¿Delirio, obsesión o provocación?

Kimberly Armengol

Kimberly Armengol

Rompe-cabezas

Donald Trump lleva más de 600 días en el poder en este segundo mandato y no ha concedido ni una sola semana de silencio o de respiro. Ha conseguido algo que él domina como pocos: ocupar hasta el último centímetro del debate público. Si no es una controversia, es un insulto; si no, una excentricidad, una amenaza o alguna otra ocurrencia diseñada para que, al final del día, todo termine girando en torno a él. 

Los últimos diez días han sido especialmente frenéticos, incluso para sus propios estándares. Una sucesión de episodios que podrían parecer delirios, obsesiones o simples provocaciones, pero que adquieren otra dimensión cuando se analiza el calendario electoral. Trump se acerca a las elecciones de medio término con algunos de sus peores números de aprobación y una economía que amenaza con convertirse en su peor problema político. Detrás del estruendo empieza a asomarse algo menos extravagante: la desesperación.

DÁDIVAS ELECTORALES

Cinco mil dólares. Así, de golpe el soborno. En la Convención Republicana, en Dallas, el presidente prometió un cheque de cinco mil dólares a cada adulto estadunidense si los republicanos conservan la Cámara de Representantes y el Senado el próximo 3 de noviembre. La escena tiene un aroma conocido en la política populista: repartir dinero público como si saliera de la cartera del gobernante y convertir esta prestación financiera por el Estado en un favor personal. Algunos candidatos republicanos prefirieron tomar distancia de una propuesta que raya los límites de la legalidad. A Trump lo persigue, además, un problema complejo: la credibilidad de la promesa. Antes ya planteó cheques financiados con recursos públicos que, para sorpresa de nadie, nunca llegaron. Dallas debía exhibir el músculo republicano y terminó pareciendo una operación de rescate electoral: Trump pidiendo a MAGA que vote como si su nombre estuviera en la boleta y JD Vance reclamando otra oportunidad para el partido.

Una imagen extraña para un movimiento que se presenta como una maquinaria política imparable.

Las encuestas ayudan a entender esta ansiedad. Fox News, sí Fox News, colocó esta semana la aprobación presidencial en 39%. Ampliándolo: 62% considera grave el precio de los alimentos; 61% los precios de la gasolina y más de 75% califica como negativa la situación económica del último año. Lejos quedaron aquellos murmullos de la época dorada de la economía estadunidense cada que el ciudadano de a pie abre la cartera.

¿LA ESTOCADA FINAL?

Como si al presidente le faltaran problemas, llega la Reserva Federal y añade otro: subir la tasa de interés un cuarto de punto, hasta un rango de 3.74 a 4% porque la inflación sigue muy alta. Una ironía particularmente incómoda para el presidente Trump. Durante años atacó a Jerome Powell porque se resistía a bajar las tasas cuando él lo exigía.

Elige a Kevin Warsh para sustituirlo y decide encarecer el dinero a semanas de las elecciones.

Tal vez dentro de algunos meses concluyamos que dos de los días más costosos políticamente para Trump fueron cuando decidió atacar Irán y cuando la FED subió las tasas.

Tremendo error sería escribir el epitafio electoral del trumpismo basándonos en los sucesos de septiembre. La capacidad de Trump para sobrevivir políticamente ya nos ha sorprendido. Recordemos que fue precisamente él quien le dio una lección a analistas y encuestadores. En 2016, las cifras aseguraban el triunfo de Hillary Clinton, quien, efectivamente, ganó el voto popular; pero Trump ganó lo que importaba: el Colegio Electoral.

La baja popularidad no significa una derrota contundente en noviembre, pero sí se acerca peligrosamente.

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