas no sólo entienden cómo funciona el ánimo colectivo, sino que presentan soluciones supuestamente novedosas y simples. López Obrador, por ejemplo, afirmó que extraer petróleo no tenía ninguna ciencia y que eliminar la corrupción liberaría 500 mil millones de pesos para el gasto público.

Donald Trump, en su segunda presidencia, apeló a la narrativa de que el mundo ha abusado de Estados Unidos y que, para defenderse, era necesario aplicar aranceles como en el siglo XIX. Este tipo de argumentos combinan mitos populares, soluciones aparentemente sencillas y la promesa de que no tendrán costo para el ciudadano común.

Cuando la realidad desmiente sus promesas, los populistas recurren de nuevo a la figura del enemigo invisible: “los poderes fácticos”, “la derecha”, “los enemigos del pueblo” o, incluso, “los riquillos que compran dólares”, como decía Luis Echeverría

Estos enemigos suelen ser entelequias: figuras difusas imposibles de personalizar que les permiten justificar sus propios fracasos.

Los líderes populistas no se miden por sus resultados, sino por su capacidad de cautivar con su voz. Viven intoxicados por el eco de sus discursos y la ilusión de que sus palabras —no sus hechos— quedarán para la eternidad.

En el fondo, el populismo no construye grandes transformaciones porque sus propuestas son fuegos de artificio: promesas vacías y soluciones mágicas. Su mayor talento parece ser alcanzar el poder y mantenerse en él, no gobernar con eficacia.

  • POST SCRIPTUM I

El episodio entre el presidente de Francia, Emmanuel Macron, y su esposa, Brigitte, en Vietnam, podría parecer una anécdota trivial o, como ellos mismos dijeron, una broma al inicio de una visita de Estado. Sin embargo, toca un tema muy serio: la violencia en las relaciones de pareja. Por alguna razón —quizá porque el arquetipo dominante es el del hombre que abusa— tendemos a minimizar o incluso normalizar cuando es la mujer quien ejerce la violencia.

Combatir la violencia en pareja requiere una mirada integral, no sesgada. No basta con atender una sola arista del problema.

  • POST SCRIPTUM II

El primer ministro de Canadá, Mark Carney, ha invitado a la presidenta de México, Claudia Sheinbaum, a la próxima reunión del G7. Sería un error monumental rechazar esta invitación, que representa una oportunidad única para que México tenga voz en uno de los foros más importantes del mundo. No se trata sólo de diplomacia: se trata de posicionamiento estratégico en el nuevo orden global.

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