Los 365 días que lleva Donald Trump en la Casa Blanca se viven como un periodo prolongado de tensión política, saturación informativa y desgaste institucional. La administración no logra cerrar un episodio de confrontación cuando ha abierto otro, trasladando la lógica del conflicto en todos los frentes. La política interior y exterior conviven entre la amenaza constante y una idealización selectiva de un pasado que nunca existió tal y como se invoca.
Desde el primer día, el presidente Trump optó por gobernar mediante una sucesión acelerada de decretos ejecutivos, guiados más por impulsos coyunturales y rivalidades políticas que por una estrategia política. En apenas un año ha firmado más ordenes ejecutivas que durante todo su primer mandato, abarcando áreas clave como migración, política arancelaria, recortes a programas sociales, subsidios de salud y reconfiguración del aparato federal.
Esta forma de gobernar, caracterizada por la urgencia y la imposición, genera un clima interno de creciente inconformidad con protestas recurrentes y cuestionamientos sobre la legitimidad de sus decisiones. En el plano internacional, la percepción es que Estados Unidos es un actor impredecible y se erosiona la confianza en las alianzas con el país. También debilita su área de influencia en un entorno fragmentado.
Las últimas encuestas de CNN reflejan su aprobación en picada. Un 61% del electorado reprueba el manejo económico de Trump; 55% considera que la economía ha empeorado y 58% califica su primer año como un fracaso. Las cifras y las protestas, como las de “No Kings”, evidencian a una ciudadanía que buscaba alivio y seguridad y encontró incertidumbre, polarización, confrontación y decepción.
PROMESAS SIN CUMPLIR
Dentro de las múltiples promesas de Donald Trump en campaña estuvieron mayor empleo, menores tasas de interés, recuperación del poder adquisitivo, expulsión de los migrantes, devolver la industria al país y no comenzar nuevas guerras.
En materia económica (la que más le importa al electorado) no cumplió. La percepción de la sociedad es que la economía no crece. Trump prometió combatir la inflación desde el primer día y no cumplió. La inflación sólo disminuyó de forma marginal de 3% a 2.7%, lejos de la estimación de 2 por ciento. Los precios de la electricidad, alimentos y vivienda subieron. La confianza del consumidor disminuyó por cinco meses consecutivos y se encuentra en mínimos históricos.
En materia de migración, se endurecieron las políticas migratorias y se recrudeció la violencia y el estado de temor al interior del país. La administración prometió un millón de deportaciones al año y tampoco cumplió. La cifra del Departamento de Seguridad Nacional registró 622 expulsiones de migrantes, una cifra alta, pero no la prometida y el costo económico, legal y social ha sido muy alto.
El fracaso en materia de política exterior es brutal. Prometió no iniciar nuevas guerras y tiene conflictos diplomáticos y militares por todo el planeta. Bajo el llamado Corolario Trump de la Doctrina Monroe convirtió, de nueva cuenta, a América Latina en el patio trasero. El caso de Venezuela fue el laboratorio perfecto de las nuevas intervenciones y formas de expansionismo estadunidense.
En Ucrania la guerra sigue, no la terminó en sus famosas 24 horas. El cese al fuego en Gaza sigue lejos y la atención internacional volvió a desplazarse hacia Irán e Israel, reconfigurando prioridades y alianzas según criterios que no siempre coinciden con el interés inmediato de Estados Unidos. Mención aparte merece Groenlandia, Panamá y Colombia, que han sido hostigados por Estados Unidos. El rompimiento con las alianzas tradicionales, como la OTAN, pone de relieve la poca importancia que le otorga Trump al derecho internacional, los tratados multinacionales y los acuerdos previos.
Es gravísimo lo que ha sucedido en este primer año de Donald Trump, pero igualmente grave es entender cómo el sistema político de Estados Unidos y sus aliados tradicionales lo han permitido.
