It´s the economy, stupid!

Kimberly Armengol

Kimberly Armengol

Rompe-cabezas

“Europa en llamas” sería el titular fácil para describir las protestas que sacuden al viejo continente. Una imagen contundente, pero incapaz de explicar lo que en verdad está ocurriendo. Prefiero como titular: “La generación a la que le robamos el futuro”. 

Porque estamos frente a una generación con razones suficientes para sentirse estafada. Les prometimos que estudiar, trabajar duro y dominar las nuevas tecnologías serían las llaves de la prosperidad. Ellos cumplieron con su parte del trato, pero las reglas cambiaron. Hoy por hoy, tener una carrera universitaria y un empleo puede no servir para pagar un alquiler digno. Se le pide a la Generación Z una capacidad infinita para tolerar la incertidumbre y tenemos, además, el descaro de llamarlos una generación sin aspiraciones.

Las protestas que recorren Francia, Italia, Bélgica, Albania, España, Portugal y Países Bajos tienen un denominador común: el hartazgo económico. Poco importa la corriente ideológica de quienes gobiernan. Ocurre bajo la izquierda de Pedro Sánchez en España, la derecha de Giorgia Meloni en Italia y el centrismo de Emmanuel Macron en Francia, se trata de cómo falló el contrato social y que se refleja en el deterioro del poder adquisitivo, la crisis de vivienda, el costo de vida, el encarecimiento de la educación y el deterioro de los servicios públicos. El estado de bienestar europeo se achica frente a la reducción de la prosperidad.

Los titulares privilegian las imágenes de incendios, disturbios y enfrentamientos con la policía. Para los gobiernos resulta más cómodo hablar de vandalismo, detenidos y operativos de seguridad que escuchar las demandas legítimas de miles de jóvenes que se manifiestan pacíficamente.

Las cifras ayudan a entender la indignación. Según el Panel Europeo de Vivienda Eurofound, desde 2010 los precios de viviendas en la Unión Europea aumentaron cerca de 55% los alquileres 26 por ciento. En España, Portugal y Francia, rentar un departamento de dos habitaciones puede consumir más de 80% del salario medio de un joven. La Ciudad de México, con su propia realidad económica, no escapa de esta crisis de asequibilidad.

La diferencia generacional es abismal. Muchos de los padres de quienes hoy integran la generación Z pudieron comprar vivienda cuando el precio tenía una proporción equitativa a los salarios. Ahorraron, adquirieron propiedad y se beneficiaron de la plusvalía. Los jóvenes de hoy permanecen en casa de sus padres, otros comparten espacios reducidos o se desplazan a las periferias.

IDEALIZAR EL PASADO

Siempre es fácil decir que los tiempos pasados fueron mejores. La prosperidad de los boomers no estuvo al alcance de todos, especialmente de las mujeres y los inmigrantes; con todo, la movilidad social era más creíble que en la actualidad.

Los jóvenes son señalados por no querer formar familias, aceptar compromisos, cambiar constantemente de empleo o priorizar experiencias que propiedades. ¿Cómo van a decidir tener una familia si apenas pueden sobrevivir?

El problema no termina en la crisis de vivienda. La educación devaluada o cara, los empleos precarizados y la inteligencia artificial automatizando cientos de empleos.

¿Y ESTADOS UNIDOS?

Este fin de semana, de nuevo, los ciudadanos salieron a las calles en la protesta No Kings. No son equiparables a las europeas, pero el punto en común es el rechazo al ejercicio del poder presidencial y una preocupación por el rumbo democrático de los países.

A dos semanas de las elecciones intermedias del 3 de noviembre, la aprobación de Donald Trump se desplomó hasta 31% y la razón para la mayoría es el costo de vida. Un presidente que prometió recuperar la prosperidad y la otrora grandeza nacional no logra que sus ciudadanos puedan pagar el supermercado.

Los líderes democráticos tienen que ofrecer a las nuevas generaciones algo más que enemigos reales o imaginarios y eso es mejorar la calidad de vida de sus electores.

Se equivocan aquellos que reducen la inconformidad juvenil como falta de ganas de trabajar, de disciplina o exceso de fragilidad; simplemente reclaman las oportunidades que se les prometieron frente a la precarización.